El Madrid y la Compañía

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Lo hecho al Madrid en la dictadura progre que con Zapatero expira es lo hecho a los jesuitas en la dictadura republicana que con Azaña («España ha dejado de ser católica») quedó inaugurada.

Madariaga cuenta la historia de un manchego de la Institución Libre de Enseñanza, Pepe Castillejo, que fue un día a ver al ministro de Instrucción Pública y le dijo: «Ustedes han prohibido en la Constitución que las órdenes religiosas se dediquen a la enseñanza». El ministro lo confirmó. «Bien. Pero eso quiere decir que los jesuitas no podrán enseñar en España». «Claro. Es lo que nos proponíamos». «Pero es que ahora han disuelto ustedes en España la Compañía de Jesús, o sea los jesuitas. Y como los jesuitas ya no lo son, podrán enseñar».

El nuevo régimen republicano era una banda de melones, igual de melones que los que en estos años zapaterescos han tratado de liquidar al madridismo por cualquier medio.

Ciñámonos a la última semana. Primero fue lo de la risa boba y la pluma floja del árbitro Pérez Lasa ante la bufonada de Piqué, que podrá jugar en el Bernabéu (como el codillero Alves, Desdémona mayor de la ópera culé). Y después vino lo de enviar a ese don Manolito el Pinto que es Iturralde como gaitero de Gijón lo mismo que las señoritas de vida alegre de Big Wiskey enviaban a Bob el Inglés como vengador de pecadoras en «Sin perdón». Más, naturalmente, la oficina de prensa del régimen a cuya declinación y ruina asistimos: Mou, que antes era «friki», «nazi» y «abyecto», por este orden, ahora es un «machista» que engaña a la gente con Sahin, que como medio centro sería una nenaza.

Al acabar el partido de Gijón, alguien tuiteó que a Jorge Mendes, que nos trajo a Mourinho, Cristiano y Di María, habría que darle la medalla que Del Bosque rechazó desde el cariño.

Desde el cariño, precisamente, Del Bosque votó por Messi y Guardiola en la piñata del Balón de Oro («Pilota de la Humilitat», para el vulgo).

—Pobre marqués —lo disculpa la prensa afecta—, que no sabía él que se podía votar por gentes del país.

El país de Pep es el País de Nunca Jamás, «ese país pequeñito que sale ahí arriba, en un rincón del mapa».

Pero estábamos en Mourinho, Cristiano y Di María.

Di María es el alboroto y el tiroteo. («Ya se acabó el alboroto / y ahora empieza el tiroteo»). Tiene la pureza de la paloma (la sencillez que alaba Mou) y la astucia de la serpiente, como manda el Evangelio. Y hay un punto de fuga en su cara de lezna que recuerda entrañablemente al torero de «Ferdinando», el toro de Disney. Gol y asistencia imposibles y vicegol olímpico.

Di María y, en la acera de enfrente, Cuenca, que al decir de Pep no gusta a las chicas.

A solas ambos equipos (y miro a Villar, que hace de ministro de Instrucción Pública en rústica), el Madrid de Mou es muy superior al Barcelona de Pep.