Familias por la patria
El responsable del balonmano español y su hijo, la última pareja de sangre en una selección - ABC
DEPORTE

Familias por la patria

Ser el hijo del seleccionador y jugar a sus órdenes supone una presión añadida difícil de sobrellevar para ambos

JORGE ABIZANDA
MADRID Actualizado:

En un país en el que cada aficionado guarda en la cartera un carné de técnico, ser el hijo del seleccionador y figurar en sus alineaciones se convierte en un trance. Los méritos deportivos quedan en segundo plano y las suspicacias entran en escena. «No es fácil, pero paso de los comentarios de la gente. No hago caso de ellos», explicaba Valero Rivera después de que su padre anunciara la convocatoria para la Supercup de Balonmano que España conquistó en noviembre. Una lista que no tardó en encender los foros y redes sociales, en los que se acusaba al jugador del Nantes francés de pasar por la Asobal con más pena que gloria. Es el último caso de deportista señalado por sus lazos de sangre: «Su mérito es ser el hijo del jefe». Una presión con la que no todos saben convivir.

El extremo blindó sus oídos y los comentarios no le pasaron factura en el debut con la selección absoluta. Ni rastro de las críticas después de que rozara el sobresaliente en Alemania, donde fue uno más. «Mi padre es el entrenador. Dentro de la pista tenemos una relación, y fuera de ella, otra».

Aparecer en las estadísticas como el técnico más laureado del balonmano español no fue aval suficiente para que algunos pusieran en tela de juicio la lista del seleccionador, que tuvo que argumentar la llamada de su hijo: «Ha vestido la camiseta española en todas las categorías». Y lo seguirá haciendo. El seleccionador ha vuelto a convocar al extremo para ayudar al combinado nacional a preparar el Europeo que se disputará en Serbia, aunque no figurará en la lista definitiva.

Mayor autoexigencia

Con los Rivera se repite la historia de la familia Ordeig, que en 2004 vivió días muy duros. Después de perder el Mundial de 2003, Catxo, seleccionador de hockey patines, decidió emprender una renovación y dio entrada a su hijo Mia (José María). Un año después de aquella decepción llegaba la conquista del Europeo y ambos se sinceraban en los periódicos. «Nadie sabe lo mal que se pasa al ser el hijo del seleccionador», decía uno. «Me la jugué al llevármelo, pero se lo merecía y, si lo dejo en casa, le habría hecho daño», añadía el otro.

El parentesco lleva a estos jugadores a un mayor nivel de autoexigencia que el de sus compañeros. No puede quedar ni un resquicio a la duda. Si son seleccionados es por sus virtudes en la pista y se exprimen al máximo para que no lluevan los comentarios suspicaces. Tampoco pueden quedar sombras en el comportamiento de los seleccionadores. «A veces soy más estricto con mi hijo que con otros integrantes de la plantilla», reconocía Vladimir Weiss en su etapa al frente de la selección eslovaca de fútbol. La afición no perdona y en deportes mediáticos la presión es aún mayor. Algunos terminan por arrojar la toalla, como le sucedió al serbio Dusan Petkovic a escasos días del Mundial de 2006. Su padre, Ilija, le convocó para suplir la baja de un lesionado, pero las críticas feroces de la prensa terminaron por hacer estallar al defensa. No había participado en ninguno de los diez partidos de clasificación y las acusaciones de «enchufismo» se sucedieron hasta que decidió hacer las maletas.

Sí coincidieron en Mundiales de fútbol los uruguayos Viera (1966), los italianos Maldini (1998), los croatas Kranjcar (2006) y los eslovalenos Weiss y norteamericanos Bradley, ambos en 2010.