El luchador italiano Mathias Gallo celebra su triunfo en el All Star Fight
El luchador italiano Mathias Gallo celebra su triunfo en el All Star Fight

Muay ThaiMathias Gallo Cassarino, la inmersión del campeón italiano en el arte de los guerreros tailandeses

El luchador de muay thai transalpino, que ha entrado en el ranking de mayor prestigio en este deporte, se ha adaptado de lleno a la vida y cultura de Tailandia desde que tenía 12 años

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Tener un referente paterno es una pieza básica en la educación de un niño y en el camino vital por el que optará para llevar sus pasos. En el caso del italiano Mathias Gallo Cassarino (Turín, 1992) ha cobrado una relevancia mayor todavía. Roberto, su padre, practicante de kickboxing hace décadas, inculcó desde bien pequeño a su descendiente la importancia de los deportes de contacto y las artes marciales en el desarrollo físico y mental de una persona. Desde que tiene uso de razón, Mathias recuerda las playas paradisíacas de Tailandia, país al que acudían durante las vacaciones estivales para que el patriarca de la familia continuase empapándose de los infinitos conocimientos técnicos de la lucha de pie. Fue así como con solo seis años comenzó a entrenar muay thai con los niños tailandeses. Sin saberlo, un campeón estaba dando sus primeras zancadas.

En el antiguo Reino de Siam, cuna del muay thai, se respira una espiritualidad que acabó por encandilar a esta familia italiana. Mathias, reacio al principio a gastar su infancia entre el olor a cuero de los guantes y desgastados sacos que le ganaban en tamaño, fue acercándose progresivamente a esta disciplina. A los 12 años pisó por primera vez profesionalmente una lona rodeada de dieciséis cuerdas para batirse en duelo con un tailandés. «Después de esta pelea, mi padre me dijo que si quería ser alguien en este deporte y llegar a un nivel alto teníamos que mudarnos a Tailandia. Seguramente él quería hacerlo desde hace muchos años. Con 14 años vinimos a vivir a Tailandia un año, luego regresamos a Italia para comparar ambas cosas y al final decidí que quería vivir aquí», expone Mathias a ABC desde Rayong, un particular enclave de este país encuadrado en el sudeste asiático.

Mathias conecta una derecha
Mathias conecta una derecha

Con la decisión más compleja tomada, el camino hacia el éxito profesional en tierra hostil había comenzado. Los «farang» (la manera en la que los autóctonos se refieren a los extranjeros) siempre han tenido difícil forjarse un nombre en la cuna del muay thai, pues es un deporte que los habitantes que allí pueblan tienen asumido como propio. Una seña de identidad. Ahí residía la clave para ganarse el jornal. En fusionarse con el arte marcial de los guerreros tailandeses, idea de la que Mathias y su padre fueron conscientes desde el inicio. «Primero aprendí el inglés porque fui a una escuela internacional y luego el tailandés», cuenta sobre el punto de partida de su integración, que hoy en día es total. «Cuando empiezas a mostrar que hablas bien su idioma, que entiendes su cultura, que comes su comida y que les entiendes como piensan, empiezan a mirarte de otra manera. Les gusta cuando intentas integrarte», relata.

Tal fue la inmersión en el arte de los guerreros tailandeses que, tras deambular por numeros gimnasios y conocer diferentes herramientas de entrenamiento, el progenitor de Mathias decidió formar su propio templo deportivo: el 7Muay Thai Gym, ubicado en la localidad de Rayong. «Después de entrenar en muchos sitios diferentes, mi padre tenía el sueño de abrir un gimnasio cerca de la playa y necesitaba un sitio al que pudiera llamar casa, para cuando yo termine mi carrera tener una base donde establecerme». Desde entonces, su vida rueda en torno al gimnasio. «Los entrenamientos aquí son muy duros y específicos. Tenemos un método que mezcla lo tradicional y lo moderno. No entrenamos diferente para cada oponente sino que trabajamos donde nosotros podemos mejorar. Normalmente los tailandeses entrenan mucho la resistencia. Nosotros también entrenamos la habilidad, la velocidad, la fuerza, la explosividad... Trabajamos mucho el físico, pero también la cabeza. Intentamos pulir la estrategia», desvela el peleador. Aunque reconoce que no es un deporte para hacerse rico, «cuando llegas a un nivel muy alto puedes empezar a vivir solo del muay thai».

«Me gusta mucho pelear porque siempre me da la oportunidad de salir de mi zona de confort. Y cuando vuelvo a la zona de confort he aprendido algo nuevo»

Los parajes retirados de Tailandia, henchidos de misticidad, permiten adoptar un estilo de vida pausado que favorecen al deportista enfocarse en un objetivo deportivo. «Es muy diferente con respecto a Europa. La gente es mucho más relajada y cuando tienes días libres siempre puedes salir y hacer cosas», afirma Mathias, que acepta sin resignación la ausencia de la comida europea en general e italiana en particular. Mal no le ha ido con la dieta tailandesa, a tenor de los numerosos títulos y cinturones que reposan en sus vitrinas y entre los que destacan el Mundial WPMF, el Mundial WMC y el Internacional WBC. Méritos conseguidos con determinación y una resiliencia adiestrada. «Mi punto más fuerte es mi perseverancia porque aunque la pelea vaya mal siempre intento darle la vuelta y hacerlo lo mejor posible hasta el último asalto. Nunca me rindo», define el artista marcial transalpino. «Mi filosofía de vida es vivir cada día, cada mes, cada año... Todo lo que hago es para mejorar en todos los aspectos, no solo en el muay thai. Mejorar y aprender cada día. Por eso me gusta mucho pelear, porque siempre me da la oportunidad de salir de mi zona de confort. Y cuando vuelvo a la zona de confort he aprendido algo nuevo».

Hermanado con Coello, el campeón gaditano

Mathias es conocedor de la dificultad que entraña abandonar todo lo que uno posee para perseguir el sueño de conquistar el mundo encima de un cuadrilátero. Por ello, cuando Carlos Coello, campeón mundial oriundo de Cádiz, decidió establecer su proyecto vital en Tailandia, el italiano fue un pilar fundamental en su aterrizaje en la ciudad de Rayong. Ambos mantienen una relación de hermandad que aprovechan para retroalimentarse en sus entrenamientos. «Tengo una muy buena relación con Carlos. Nos conocíamos de cuando éramos más pequeños pero nunca habíamos hablado mucho. Cuando llegó a nuestro gimnasio de repente vi que era una muy buena persona. Nos hicimos muy buenos amigos y somos grandes compañeros de entrenamiento. Pasamos días enteros entrenando y, cuando en ocasiones estamos fuera, nos divertimos juntos».

Mathias Gallo y Carlos Coello
Mathias Gallo y Carlos Coello

Esa diversión de la que habla Mathias es necesaria como método de desconexión debido a la enorme exigencia de la preparación para competir al más alto nivel. Tal es la categoría adquirida por este luchador que ha logrado entrar en el ránking del Lumpinee Stadium, el escenario de mayor prestigio en Tailandia, un lugar reservado para unos pocos privilegiados. «Es donde tengo más motivación, he peleado más de diez veces y cuando descubrí que me habían puesto en el ranking de este estadio para mí fue muy importante porque era uno de mis sueños. Hay solo tres o cuatro "farang" en la clasificación», cuenta. Después de tantas horas dedicadas a un deporte tan duro, el cuerpo reclama un respiro físico y mental. El transalpino sabe cómo encontrarlo. «Me gusta mucho la tecnología. Por ejemplo, hacer fotos y vídeos. No soy muy bueno, pero lo hago. Por el gimnasio también hay que hacer estas cosas, trabajar en las redes sociales. También me gusta mucho leer sobre psicología y estudiar el cerebro humano, saber cómo trabaja, para conocerme a mí mismo y a la gente que me rodea. Especialmente la psicología deportiva. Tengo muchas cosas que me gustaría hacer cuando termine mi carrera de muay thai». Por el momento y con su juventud, apenas 25 años, sus extremidades no divisan una fecha de caducidad. Mathias desea continuar viviendo su sueño, batallar con los mejores luchadores del planeta en el Lumpinee Stadium.