Yuki Kawauchi, al llegar a la meta del maratón de Tokio - AFP
ATLETISMO

El héroe oficinista

El funcionario Yuki Kawauchi, corredor amateur, logra la mejor marca en maratón de Japón desde 2008 e irá al Mundial de Corea

MADRID Actualizado:

Cuando el funcionario Yuki Kawauchi llegó el lunes 28 de febrero al instituto de Kasukabe (50 kilómetros al norte de Tokio) donde trabaja como administrativo, sus compañeros le recibieron con aplausos. Y los alumnos estaban muy contentos. Y había un grupo de periodistas esperándolo. Y él estaba muy cansado: «Había dormido muy poco», dice.

El día anterior había terminado en tercera posición el maratón de Tokio. Fue el primer japonés en cruzar la meta (2h08.37), con lo que ganaba un BMW. También fue más rápido que cualquier japonés desde 2008, con lo que automáticamente entraba en el equipo de su país para los mundiales de atletismo de este verano en Daegu (Corea del Sur). De ahí el cansancio, los aplausos y las sonrisas. Y los periodistas a la puerta.

No es fácil dar con él: Kawauchi, corredor aficionado de 23 años, vive fuera de las estructuras de los equipos y al margen de la federación. Se prepara sin entrenador dos horas por las mañanas y por la tarde trabaja otras ocho para el gobierno de la Prefectura de Saitama.

La federación no contaba con tener que enviar a alguien así al mundial. Tras los Juegos de Pekín creó un programa específico para maratonianos, que empezó a tambalearse ese domingo: «Kawauchi encuentra tiempo para entrenarse y se lo paga de su bolsillo —decía Yasushi Sakaguchi, responsable del programa—. En el equipo oficial hay muchos corredores perezosos. Deberían ser más humildes y hacer como él». El 4 de marzo, cuando Kawauchi era ya modelo de esfuerzo y éxito en Japón, se canceló el programa de maratonianos.

No le esperaba la federación, y no se esperaba él mismo: «Hacia la mitad de la carrera iba en el grupo de cabeza, y me preguntaba: “¿Es éste mi sitio?”». Después, alrededor del kilómetro 30, se descolgó y parecía que cada elemento regresaba pacíficamente a su lugar. Un keniano y un etíope en cabeza (Mekonnen y Biwott), seguidos del keniano Njui y el japonés Yoshinori Oda (equipo Toyota), que ya había representado a su país en medio maratón en los mundiales de 2004 y 2009. Lo normal. Pero no lo último.

«Yo había podido correr relajado hasta el kilómetro 34 —cuenta Kawauchi a ABC—, y aunque iba sufriendo, me quedaba algo de energía y fuerza espiritual». Cinco kilómetros más adelante vio a tiro a Oda y Njui: «Me pareció que habían bajado el ritmo y que podía superarlos si les adelantaba enseguida, aprovechando la bajada que venía». Les alcanzó al pie del repecho. «Iba sufriendo mucho», dice. Cerró los ojos, apretó los dientes, agachó la cabeza y aceleró cuesta arriba. Y siguió al bajar, mientras pensaba: «No quiero perder».

Al pie de la bajada, la calle se retorcía a la derecha, pero Kawauchi, aún sin abrir los ojos, siguió esprintando de frente, casi trastabillándose. Njui aprovechó para adelantarle de nuevo por el interior. Kawauchi, destrozado, se rehízo: «Me empujaban los gritos del público: “¡No te rindas!”». Apretó los dientes y recuperó el tercer puesto: «Quería cambiar, dejar de ser el chico que no es suficientemente fuerte; así que exprimí hasta el último resto de mis fuerzas». Se repetía: «No quiero perder».

En el avituallamiento del kilómetro 40 recogió la última botella de la bebida que le prepara el responsable de la cafetería del instituto, una mezcla de zumo de naranja, miel y zumo de limón.

Bebió, se echó un chorro sobre el cuello, tiró la botella y siguió. De allí al final, fue el más rápido de los participantes, 6 minutos 52 segundos. Casi todo ese trecho de 2.195 metros con los ojos cerrados. Corría sobre el filo de su propio límite, donde el dolor se transforma en algo extraño: «Justo antes de alcanzar esa situación extrema, corría en estado de euforia, lo que se llama el subidón del corredor». Así cruzó la cinta, se trompicó otros 16 pasos y se desplomó: «No podía seguir de pie. Por la deshidratación no sentía las manos ni las piernas, y me costaba respirar», dice.

Antes del de Tokio había corrido cinco maratones, y en cuatro había terminado en la enfermería. Sabía que iba a caer, pero pensaba: «Estoy haciendo mi mejor carrera». Y sí: rebajó casi cuatro minutos su marca del año anterior en Tokio, 2h12.36.

Por eso le esperaban los periodistas. También por eso, dos días después aparecieron allí el presidente de la federación de atletismo, Keisuke Sawaki, y un grupo de directivos. Habían estado llamándole desde el domingo, pero él, abrumado, había programado el teléfono para recibir solo llamadas de números que estuvieran en su agenda. Por eso fueron en persona. Querían asegurarse de que llegara en buenas condiciones al mundial. Le ofrecieron un representante que le gestionara la atención de los periodistas. Los funcionarios están sometidos a restricciones en su contacto con los medios. Todavía ahora las entrevistas debe autorizarlas la dirección del instituto.

También le ofrecieron un entrenador, hueco que en las carreras ocupa su hermano Koki, de 18 años, que se acredita como tal para ayudarle a llevar sus cosas y la bebida de la cafetería del instituto. Pero Kawauchi prefiere seguir solo: «Entrenarme por mi cuenta me da libertad, aunque tenga que asumir toda la responsabilidad. Pero con esa libertad, puedo disfrutar con otros corredores que piensan como yo, e ir a mi propio ritmo, sin presiones».

Los visitantes de la federación también querían que el instituto le pusiera más fácil prepararse liberándole de algo de trabajo. Pero tampoco quiere cambiar eso. Se está reservando varios días de vacaciones para ir a Daegu a correr el 4 de septiembre.