Rafael Martínez, en su ejercicio de paralelas. REUTERS

Rafael Martínez, oro en el concurso completo, ya es el heredero de Blume

MANUEL FRÍAS/
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Ahora sí, Joaquín Blume ya tiene heredero. Desde que el mítico gimnasta español consiguiese la medalla de oro en el concurso completo del Europeo de París de 1957 -dos años antes de su trágica muerte en un accidente aéreo- ningún español había pisado un podio en esta especialidad hasta la irrupción en la elite de Rafael Martínez, que rozó la gesta de Blume el año pasado al ser segundo en el Europeo de Liubliana.

Sin Marian Dragulescu, campeón continental el año pasado, y que en éste se quedó sin opción al competir únicamente en suelo y salto, el peligro para Rafael Martínez seguía viniendo del Este. Cómo pasa siempre con los triunfos, estos llegan por la conjunción de dos factores: regularidad propia y fallos rivales. El protagonista principal de este último apartado fue el ruso Khorokhrdin, que se cayó al suelo en la salida de la última diagonal cuando estaba a poco más de una centésima del español. El resto lo puso Rafael Martínez, muy regular a pesar de «pinchar» en salto (8,9 puntos). Pero su actuación en suelo (9,3), anillas (9,225, el aparato que le privó del oro en el Europeo del año pasado), barras paralelas (9,175) y caballo con arcos (9,1) lo adornó con su gran actuación en barra fija. Necesitaba un 9,6 para superar al rumano Selariu, primero en la general hasta ese momento y su único rival, pero realizó un ejercicio espectacular clavando la salida. Los jueces valoraron su ejercicio con un 9,65. El oro ya era suyo.

Coordinación, reflejos y velocidad

Hasta la llegada de Rafael Martínez, la gimnasia masculina española había vivido de especialistas individuales, como el título mundial de barra fija de Jesús Carballo o los oros olímpicos en salto de Gervasio Deferr. Pero él, desde niño ha trabajado por igual los seis aparatos. «Es un talento, un gimnasta muy completo», decía de él el seleccionador nacional Álvaro Montesinos. Y es que Martínez tiene una gran coordinación, buenos reflejos, mucha velocidad y un cuerpo muy fibroso, muy apropiado para la gimnasia. Él añade un dato más a los puramente físicos: «Éste es, sobre todo, un deporte de cabeza».

Llegó a la gimnasia a los 13 años, al decidir sus padres que lo practicara como actividad estraescolar. Pero le saturó tanta gimnasia que decidió dejarlo. Fue algo temporal puesto que un año después regresó a los gimnasios, en concreto al CAR de Madrid. Desde entonces ha trabajado por igual todos los aparatos y ha adquirido una técnica muy segura.

A diferencia de otros gimnastas, no ha querido obsesionarse con este deporte y aunque le lleva la mayor parte del día, prefiere seguir viviendo con sus padres, salir con sus amigos no deportistas y grabar maquetas de música tecno en la mesa de mezclas que tiene en su habitación.

Laura Campos fue duodécima (34,912) en la final femenina que ganó la francesa Debauve (37,098).