Atletismo

Radiografía del adiós de Ruth Beitia

La atleta cuenta a ABC los pormenores de su retirada. «Me marcho en mi momento más dulce»

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A la una de la tarde del día de su retirada del atletismo, Ruth Beitia ha detenido delante del aeropuerto Seve Ballesteros de Santander el vehículo de sustitución que la han prestado. Ha llegado con tiempo para recoger a dos de las personas que la acompañan desde hace veinte años (su mánager Julia García y su psicóloga Toñi Martos) y que han contribuido a ensalzar a la figura de la atleta más importante de la historia de España. Quiere celebrar con ellas y con su entrenador de toda la vida, Ramón Torralbo («mi 50 por ciento»), una fecha feliz, plena, como aquella noche de cervezas y risas en Río de Janeiro después de su oro olímpico en salto de altura. Beitia guarda la compostura y la educación casi japonesa un par de horas después de haber comunicado la decisión más difícil de sus 38 años de existencia. «Me marcho en mi momento más dulce», cuenta por teléfono a ABC. «El atletismo ha sido extremadamente generoso conmigo».

Beitia llora de emoción en la rueda de prensa como colofón a las lágrimas de despedida que ha evacuado durante los últimos seis meses, en los que ha visualizado este final junto a su entrenador. «Sabíamos que este momento tenía que llegar», comenta sin resignación. Su cuerpo, acostumbrado al frenesí de los entrenamientos diarios desde los 11 años, ha claudicado para la alta competición.

Su percha de saltadora (1,92 metros y 71 kilos) no había consentido una lesión grave en una trayectoria inmaculada, pero los últimos seis habían sido horrorosos, según confesó en el último Mundial de Londres. Una dolencia en el psoas, molestias derivadas en la rodilla y, sobre todo, una tendinosis en el músculo supraespinoso (la fibra que más ha sufrido por el rozamiento al mover el hombro al saltar) han generado un universo de goteras en el físico de la atleta y han socavado finalmente su voluntad de luchadora.

«El atletismo ha sido para mí un largo camino de aprendizaje, en el que caes y te levantas, vuelves tropezar y te niegas a rendirte –razona la atleta en su lenguaje pausado–. Al mismo nivel que los éxitos, he pasado malos momentos. Y cada fracaso lo he superado con una sonrisa».

Beitia eligió el atletismo por genética. Procede de una familia de deportistas afincada en Santander. Su padre fue juez de atletismo y su hermana Inma, una pionera en el triple salto femenino. Junto a sus cuatro hermanos, siempre sintió inclinación por el atletismo. Y se arrancó con el cross, la gran cantera de este deporte en España, al decir de muchos sabios. Pero su espigada talla a los 11 años llamó la atención del técnico que, sin fisuras, la ha adiestrado y corregido desde aquel día en las pistas de la Albericia, Ramón Torralbo.

¿Por qué escogió usted el salto de altura?

–«Siempre digo que el salto de altura me eligió a mí. No fui yo la que se decantó por esta especialidad», confiesa durante la conversación.

Fuerza de voluntad

La opción resultó beneficiosa para la cántabra. Su talento la elevó por encima de las categorías reglamentarias. «Cuando era cadete ya vino con nosotros a la selección júnior en el Mundial de 1995. Por encima de su edad. Tenía grandes virtudes y una enorme fuerza de voluntad», recuerda Jorge González Amo, actual responsable del mediofondo español y seleccionador júnior en aquellos años.

Siempre al amparo de Torralbo, Beitia estableció rivalidad con la navarra Marta Mendía, hoy una de sus mejores amigas y una de las atletas que la impulsó al progreso en las marcas y en los campeonatos españoles. El atletismo es un viaje de largo recorrido, suelen decir los preparadores, y la saltadora cántabra ha aplicado ese teorema hasta las últimas instancias. Siempre se supo que estaba, pero no empezó a despuntar desde 2005, plata en el Europeo de pista cubierta.

Luego vino el torrente. Bronce en el Mundial de pista cubierta (2006, 2007, 2014), platas sucesivas en el mismo certamen (2009, 2010, 2011, 2016), oro en el Europeo al aire libre (2012) y en pista cubierta (2013). Catorce medallas internacionales que culminaron en el verano de 2016 con la púrpura de la cima conquistada a base de tesón y esfuerzo. El oro en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

«A veces los sueños se cumplen», escribió en las redes sociales en la víspera de la final olímpica, 11 de agosto de 2016. Aquella tarde en Brasil, Beitia hizo cumbre con un ritual de gestos que provienen de su devoción por la psicología. Desde los 21 años trabaja con Toñi Martos la faceta mental de su preparación y desde hace muchos menos cursa estudios universitarios de psicología en la UCAM de Murcia. Beitia movió los dedos de la mano extendidos hacia el horizonte, se dijo varias veces sí con la cabeza y emprendió la carrera de once zancadas hacia el éxtasis. Franqueó 1,97 metros y ganó la prueba. «Desde pequeña sueñas con un día así –rememora para ABC–. Me abracé a Ramón, salté el foso, y me dirigí a la verja para abrazarme y hablar con los periodistas. En esos momentos pensaba que no había nada más bonito en la vida que el atletismo».

El oro en los Juegos deparó, sin embargo, un año de estrés para la campeona, cuyos usos y costumbres –entrenamiento exhaustivo, alimentación vigilada, vida de monja– fueron alterados por eventos, compromisos con patrocinadores, entrevistas, reuniones y comidas promocionales. «Necesitaba una cura de humildad», admitió el pasado agosto en Londres, donde acudió al Mundial sin estar convencida de haber superado un calvario con las lesiones.

En el mismo estadio olímpico en el que había decidido retirarse después de una decepción por el cuarto puesto sin medalla en los Juegos de Londres, compitió por última vez el pasado verano. Fue la primera eliminada en la final con un salto de 1,92 y rozando el listón. Ruth, la campeona que emergió de sus cenizas, había emprendido la senda de la retirada.

Expuesto el adiós, es complicado encontrar a alguien en el atletismo español que hable mal de Beitia. «No sé qué contestar a eso –responde la implicada–. Supongo que me he esforzado en ser buena persona, en ayudar al prójimo y exhibir siempre un carácter amigable. Creo que también he sabido escuchar».

Las «Cuchipandi»

Beitia se declara amiga de sus amigas. Y en ese ámbito nadie más que el grupo de las «Cuchipandi» cumple esa función. Son un racimo de atletas unidas por la química personal y una cierta relación generacional que quedan para comer, se juntan para alguna juerga y mantienen contacto por whatsapp. Son Úrsula Ruiz, Berta Castell, Irache Quintanal, Mercedes Chilla, Dana Cervantes y Carlota Castrejana, entre otras atletas y ex del mundillo que se presentan como amigas y residentes en España.

«Todo lo que soy como persona se lo debo al atletismo –se despide Beitia–. Me ha aportado tantos valores, perseverancia, motivación, rivalidad bien entendida..., que lo puedo y lo debo aplicar a otras facetas de la vida que emprendo ahora».

En el futuro que se abre a sus pies, la campeona no quiere ser entrenadora. «No me veo para nada», dice. Desde que es quien es, ha llenado su vida con otras inquietudes y ocupaciones. Estudia psicología gracias al gran patrocinador español de los deportes olímpicos (la UCAM), es diputada regional en Cantabria por el PP, pertenece a la junta directiva de la Federación de Atletismo y a la Asamblea del Comité Olímpico Español (COE) y es embajadora, entre otras empresas, de Nike y GoFit. «Con esto puedo llegar tranquila a final de mes».