Ruth Beitia, cuarta en Londres 2012, recibirá el bronce olímpico tras el positivo de la ganadora
Ruth Beitia, cuarta en Londres 2012, recibirá el bronce olímpico tras el positivo de la ganadora - EFE
Olimpismo

La gloria robada por el dopaje

El reanálisis de las muestras congeladas en los Juegos trata de hacer justicia con los atletas años después

MadridActualizado:

La mentira del dopaje tiene cada vez las piernas más cortas. Hace años que el Comité Olímpico Internacional (COI) decidió dar caza a los tramposos sin poner fecha de caducidad. Congelando las muestras de orina durante años y sometiéndolas a análisis más certeros una vez que la tecnología ha avanzado lo suficiente. Solo así se ha conseguido desenmascarar a campeones que no lo eran. Deportistas apoyados en la medicina ilegal para superar a sus rivales. En las últimas dos décadas el COI ha puesto mucho esfuerzo en devolver la gloria robada y resarcir a los deportistas que se quedaron a las puertas del podio. En España, esos reanálisis han desembocado en cinco medallas más desde Atenas 2004. La última, el bronce adjudicado esta semana a Sete Benavides por su participación en Londres 2012.

«Se hace justicia, pero es triste no haberlo podido vivir allí en el momento. Era la única medalla que me quedaba por ganar. Un objetivo por el que había luchado tanto y por el que me había levantado cada mañana. No recuerdo haber llorado nunca más que aquel día en Londres, pero ahora estoy feliz», reconoce Benavides a ABC, aún cauto porque los trámites para que el bronce olímpico se haga oficial duran meses. Incluso años.

Que se lo digan a Manolo Martínez, al que el reconocimiento le llegó estando ya retirado. En su caso el bronce de Atenas 2004 se lo entregaron casi diez años después. «Es como conseguir un triunfo después de muerto. Cuando me lo dijeron, recuerdo un sentimiento de alegría más que de rabia. Nunca había ganado una medalla internacional al aire libre y sentí cierta liberación, aunque creo que en aquellos Juegos tenía que haber sido primero», rememora el lanzador de peso, al que le dolió más no estar a la altura de aquella prueba especial celebrada en el antiguo estadio de Olimpia. «No tener esa foto en aquel escenario sí que da un poco de pena, pero bueno, mi acto de entrega fue emotivo y rodeado de gente a la que quiero», asume.

Perjuicio económico

Si hay una deportista que ha sufrido más que nadie este problema esa es Lydia Valentín. La haltera fue perjudicada por el dopaje de sus rivales en Pekín 2008 y en Londres 2012. Ambas medallas (plata y oro) cuelgan ya de su cuello, pero el proceso fue largo y farragoso. Además, le tocó batallar en los juzgados para que le reconocieran los premios económicos que conllevaba aquel éxito deportivo. «Mi vida habría sido muy diferente de haber subido a aquel podio. El mío es un deporte minoritario, sin mucho seguimiento ni recursos económicos, y una federación no trabaja igual cuando hay medallistas olímpicos», reconocía en el acto de entrega del oro de Londres.

De su batalla legal se benefició Manolo Martínez, que tras la puerta que abrió Valentín pudo recoger también su premio por el bronce de Atenas. «A mí me dijeron que me daban la medalla y ya está. No lo hicieron bien en ese sentido. Sabían que era algo complicado, porque si lo hacían una vez se les podía venir encima un problema gordo, porque son fondos que ya no existen. Gracias a Lydia pude recibir ese dinero, pero hay muchas becas y muchos patrocinadores que se quedaron por el camino. No es mi caso, pero incluso habrá deportistas que no habrán seguido compitiendo por ese problema», afirma.

No fue el caso de Ruth Beitia, retirada tras el cuarto puesto en Londres 2012. En su caso tenía el tema muy claro y no sabe si el hecho de haber sido tercera -como luego se le reconoció- habría cambiado aquella decisión. «Me retiré sin haber cumplido mi sueño, aunque ese día salí de la pista con la convicción de que había tramposas. Era imposible que aquella chica hubiera hecho esa marca casi sin haber competido en todo el año», explica Beitia, que años después regresó a las pistas y logró el oro en Río 2016. «Quizá si aquello no hubiera pasado no habría vuelto nunca. Lo que más me duele ahora, con el paso del tiempo, es esa gloria robada. Porque todo esto llega muy tarde. El daño es irreparable y tienes una sensación de sentirte estúpida, pero también de alegría y de justicia», señala. Beitia, que aún está esperando para recibir su medalla, tiene claro que lo único positivo de este momento es que, por primera vez, podrá compartir ese podio con Ramón Torralba, su «otra mitad». El técnico que dirigió toda su carrera. «Voy a pedir que Ramón pueda subir conmigo. Él ha sido el 50 por ciento de mi carrera y es justo que sea así», apunta.