Luis Suárez: El gallego de oro
CARBAJO
«Leer los clásicos»

Luis Suárez: El gallego de oro

El único futbolista nacido en España que ha ganado el Balón de Oro conducía la pelota con ambas piernas, parecía que se deslizaba

ANDRÉS AMORÓS
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Por increíble que hoy parezca, en aquellos tiempos se jugaba al fútbol con cinco delanteros. En la WM había un interior izquierdo de calidad que dirigía el ataque. Era el famoso «número 10»: Panizo, entre Zarra y Gaínza; Rial, entre Di Stéfano y Gento... Ese fue Luis Suárez (durante años, Luisito): en el Deportivo de la Coruña, el Barcelona y el Inter de Milán. Le apodaron «el gallego de oro», «el arquitecto», «el director de orquesta», «el as de oros», «fútbol de seda» (Xan Fraga). Ganó el Balón de Oro en 1960, sucediendo a Di Stéfano; el de Plata, en 1961 y 1964; el de Bronce, en 1965. Fue el primer jugador español que se atrevió a dar el salto al fútbol italiano: eso le ayudó, sin duda, para el reconocimiento internacional.

Había nacido en el barrio coruñés de Monte Alto. En aquella «ciudad familiar, en la que desde todas partes se veía la Torre de Hércules», jugaba al fútbol en la calle: «Con una pelota de trapo y zapatos remendados, necesitas una técnica muy pulida».

Su primer contrato profesional lo firmó con el Deportivo, en la temporada 1953-54. Coincidió con Otero, Zubieta, Oswaldo, Pahíño y Arsenio. Solo duró allí una temporada. Al año siguiente, lo traspasaron al Barcelona: el Deportivo necesitaba dinero. Su presidente se inventó otra justificación: «Quizá su juego no le va al equipo, el público le abuchea». (Paradójicamente, por jugar demasiado bien...).

Llegó al Barcelona con menos de veinte años, muy delgado. La leyenda contaba que le hacían comer chuletones (pero era hijo de carniceros). Sí le llevaron quince días al balneario de Caldas de Malavella, para que engordara... Su juego «de seda» brilló en aquel Barcelona de Ladislao Kubala, al lado de tantas estrellas, en los años cincuenta.

En 1961, «el mago» Helenio Herrera lo llamó para liderar su nuevo proyecto, en el Inter de Milán. El joven gallego, como tantos de sus paisanos, se atrevió a dar el salto. Fue el traspaso más caro de la historia hasta ese momento: doscientos cincuenta millones de liras —veinticinco millones de pesetas—.

Supo adaptarse al nuevo tipo de fútbol, mucho menos espectacular, más defensivo. Alrededor de Luis Suárez surgió «il grande Inter». Dos años seguidos, en 1964 y 1965, ganaron la Copa de Europa y la Intercontinental.

A la vez, Luis Suárez jugaba en la selección española. Participó en una gesta mítica: el 21 de junio de 1964, España ganó por dos a uno a Rusia, en la final de la segunda Eurocopa de Naciones. Recuerdo bien aquella tarde, recreada por José Luis Garci en una de sus películas: nuestro temor al portero ruso Yashin, «la araña negra»; el trasfondo político de las banderas y los himnos; el gol de cabeza, tirándose en plancha en escorzo, de Marcelino. Con el número 10, dirigiendo el equipo, estaba Luis Suárez...

Fue 32 veces internacional. Disputó dos Mundiales: el de Chile, de 1962, y el de Inglaterra, de 1966. Ya retirado, fue seleccionador nacional de 1988 a 1991: 27 partidos, incluido el Mundial de Italia de 1990. Lo recuerda así: «Me fue mejor como jugador...».

Volvamos a la época del Inter, de 1961 a 1970. «La Scala del fútbol» se rindió a su juego: todos los balones pasaban por él, repartía juego, lanzaba a los delanteros y hasta marcaba goles. Para Fachetti, «su tiro desde treinta y cuarenta metros era perfecto». El lirismo italiano lo definió: «Es el arquitecto que sabe también ser albañil».

Verlo en las viejas películas es un placer: conduce el balón con los dos pies, con increíble facilidad; se desliza, parece que baila; levanta la cabeza, coloca la pelota donde quiere...

Ha defendido siempre lo que él practicaba: «La técnica y la inteligencia son los mejores aliados. Con calidad, se puede triunfar en cualquier lugar».

Ahora disfruta viendo jugar a Messi y a Cristiano Ronaldo. Pero sostiene que el más grande es Alfredo Di Stéfano.

Cree que sus compatriotas no le han apreciado suficientemente: «En Italia, aunque soy de fuera, me reconocen más». Le ha faltado haber ganado un Mundial y haber entrenado al Barcelona...

Supo jugar con inteligencia, dentro y fuera de los estadios. Triunfó en el fútbol europeo. Valora lo que hemos avanzado: «Hoy no me iría del Depor». Y sigue recordando cuando jugaba por las calles de La Coruña, empujando la pelota de trapo con sus zapatos remendados...