Duelo al sol, capítulo tres

El cielo plomizo sobre Magny-Cours dista mucho de augurar algo agradable en el fin de semana francés de la F-1, una cita que perdura en el tiempo con una ausencia puntual desde 1950. El «chauvinismo

J. M. CORTIZAS, ENVIADO ESPECIAL MAGNY-COURS.
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El cielo plomizo sobre Magny-Cours dista mucho de augurar algo agradable en el fin de semana francés de la F-1, una cita que perdura en el tiempo con una ausencia puntual desde 1950. El «chauvinismo» no se ha perdido en los genes de la sociedad gala. Se recuerda con honor que fue en esta tierra donde se acuñó por primera vez el término Grand Prix. También tuvieron los franceses su época dorada de la mano de Renault, prolongada hasta antes de ayer gracias al efecto Alonso.

Pero ni los Briatore «boys» pasan este fin de semana de meros secundarios. Lo que todo el mundo ansía es ver el nuevo capítulo de «Solos en casa», la saga que da vida a la poca o mucha chicha, la única en cualquier caso, a la que se le puede hincar el diente en una disciplina que atraviesa un momento extraño, no exento de éxito.

Los que se han quedado solos está claro que son Alonso y Hamilton. Habrá que seguir nombrando primero al bicampeón por causas de protocolo y justicia deportivos. Pero si Ferrari o un empuje brutal de BMW no lo impiden, el español y el inglés seguirán viviendo como monologuistas en un mundo en el que palabras, las contadas.

Buenos precedentes

Ayer, el supuesto pacto de silencio que apañó Ron Dennis contó con las fisuras propias de la obligatoriedad de conceder entrevistas. A Alonso le tocó el turno en la rueda de Prensa oficial, en la que compartió micrófono con Fisichella, Heidfeld, Montagny -probador francés en las filas de Toyota- y Raikkonen. Fueron un puñado de minutos de buenas intenciones, con una moraleja coral: sólo sirve lo que se habla en la pista. Mensaje también dirigido al máximo responsable de McLaren, quizá aburrido, por lo novedoso, de tanta victoria de los suyos y de no ser uno más a estas alturas estivales en los saraos marítimos que estará montando su socio Massour Ojjeh en Menorca junto a Michael Douglas y Catherine Zeta-Jones.

Solos, pero para nada revueltos. Cada uno a lo suyo en Magny-Cours. Algunos con el recuerdo de cómo se las gastó un tal Michael Schumacher para birlar dos victorias por ser tan calculador como para sumar una parada más en boxes que el resto. Sería injusto no condecorar por aquella estrategia a Ros Brown, que ya se está probando uniformes ferraristas para su retorno. Si Alonso se estimula con su indiscutible competitividad, le añade al cóctel unas gotas de buenas vibraciones por sus antecedentes en Francia, donde aportó a su currículo dos «poles» y una victoria. «El otro», como se le acabará conociendo entre la afición española a Hamilton, tiene cruzado Magny-Cours y a sus secuaces no les hace mucha gracia el recordatorio. No es para menos, dado que en su granado palmarés le tocó una china en mitad de la nada francesa, con tres accidentes y un quinto puesto como único alimento para su entonces reducido ego.

Sólo ha habido un fin de semana sin F-1 desde la carrera de Indianápolis, tiempo insuficiente como para olvidar la batalla abierta entre los de McLaren tras las dos victorias de Hamilton, con maniobras polémicas incluidas. El público no quiere bajar el pistón de su mitología deportiva ni con la llegada de las vacaciones. Por eso, tras el doble desafío americano ganado por el inglés, ahora toca el tercer duelo, que Fernando Alonso considera una «prueba trampolín» con vistas a las próximas citas europeas. Se volverá a instaurar en ella la tiranía de la «pole». El que no se deje chulear en la arrancada se pondrá morado a acumular vueltas en cabeza. Setenta será el tope.

Si Alonso reduce su decena de puntos de desventaja sobre Hamilton llegará a la siguiente carrera con todo su arsenal dispuesto para ser quemado en Silverstone. Quiere ganar en Magny-Cours para comenzar a poner las cosas en su sitio. Pero donde le encantaría destrozar la línea de flotación de Hamilton y la armada británica de su equipo sería en su propio puerto próximo a Oxford.