Helguera intenta marcharse de un defensor turco. Fotos: Reuters y Ap

El Real tira el partido en Estambul

ESTAMBUL. Enrique Ortego, enviado especial
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¿Cómo puede cambiar tanto un partido de fútbol? ¿Cómo un equipo se puede ir al descanso abatido, con la mirada perdida en el suelo, mientras el otro estira su figura después de la demostración de superioridad manifiesta que acaba de dar y quince minutos después los derrotados salen con el cuchillo entre los dientes, enrabietados, furiosos, y los estirados clavan su figura en el césped sin ser capaces de salir de su área? Que me lo expliquen el Galatasaray y el Real Madrid, sobre todo los hombres de Del Bosque, porque ni después de presenciarlo en directo encuentro palabras para explicarlo.

Al margen de actitudes, ataques pasionales o de pasividad, que el Madrid era mejor equipo que el Galatasaray se demostró con creces en la primera mitad, aunque en la segunda los de Del Bosque se empeñaran en dar vidilla a un equipo que precisamente sólo ha destacado por eso en los últimos años. Por su agresividad, por su espíritu de supervivencia. Tanta vidilla le dieron que terminaron perdiendo un partido que ganaban por dos goles en el descanso.

Observando la primera parte, pensaba que ya era hora de que alguien pusiera en su sitio a este Galatasaray, que pudo ganar la Copa de la UEFA el año pasado y la Supercopa al mismísimo Madrid, pero que no pasa de ser un equipo apañadito, peleón, pero muy lejos técnica, táctica y físicamente de los grandes del continente.

COLECTIVO APLICADO

El Madrid se sentía, en ese primer tiempo, más alto, más guapo y más fuerte y sin sobresaltos, con cautela y experiencia, fue llevando el partido a su terreno. Pecó de lentitud en determinados momentos, pero cuando tuvo que meter la quinta resolvió por la tremenda. El Galatasaray mostró sus carencias cuando tenía que jugar el balón. Fueron los blancos, entonces, un colectivo bien aplicado. Un equipo corto que se protegía la cabeza de las posibles llegadas de Jardel —el único punta local— pero que no dejaba los pies al aire y Morientes no fue en esta ocasión un islote aislado. El trabajo, machacón, esforzado y práctico de Makelele, Helguera y McManaman fue dando sus frutos. Roberto Carlos se ofrecía continuamente por su banda y Figo por la suya, aunque el portugués estuvo más impreciso. La jugada táctica que tenía preparada Lucescu era tirar a su compatriota Hagi a la banda derecha para que Roberto Carlos dudara si subir o no, pero a la hora de la verdad fue el rumano el que tenía que perseguirle y lógicamente su condición física no se lo permitió.

Ya debió marcar Figo en una preciosa jugada entre McManaman y Raúl, pero fue Helguera quien sacó provecho de una las bazas que el Madrid tenía en su manga para sacar adelante la eliminatoria: su juego aéreo. Bien sabían los blancos, porque se lo había dicho su entrenador, que los turcos tenían mucho problema por alto. Salvo Jardel y Popescu es un equipo bajito y Helguera les dejó a todos con cara de tontos cuando buscó con astucia el remate en el saque rápido de Figo.

Diez minutos después, el segundo, el que debía ser la sentencia definitiva de no ser por esos ataques de locura que tiene este deporte y en los que se basa gran parte de su grandeza. Se marchó el Galatasaray hundido al vestuario. Hagi echaba broncas a todo el que se le acercaba y sus compañeros no eran capaces ni de levantar la mirada del suelo... Pero quince minutos después volvieron al campo transformados. Furiosos. Enrabietados. Dos cambios hizo Lucescu y la arremetida turca desorientó al Madrid, que perdió totalmente el control del partido. Apretó el Galatasaray y Collina le echó una mano al resolver una melé en el área madridista con un penalti. Tengo mis dudas de si Makelele golpeó a Hasan Sas. Umit engañó a Casillas y el Ali Sami Yen enloqueció.

MIEDO EN EL CUERPO

No se recompuso el Madrid en toda la segunda parte. Pasó de hacerlo todo bien a todo mal y el Galatasaray comenzó a creer en sus virtudes y, sobre todo, a explotarlas. Como el empate les llegó muy pronto, producto de un despiste de Karanka, los de Lucescu se lanzaron por la victoria con una fe portentosa, mientras los blancos no sabían dónde meterse. El miedo de apoderó de un equipo que no daba dos pases seguidos, que no salía de su campo, que dudaba entre achicar en defensa para que no llegaran los pelotazos a Jardel o, por el contrario, replegarse para protegerse de lo que se le venía encima. Y así, en ese mar de dudas, llegó el tercero. Jardel le buscó la espalda a Hierro y marcó su golito. El que faltaba. El que permitió que una vez más Estambul, la Estambul roja y gualda, se eche a la calle para celebrar un triunfo que parecía imposible simplemente cuarenta y cinco minutos antes.

No era la primera vez que el Madrid desperdiciaba dos goles de ventaja en un partido grande. Ya lo hizo en Riazor, aunque allí se llevó el empate, pero evidentemente aquel Deportivo era mucho más que este Galatasaray que sigue destrozando equipos cualificados en su estadio bajo la ley de no rendirse nunca, de pelear cada balón y aprovecharse de los errores ajenos, que anoche el Madrid los tuvo a patadas en la segunda parte.