Trulli, de la pista a la bodega

Los caminos de la F-1 son inescrutables. Mejor dicho, los de sus integrantes, hombres y mujeres de todo el mundo que han encontrado en el «continental circus», además de su modo de vida, una especie

J. M. C.MAGNY-COURS.
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Los caminos de la F-1 son inescrutables. Mejor dicho, los de sus integrantes, hombres y mujeres de todo el mundo que han encontrado en el «continental circus», además de su modo de vida, una especie de selecta comuna en la que cada uno conoce y controla los límites que no debe traspasar. Pero, en un mundo tan cerrado, de vez en cuando surgen historias que le alegran la vida al escéptico. Como el curioso cruce de caminos que se ha dado en torno a Jarno Trulli con el vino como hilo conductor. Una historia que cuenta con antecedentes que se remontan a la época napoleónica y en la que adquiere un papel vital un vecino de Noja (Cantabria). Como suena.

David Bosch, un parisino afincado en Cantabria desde que llegara en 1989 al Capricho de Gaudí en Comillas en condición de sumiller, narra la historia mientras apura una ensalada en el motorhome de Toyota, junto a Lucio Cavuto, mánager de Trulli. Le debe a su privilegiada nariz la conquista de siete títulos nacionales, a San Román de Escalante su pasión por la calidad de vida y a la F-1 la integración en un entorno que le apasiona. Consultor de la «major» japonesa Takashimaya, para la que elaboró un portafolio de vinos españoles, leyó un buen día que Jarno Trulli y algunos amigos de su infancia elaboraban vinos en una hacienda de Allano, a orillas del Adriático. El contacto fue inmediato.

«Me dirigí a ellos y conectamos al instante. La F-1 es muy exclusiva, pero ellos son personas normales, abordables, que nunca han olvidado que vienen de un pueblo (Tollo) de 2.600 habitantes», explica Bosch, exportador mundial de los vinos del piloto. «Siempre han respirado la cultura del vino, porque su pueblo es una especie de Laguardia (Alava). Son honestos y hacen un vino como su carácter accesible, fácil de beber. Sería una especie de Rioja a la antigua usanza con una carga de fruta de perfil berciano», aflora su vena de experto.

Los cultivos se realizan en Sicilia, Pulia, Val d´Aosta y Umbria. Pero el centro de operaciones, la bodega matriz , Podere Castorani, se centra en Abruzzo, una hacienda que data de 1793 y que fue adquirida en 1999 por Jarno Trulli y su inseparable Lucio Cavuto, asociados con el enólogo Luca Patricelli y el viticultor Bruno Cavuto. Los viñedos fueron establecidos por el doctor Castorani, el precursor de las operaciones de cataratas, de las que libró quirúrgicamente a Napoléon III. En el albor del pasado siglo los adquirió Antonio Casuli, asesor privado del Emperador de Japón y embajador italiano. La II Guerra Mundial minimizó la actividad hasta que la familia de Cavuto la recuperó.

Amigos de la infancia desde Pescara, Trulli y compañía se jactan de la sencillez como un bien preciado. El piloto no se limita a incluir el vino entre sus negocios, en los que también podrían aparecer en breve centros de ocio relacionados con la F-1. Su vena de «bon vivant» le anima a acercar sus gustos a la producción. Así, su insistencia llevó a la bodega a ampliar las 170.000 botellas anuales de Podere Castorani con otras 14.000 de Jarno, su oferta más selecta. «Es un enamorado de los vinos Amarones de la Valpolicella, muy profundos. No paró hasta que en 2002 iniciamos la elaboración del Jarno, un caldo a su medida», apunta Bosch.

El equipo de F-1 también aportó su grano de arena en el producto. «Para los Amarones, la uva se deseca a la intemperie. Nosotros, para lograr un perfil diferente, lo hacemos por medio de unas cámaras frigoríficas diseñadas y desarrolladas por uno de los ingenieros de Toyota».

¿La F-1 es su trampolín publicitario? «Una verdad a medias. La primera botella la vende Jarno, es fácil. Las demás, las vende el vino», concluye.