Michael Phelps, con algunas de sus medallas de oro olímpicas
Michael Phelps, con algunas de sus medallas de oro olímpicas - AFP

Michael Phelps: el hombre que se convirtió en agua

Nadador. Ganador de 28 medallas olímpicas, 23 de ellas de oro

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Cuando Michael Phelps tocó el agua por primera vez no le gustó demasiado la experiencia. Era un niño hiperactivo y su madre lo llevó con sus hermanas a ver si la piscina lo relajaba. También evitaba así que su desproporcionado cuerpo adolescente fuera objeto de burlas de sus compañeros. Le costó adaptarse al medio pero acabó convirtiéndose en él. El nadador de Baltimore sumó en su carrera 28 medallas olímpicas, 23 de oro, tres de plata y dos de bronce, en cinco Juegos. Comenzó en Atenas 2004, pero se hizo una estrella en Pekín 2008, anunció que se retiraba después de Londres 2012, pero no apagó su brillo hasta Río 2016. Un sinfin de kilómetros en el agua en la que cosechó triunfos, halagos, récords y méritos, pero que también terminaron por arrugar su mentalidad.

En 2008, ABC destacó su gesta de ganar ocho oros en unos mismos Juegos. Fue en Pekín donde superó a Mark Spitz (siete), pero aún haría más grande su leyenda en Londres 2012 y en Río 2016.
En 2008, ABC destacó su gesta de ganar ocho oros en unos mismos Juegos. Fue en Pekín donde superó a Mark Spitz (siete), pero aún haría más grande su leyenda en Londres 2012 y en Río 2016.

Cuando Phelps calienta los brazos desde el poyete, segundos antes de convertirse en agua, el golpe en sus omoplatos resuena como un proyectil. Bum. Bum. Con un cuerpo casi tan grande de envergadura que de altura, y son 198 centímetros, sus brazos son palancas que arrastran media piscina de una brazada y mantienen su cuerpo en perfecto equilibrio entre el aire y el agua, apenas freno en el avance porque la fuerza de sus pies semeja a las aletas de los peces. Es una especie de obra de arte de la naturaleza mezclada con exhaustivos entrenamientos, disciplina y una dieta que, en sus mejores momentos, incluía hamburguesas para desayunar. Desde los diez años bajo las órdenes de Bob Bowman, a los catorce se clasificó para sus primeros Juegos, Sidney 2000, y a los 15 registró su primer récord, en 200 mariposa.

Obligado siempre a ser el mejor en la piscina, observó que quizá se había perdido demasiada vida en la tierra. Después de Londres 2012 anunció que se retiraba. Pero los peces se hunden si no nadan. Y sin corcheras que guiaran sus pasos, acabó con algunos arrestos por conducir ebrio y en una clínica de desintoxicación. Incluso admitió que había pensado en suicidarse en esta época de depresión en la que ser Michael Phelps era un peso demasiado grande que lo arrastró hasta el fondo de la piscina.

En un viraje magistral de su vida, Phelps recuperó lo que era, agua con sed de entrenamientos, largos, brazadas y triunfos. El mayor de todos lo logró en la siguiente cita olímpica. Con solo dos años de preparación, el «tiburón de Baltimore» se clasificó para Río para dar su última dentellada a la historia.

Al final del último largo del relevos 4x100, quedó para siempre su estela dorada, que todos aspiran alcanzar, pero que muy pocos podrán seguir. En la grada, su hijo Boomer fue testigo de la última brazada de Michael Phelps, el hombre que se convirtió en agua.