Raúl se lleva el balón en presencia de Dacourt. Miguel Berrocal

El Madrid, primero por obligación

MADRID. Enrique Ortego
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Suele pasar. Después de la tempestad, la calma. Y después de un Madrid-Barça, el vacio. Lo de anoche en el Bernabéu fue un partido de «Champions» porque lo dice el calendario. Por nada más. Real Madrid y Leeds salieron tan relajados que completaron una desangelada y desarraigada función. En nada se pareció el Bernabéu al sábado pasado. Ni mosaico, ni chubasqueros blancos, ni presión. Había tantos huecos que hasta se divisiba el vacio dejado en el córner por el agresor de Reina.

Sólo el espíritu de Losantos Omar y su juez de línea sobrevolaban el Bernabéu. El árbitro de ayer, polaco de Polonia, dio validez a un primer gol del Leeds en fuera de juego y al inmediato empate de Raúl con la mano. Un punto a favor de la teoría que dice que los colegiados españoles son mejores que los extranjeros. Digamos que son menos malos. Del Bosque realizó los cambios justos: César, Geremi, Celades y Solari. Quería asegurar el primer puesto y dejar las pruebas para Bruselas.

DISTINTOS LENGUAJES

Salvo el portero a quien no se puede culpar de nada, la realidad es que los que entraron acusaron la inactividad. Geremi cuando juega de lateral derecho tiene el problema de que no habla la misma lengua que Figo. El portugués no entiende el camerunés y cuando uno sube, el otro baja, y cuando un dobla, el otro hace lo que le da la gana. Tampoco el catalán de Andorra de Celades —en el puesto de Helguera— es inteligible para Solari. Sus despropositos en el pase no son normales por mucho que hayan jugado mucho juntos.

A los diez minutos el marcador reflejaba dos goles y ninguno de los dos equipos había dado cinco pases seguidos. En el Leeds es normal, porque pedirle a un equipo inglés que juegue el balón entra dentro de la utopía, pero al Madrid hay que exigirle bastante más. Mucho más.

Posiblemente fue uno de los peores primeros tiempos del equipo de Vicente del Bosque en todo lo que va de temporada. El equipo volvió a romperse en dos mitades y esta vez no había enfrente un rival que quisiera el balón y presentara una mínima superioridad técnica y táctica. Se me antoja ya un movimiento mecánico del equipo y eso es peligroso. Figo, Raúl y Morientes volvieron a quedar descolgados del bloque y aún de forma más acusada, porque McManaman cada vez ejerce más de tercer medio centro, en lugar de buscar su banda y Celades no tiene ni la potencia ni el despliegue físico de Helguera, que se descuelga del medio campo con soltura y llegada.

El pestiño del primer tiempo se hizo eterno. Y eso que Figo marcó de bote falso. Sí, su centro al área botó mal y fue gol. Un desproposito más dentro de un partido abominable. Tuvo un poco más de ritmo la continuación. Quizá por vergüenza torera de los dos equipos, sobre todo del Madrid. Eso sí, los blancos para reaccionar, tuvieron que mirar al cielo y ver en el marcador que el Leeds había vuelto a empatar el partido. Viduka marcó de cabeza, como no podía ser de otra forma. Es curioso el complejo de toro apuntillado que muestra este equipo que aspira a todas las competiciones. Cuando saca su orgullo es porque se le ponen los partidos difíciles. Su reacción de ayer fue inmediata. Raúl, en absoluto estado de gracia, adelantó de nuevo a su equipo y a partir de entonces el equipo, al menos, mantuvo otra actitud.

No es que mejorara su juego, pero al menos mantuvo el control a distancia del choque. Los ingleses, de amarillo, voluntariosos ellos, no dieron para más y los de Del Bosque supieron llegar al final del partido sin sobresaltos de consideración. Bajo la ley del minímo esfuerzo, sin dar la sensación de haber superado el trance de los últimos partidos llegaron a la victoria y lo que es lo mismo, la garantía de que van a ser campeones de grupo pase lo que pase en el último partido.

Eso sí, nadie, ni los presentes, ni los ausentes, nos acordaremos de nada de lo que anoche sucedió en el Bernabéu. Nada, absolutamente nada, merece recordarse. El Madrid no se reivindicó ante su afición —eso sí Makelele y Figo forzaron la tarjeta que buscaban para no viajar a Bruselas y entrar «limpios» en cuartos— y el Leeds demostró que ni siquiera el hecho de haber quedado por delante del Barcelona en la primera liguilla y haberse clasificado para cuartos le exime de ser un equipo ramplón, que corre, que no pega una patada y que con sus botas nuevas seguro que no ha contaminado a nadie. Desde luego su fútbol es totalmente inofensivo.