Un árbitro levanta el brazo del joven iraquí Amir Albazi para señalar su triunfo en Bellator
Un árbitro levanta el brazo del joven iraquí Amir Albazi para señalar su triunfo en Bellator - Bellator
Artes Marciales Mixtas

Amir Albazi, el «Príncipe» refugiado que encontró su corona en las MMA

El joven peleador, que ostenta un récord de 11-0 a sus 25 años, partió de Iraq a Siria, pasando por el Kurdistán, hasta llegar a un campo de refugiados en Suecia. Hace 7 años dio el salto definitivo a Londres, donde busca ser campeón mundial

Londres (Inglaterra)Actualizado:

Hay peleadores que llevan la lucha en su ADN. Deportistas cuya historia personal ha propiciado que tengan que ir superando obstáculos desde la cuna y que hayan forjado un determinado carácter porque no había más salida que la de no rendirse. Y entre este grupo de «elegidos», encontramos a Amir Albazi (Iraq, 1993), cuya historia personal, por las turbulencias del viaje, bien merece un libro.

Albazi fue un niño que tuvo que crecer a marchas forzadas. La situación en Bagdad en los años 90 no era la idónea para desarrollarse en un ambiente tranquilo. Su mente, en un ejercicio de autodefensa, ha tratado de borrar varios de sus recuerdos, pero algunos de ellos aún perduran nítidamente. Como cuando emprendió la huida de territorio iraquí con solo 7 años para, sin saberlo, comenzar una larga aventura que ha culminado en Londres con una exitosa carrera profesional en las artes marciales mixtas (MMA). «Nunca olvidaré cuando mi madre nos despertó a las 3 de la mañana en Iraq, a mi padre todavía no lo conocía, pero sabía que estaba en Suecia. Nos despertamos, hicimos las maletas y nos fuimos directos a un taxi. No sabía ni a dónde íbamos. De allí nos fuimos a Kurdistán», comienza relatando a ABC en el gimnasio London Shootfighters, fábrica de campeones de la talla de Michael «Venom» Page.

Ser de origen kurdo no fue suficiente para empezar una nueva vida, pues no hablar el idioma autóctono se presentaba como una dificultad difícilmente salvable a través de otro método que no fuera la lucha. «Mi hermano y yo nos pegábamos mucho con los niños del Kurdistán. Escuchaban que hablábamos en árabe y no les gustaba por lo que trataban de amedrentarnos», cuenta. «Nos tuvimos que mudar de allí a Siria». Siria e Iraq vivían un conflicto geopolítico, estaban lejos de ser estables sus relaciones en esa época, hecho por el que Albazi tuvo que pagar un precio. «Cuando yo decía que era de Iraq me tildaban de mentiroso o de ladrón. Una cosa que nunca olvidaré es que incluso las tiendas de la esquina no me vendían botellas de agua», recuerda. En esas condiciones, la etapa siria se estaba convirtiendo en un obstáculo muy desagradable para los pequeños Albazi pero, sin saberlo, estaba ayudando a Amir a crear un carácter de lucha que a la postre le ayudaría a la hora de encarar una batalla. «Con todas estas diferentes lenguas y culturas, solo tenía una manera de responder y esa era con mis manos. No podía hablar porque no me entendían, pero veía como me vacilaban por ser inmigrante», alude. Al año y medio huyeron a Suecia.

Del calor al frío

Alejarse de la terroríficas temperaturas de Oriente Próximo no significó el comienzo de una vida fácil. Al contrario. «De Siria fuimos a Suecia con mi padre, al que yo no conocía. Pasamos del calor al frío. Del día a la noche. La gente y la cultura eran muy diferentes. Nos quedamos en un campamento de refugiados esperando a conseguir un piso 6 o 7 años», apunta Albazi. El deportista iraquí reconoce que, como tantos otros niños, su sueño era ser el mejor futbolista que jamás había exisitido. Quizá ese ADN de lucha innato provocó que fuera expulsado del equipo de balompié a los 13 años. «Me peleaba demasiado y era conflictivo», reconoce. Con esa misma edad, un día cualquiera, Amir se encontraba viendo Eurosport y comenzaron a emitir la Ultimate Fighting Championship (UFC). Algo se despertó en su interior. «Mis ojos no podían creer lo que estaban viendo, no sabía si era lucha, si era boxeo... Al día siguiente introduje en Google "MMA" porque quería saber qué era esto». Conocido el deporte del que se trataba ya no había marcha atrás, pero su precaria vida era un impedimento para poner en marcha su carrera. «Si iba a mis padres a pedirles dinero para entrenar MMA ya sabía que me iban a dar un no por respuesta. Entonces busqué el gimnasio más barato que había en Estocolmo y fui allí para probarlo. Desde aquel día estaba tan enganchado que no podía ni dormir, era en lo único en lo que pensaba», explica. «No he mirado atrás desde entonces».

Su etapa en Siria: «Cuando yo decía que era de Iraq me tildaban de mentiroso o de ladrón. Nunca olvidaré que incluso en las tiendas de la esquina no me vendían botellas de agua»

El campo de refugiados en Suecia actuó de escuela callejera para Albazi. «Trataban de abusar de mí porque, aunque no podía hablar la lengua, sabía cuando la gente se estaba burlando de mí. Aquí empezaron muchos problemas y las MMA eran una salida para mí. En lugar de pelear en la calle, empecé a pelear en el gimnasio. Siempre he sido muy competitivo y no puedo rechazar nunca un desafío», rememora sin rencor. Sin embargo, exisitía un problema para emprender su aventura en el deporte de la lucha total y este era la edad. Por ello, tuvo que empezar a competir en la disciplina de jiu-jitsu brasileño, donde no se permiten los golpes. Gracias a la labor social realizada por el gimnasio Fight Zone Estocolmo, al iraquí le permitieron entrenar gratis. «Me ayudaron a la competición, tenían incluso una hucha para ahorrar dinero para mis torneos». Este era motivo suficiente para dejarse la piel en cada entrenamiento. «Después de tres sesiones de jiu-jitsu brasileño estaba ya compitiendo. Quería hacer MMA pero era demasiado joven. No me gustó el jiu-jitsu, pero tuve que hacerlo. A los 15 años empecé a entrenar como atleta profesional. Incluso antes de la escuela me despertaba a las 4 de la mañana para ir a correr. Ganaba todas las competiciones de jiu-jitsu con y sin kimono», señala. Tanto fue así que llegó a entrenar con leyendas de la talla de Marcus Almeida «Buchecha», Alan Nascimento, Jackson Sosa o Rodrigo Cavaca.

Por aquel entonces la hucha, que atesoraba en el gimnasio las monedas derivadas del cambio cuando un componente del equipo compraba una bebida, seguía creciendo. «Un día la abrí y vi 50 euros, sabía que a cambio de ese dinero tenía que ir a competir, ganar y traer de vuelta la medalla». Dicho y hecho. El palmarés de Albazi no paraba de crecer. «Ya era 4 veces campeón de Suecia, soy el único que lo ha ganado tantas veces seguidas, fui tres veces campeón europeo, dos veces campeón asiático, dos veces campeón escandinavo y una vez campeón mundial de jiu-jitsu», enumera.

Transición definitiva a las MMA

En su afán de seguir progresando y acaparar cuantos más deportes de contacto para saciar su sed de lucha, el iraquí encontró su mejor aliado en el buscador que todo lo sabe. «A los 16 años empezó a resultarme muy rutinario el jiu-jitsu. Entonces introduje en Google "MMA Kids" y vi niños de 15 o 16 años pegándose... Le dije a mi entrenador: "¡Eh, mira esto! Me dijiste que tenía que esperar a los 18 años y estos chicos se pegan con 16". Era en Portugal. El entrenador me dijo: "Si quieres pelear, ve a Portugal y pégate". Fui para allá y eran dos peleas en una noche, reglas profesionales al estilo Pride con dos asaltos, uno de 10 minutos y el otro de 5. Y gané mi primer título de MMA. Volví cuando tenía 17 años y gané el cinturón de nuevo. Y así llegué a tener 4-0 en MMA mientras hacía jiu-jitsu», desvela Albazi.

Amir Albazi reposa contra la malla en el London Shootfighters
Amir Albazi reposa contra la malla en el London Shootfighters - @dan_50frames

A esas alturas, «The Prince», como se le apoda a este luchador, pues Amir significa «El Príncipe» en árabe, ya empezaba a despegar en la lucha total. Cuenta el peleador iraquí una anécdota que define sus agallas. «Una historia divertida es que una vez competí en Escocia en MMA profesional porque no me dejaban volver a amateur. Como era menor de edad, cogí el DNI de mi hermano, que tenía 18 años, fui a Escocia y me pegué. ¡No sabía ni vendarme! Me puse los guantes, entré y gané. No tenía entrenadores, tenía a mi hermano y a un amigo. Con 18 o 19 años, después de ganar todo en jiu-jitsu, necesitaba una nueva meta», cuenta el sonriente atleta. Se abría la etapa deportiva defintiva. «El Príncipe» refugiado comenzaba la búsqueda de la corona en las MMA.

Londres, Bellator y Brave

Con la mayoría de edad reflejada en su pasaporte, Albazi tomó el vuelo más determinante de su vida deportiva. Aterrizó en la capital del Reino Unido, lugar de gran culto por el boxeo y los deportes de contacto. Ya en Londres y con un nivel elevado, se introdujo el gimnasio London Shootfighters, un centro deportivo que exporta a numersos peleadores a las mejores ligas del mundo, concretamente a la UFC y a Bellator. Michel «Venom» Page es la cara más visible de un elenco de luchadores destacados a nivel mundial, como Michael Shipman, Norbert Novenyi, Karlos Vemola o Jimmy Wallhead, entre otros muchos.

«Veo la vida como una superación de obstáculos, como una manera de ir alcanzando metas y, al final del día, conseguir ser una mejor persona»

Vivir de las MMA y en una ciudad tan cara como Londres es una batalla que hay que librar a diario. Por ello, el peleador iraquí completó sus estudios de Grado en Ciencias del Deporte y se especializó en la rama de Nutrición. «Vino de una manera natural pues quería saber cómo actúa la comida en los cortes de peso que hacemos los luchadores», desgrana. Además, compagina sus entrenamientos con las clases a otros alumnos, para difundir unos conocimientos que tantas noches aciagas le han costado. «Entro al gimnasio a las 9 de la mañana. Entreno a otra gente dos horas. Hago mi primer entrenamiento también de dos horas. Después almuerzo y hago la sesión de tarde de los profesionales sobre las 14:30 con los entrenadores principales, descanso, hago la sesión de noche y después me voy a casa», explica. «Entrenar, comer, dormir y repetir», resume.

Ya embarcado en la aventura del London Shootfighters, Albazi empezó a encadenar victorias en ligas británicas de gran nivel. Sus dos entrenadores principales, Paul Ivens y Alexis Demetriades han tenido mucho que ver. «Alexis tiene un estilo diferente de dirigir al que estaba acostumbrado antes. Pero sé que cuatro ojos ven mejor que dos y tengo la máxima confianza en lo que me está diciendo el entrenador. Se dice que solo un idiota cree que lo sabe todo», dice. «Amir actúa como la palanca de mando de una videoconsola. Si le dice izquierda, saca la izquierda. Si le dice derecha, saca la derecha», apostilla el madrileño David Mora, compañero de gimnasio del iraquí. En todo esto cobra suma importancia la fortaleza mental. «Para mí el 80% de este deporte es la parte mental. Todo el mundo puede pelear, todo el mundo tiene dos brazos y dos piernas. Él me puede pegar a mí y yo a él. Pero al final del día es ver quién lo quiere más, qué tipo de energía, de ganas o de corazón se pone en cada pelea. Yo sé seguro que estoy preparado para darlo todo dentro de la jaula», esgrime Albazi.

Amir Albazi (centro), Alexis Demetriades (derecha) y Paul Ivens (arriba)
Amir Albazi (centro), Alexis Demetriades (derecha) y Paul Ivens (arriba) - Bellator

Triunfo tras triunfo, el iraquí llegó con un récord de 9 victorias y ninguna derrota al año 2017. Fue entonces cuando recibió una llamada que justificaba toda la dureza que había vivido en este turbulento trayecto al estrellato. Era Bellator, considerada la segunda mejor promotora mundial solo por detrás de UFC. Aquí tampocó defraudó y ganó las dos batallas con superioridad, hasta lograr el actual balance de 11-0. Sin embargo, la falta de un horizonte hacia el título ha propiciado que haya firmado por Brave, una promotora emergente que le promete al «Príncipe» refugiado la posibilidad de colocarse la corona que siempre ha buscado. «Bellator no tiene una clase del peso mosca. Hacen peleas pactadas en este peso pero no tienen un cinturón, que es lo que yo persigo. Como has visto con mi pasado, me gustan las cosas que brillan, las coronas, los cinturones, los títulos. Ahora voy a ganar el cinturón de Brave y luego veremos qué pasa, quizá UFC».

Por el momento, sigue entrenando día tras día con el único objetivo de seguir escalando peldaños. Sin presión pese a la posibilidad de que se rompa su récord invicto. «Yo lo veo solamente como otra oportunidad para ganar el 12 y no perder el cero. Dos cosas van a ocurrir en mi siguiente pelea: voy a ganar o voy a aprender». Y así, aprendiendo, transcurren sus días en el London Shootfighters. «Veo la vida como una superación de obstáculos, como una manera de ir alcanzando metas, y al final del día ser una mejor persona. Peleando creo que consigo eso, porque pelear es algo muy honesto, no puedes encontrar un atajo. Cuando cierra la jaula, es sincero. Si no has hecho tu cardio, te vas a cansar y vas a perder. Si has sido vago, no te salen las cosas. Es un deporte muy sincero. Yo siempre digo que en este deporte recoges lo que siembras». Palabra de guerrero.