El Barcelona está negado

El conjunto de Guardiola, al que ahora se le resiste el gol, arranca un empate en Mestalla, pero acumula tres partidos sin ganar después de una cita intensa y fea

ENRIQUE YUNTA
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Enero somete al Barcelona a un trabajo de chinos, tan exigido que pide una tregua urgente sin que el calendario le permita un respiro. Va de paliza en paliza y la Copa le llevó a Mestalla, tan feliz la gente de Valencia que convirtió la velada en el partido del año. Hace mucho que no hay festejos por esas tierras y la ciudad entendió la envergadura de la cita, más emocionante y pasional que bonita, dominada por las pizarras en un pulso ya visto otras veces. Acabó con todos satisfechos porque el Valencia salió vivo después de un segundo tiempo claramente foráneo y porque el gol del Barcelona vale el doble, mucho más fiable en su templo ahora que es vulnerable a domicilio. Lleva tres partidos sin ganar, que ya es noticia, pero tiene el viento a favor para la segunda entrega.

El Valencia-Barcelona se ha convertido en un clásico que regala imágenes repetidas, una prueba que obliga a Guardiola a darle vueltas y más vueltas a la idea inicial porque la plaza es de las duras. Alteró sus ideas al sentar a Alves y a Xavi, consciente de que los blanquinegros le anulan al cerebro y abusan por la banda que cubre el lateral brasileño, y le fue más o menos igual que otras veces porque el Valencia se estrenó con el gol de siempre. Jordi Alba en largo para Mathieu, cabalgada del pelirrojo francés y asistencia para que alguien remate, en este caso Jonas. Así de fácil.

El equipo se busca

No era un día para el arte, pues el partido requería barro y pelea. Lo aceptó el Valencia, encantado en ese cuadro, y limitó al Barcelona con tantas interrupciones que nunca hubo continuidad, detenido una y otra vez el juego entre el diluvio de faltas y tarjetas. El Barça, con todo, lleva días sin ser el Barça y anhela el brillo de sus hombres buenos, impreciso en el toque y muy justito en defensa. Cojea porque Piqué está fuera de tono, porque no hay luces en la creación y porque falla cosas que antes acababan bien. Se enfrenta a lo desconocido sin la esencia que le ha hecho eterno, aunque es cierto que luego mejoró e incluso mereció algo más.

Fue un combate tremendo que tuvo de todo. Hay polémica porque Pinto, ayer Colorado en su camiseta, tocó el balón con la mano fuera del área en una acción que debió llevarle a la ducha al cuarto de hora, jugada para el asistente que pasó por alto. Y, además, ocurrió el día después de que Sandro Rosell hablara de árbitros y reclamara cierta compensación porque, hasta la fecha, «las cosas no pintan bien». Hay emoción porque el resultado da sentido a la vuelta, ilusionante para ambos. Y hay debate mediático porque la gente se pregunta por Messi, que mañana será capaz de lo mejor, pero que lleva unos días espeso y desperdició un penalti que suponía algo más que un tanto. Mestalla, después de cómo transcurrió todo, se da por satisfecha.

Tuvo que remar el Barcelona desde la adversidad, superado con la previsible internada por la izquierda a la que nadie encuentra remedio. Mathieu es a este Barça lo que el «Piojo» López fue al de Van Gaal y otra vez se sucedieron las caras de incredulidad cuando Jonas cantó bingo. El día de la marmota, esta historia ya se ha visto. A partir de ahí, desde las urgencias, el Barcelona hizo suyo el encuentro sin que hubiera ni una pizca de lujo y tampoco fortuna. Le falló Alexis un par de veces, tan poco atinado con el disparo como profundo es en sus carreras, y ha encontrado en Puyol a un héroe en estas ocasiones de emergencia. Otra vez de cabeza, y otra vez en un saque de esquina, el capitán besó el escudo para ensuciar el marcaje de Víctor Ruiz y una pésima salida de Diego Alves justo un minuto después de una parada notable. La gloria dura muy poco en los porteros, aunque luego tuvo premio.

Todo fue igual de feo en la reanudación, tan trabada la película como al principio, conducida por un Barça mejorado que se entregó en ataque a Cuenca. No renunció el Valencia, pero tampoco es que pudiera hacer mucho, más pendiente de las pulsaciones que de buscar otra alegría. De hecho, su mayor festejo fue cuando Alves confirmó que no hay unos guantes tan fiables como los suyos en los penaltis, impecable en su vuelo para desdibujar la sonrisa de Messi. Y también hubo fiesta cuando el el otro Alves, el del Barça, disparó al palo. Tan eficaz otras veces, el Barcelona ahora está negado.