Contador asalta el muro para iniciar la reconquista

En un kilómetro de cuesta rompe la carrera, distancia en ocho segundos a Andy Schleck, y solo Evans, por centímetros, le quita la etapaEl madrileño es capaz de fundir a los clasicómanos en un final de etapa hecho a su medida, pero la técnica del sprint no figura en su catálogo

MURO DE BRETAÑA Actualizado:

Bretaña, el país encantado. El de la Tabla Redonda, la tumba de Merlín y el castillo del rey Arturo. Tierra mágica, de bruma y lluvia, donde todo, incluso el Tour, puede cambiar en un kilómetro. Basta un conjuro de tres palabras. «Contador ha vuelto». Así lo recitó el locutor de la televisión francesa.

El Muro de Bretaña se ve a distancia. Está al fondo de una carretera recta. Desde lejos parece una escalera de asfalto. Algo menos de dos kilómetros verticales. Algo de montaña. Y Contador, que llevaba tres días atosigado por el estrés y las trampas del Tour, respira al acercarse. Montaña. La tierra prometida. Gilbert, el belga que había ganado el primer día, quería una escena idéntica. Contador, también. «Estaba esperando a que Gilbert atacara», contó el madrileño. Subía con el dedo en el gatillo. Batiendo sus alas. Ligero. Mientras los otros ascendían a pulso, él planeaba. Lo de siempre. Como a dos centímetros del suelo, que estaba húmedo.

Humo de las piernas

«Como subo con un desarrollo ligero, pues me patinaba la rueda». Pesa poco. Pájaro. Así que disparó enseguida para evitar las derrapadas. Fuego a mansalva. Gilbert, por aguantarle, lo pagó. Se vació. A Evans, Frank Schleck, Samuel, Van den Broeck y Kloden les salía humo de las piernas, pero resistían. La cuesta fue breve para Contador y eterna para el resto, especialmente para Andy Schleck y Gesink, que boqueaban como pez fuera del agua. Y que perdieron ocho segundos. Lo que duró el primer puñetazo de Contador, que ayer inició la reconquista. Sigue a un minuto y 41 segundos de Evans, y a 1.30 de Andy Schleck. Pero ya asusta. Igual que en la etapa de Tropea del pasado Giro, en un final a la italiana, en un repecho que se enredaba en curvas hasta la plaza del pueblo. Allí atemorizó al resto y solo se le escapó Gatto, el ganador. Ayer, solo Evans, que se libró por dos centímetros y se llevó la etapa. La culpa fue de las manos.

Arriba del Muro de Bretaña, a la sombra de la pancarta final, Contador levantó la mano derecha. El puño apretado. Como los colmillos. Se sentía ganador y elevó el brazo a medio vuelo. Hasta que le frenó una duda. Notó que Evans había resistido por dos dedos. Y entonces detuvo el vuelo del brazo, horizontal, y cerró aún más el puño. Amasando la rabia por haber perdido esa etapa. La quería como quiere también este Tour, la carrera que cabe en sus manos. Aunque ayer le traicionaron.

Esprintó con los puños agarrados a la parte alta del manillar y en ese gesto se le fue la victoria. Manos arriba. Eso no se hace. Hay que exprimirse con las manos en la zona baja del volante. Allí donde todo el cuerpo se convierte en una palanca. Por ese mínimo margen le batió Evans. Cuestión de centímetros. Contador es un escalador. De porte erguido. Pedalea de puntillas. No se agacha. No tiene costumbre del sprint. Es lo único que no domina. El sprint no figura en su catálogo. El resto, como las seis últimas grandes vueltas en las que ha participado, lo domina. Ya va a por la séptima. Siete, como Induráin (cinco Tours y dos Giros). «Alberto está listo para el Tour», constató Bjarne Riis, mánager del Saxo Bank. Euforia en la sonrisa del verdugo de Induráin. Ni siquiera se lamentó por la etapa perdida. Alargó aún más su sonrisa: «Bueno, habrá que esperar un poco para levantar los brazos». Del todo.

Viento y humedad

Al fin y al cabo, solo se han pedaleado cuatro etapas de este Tour. La de ayer, bretona, mojada y ventosa, eligió como fugados a Gorka Izagirre (Euskaltel), Erviti (Movistar), Kadri, Hoogerland y Roy. Buen quinteto. Izagirre, debutante, no conoce el miedo. «Es valiente», dicen en su equipo. Caballero de la Tabla Redonda. Pero la carretera de esa escapada no les llevaba hasta el Muro. Para cuando se fue la lluvia, llegó el pelotón. El Omega tiraba para Gilbert; el BMC, para Evans; el Leopard, para escudar a los Schleck... El camino era una montaña rusa en línea recta. Se veía cada repecho que aguardaba. Y así, al fondo, apareció el Muro de Bretaña. La montaña mágica de Contador.

Nadie tiene su abanico: su arrancada en la montaña no recibe respuesta. Es capaz de ganar a Cancellara en una contrarreloj del Tour. Tuteó a los clasicómanos en la Flecha Valona, en el Muro de Huy. Ayer, en el Muro de Bretaña, casi los funde. Subía mirando a derecha e izquierda. Mientras a los demás el esfuerzo los agacha, a Contador lo eleva. Casi de pie sobre la bicicleta. Lástima de cuesta corta. En un kilómetro de dinamita, asfixió a clasicómanos como Gilbert o como Hushovd, líder del Tour aún. Y distanció a Basso y Wiggins en seis segundos. Y en ocho a Andy Schleck, que entró con Martin, Gesink, Horner, Leipheimer y Beñat Intxausti, el debutante vizcaíno que, pese a su codo machacado, resiste.

A Contador sólo le soportó Evans. Por poco. Tan poco que ni el australiano lo creía: «Me ha sorprendido cuando, tras ver la foto de la llegada, los jueces han dicho que había ganado yo». Había visto el medio vuelo del brazo de Contador y se creía perdedor. Hasta la esposa de Evans escribió en twitter un mensaje de lástima por la derrota de su marido. No se lo creían. No tienen costumbre de ganarle al ciclista que no pierde nunca en las grandes vueltas.