Svein Tuft, en una imagen de archivo
Svein Tuft, en una imagen de archivo - EFE
Ciclismo | Tour de Francia

Svein Tuft, un oso canadiense anda libre por el Tour

Tuft vivió como un vagabundo, durmió años al raso, viajo saltando a los trenes y fue feliz sin hacer nunca planes

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Nacer en una ciudad te quita el horizonte. Svein Tuft es canadiense, nieto de un viejo esquiador olímpico noruego. No nació para el asfalto y las paredes de los rascacielos. Ni para ahorrar dinero. En su antebrazo derecho se lee este tatuaje: «Nunca estaremos ahí otra vez». Es su lema: vive el presente, aprovéchalo, disfruta de cada segundo. Lo supo con 17 años. La suya era una buena familia; les daba de sobra para una vida acomodada. Pero le llamó la montaña. El horizonte. «Cuando más libre he sido es cuando no tenía nada«, dice Tuft, ciclista forzudo del equipo Orica en el Tour que ayer partió desde Utrecht. Dos décadas atrás, con 17 años, Tuft se subió a otra bici. Amarró a ella un pequeño remolque, metió un hacha, una manta, una lona que le serviría de tienda de campaña y a ‘Oso’, su enorme perro de raza malamute. Abrazó a sus padres y adiós. A la montaña. Como un vagabundo feliz. Así recorrió desde México hasta los hielos de Alaska. Un viaje de años que ahora continúa en el Tour.

Tuft eligió la bicicleta porque era la manera más barata de desplazarse a las montañas. Su vocación era el alpinismo, la aventura. El vértigo colgado de una cuerda. La soledad de la vida salvaje. Se convirtió en una especie de ‘Grizzly Adams’, el protagonista de aquella serie de televisión huido en las montañas que tenía un vínculo especial con los osos, con la tierra. Como él, Tutf bebía de los arroyos, asaba la comida en fogatas. Siempre con ‘Oso’, su compañía. De esa juventud tan salvaje y atípica viene el corredor canadiense, vigesimoquinto ayer en la contrarreloj. «Yo nunca soñé con ser ciclista ni con estar en el Tour». Eso no le llamaba. La bicicleta era sólo un vehículo. Sobre ruedas en el desierto con su remolque y sobre patines en el hielo. A la intemperie. El caso era viajar. Y así descubrió otro método: saltar en marcha a los trenes de mercancías. Al estilo del Viejo Oeste. Furtivo. «Cuando te subes a un tren así no haces planes. No sabía a dónde me llevaban». Su modo de vida era tumbarse en aquellos vagones sin techo llenos de grano que le permitían ver de noche cómo corría el cielo estrellado.

«No tenía nada, ningún ahorro en el banco. Vivía de lo que ganaba en algún trabajo que encontraba por el camino», cuenta. De leñador, de lo que fuera. «En cuanto ganaba algo de dinero, seguía adelante». Sin más rumbo que el horizonte. En una de esas paradas encontró trabajo en un taller de bicicletas. Sorprendió su habilidad. Tras años en la carretera reparando su viejo y abollado ‘cacharro’, era capaz de arreglar cualquier cosa. En aquel local descubrió bicicletas de verdad, finas, hechas para la velocidad. Le gustaron. Recordó el pasado deportista de su abuelo en Noruega, ciclista ocasional cuando preparaba sus competiciones de esquí. Y se apuntó en carreras locales. No sabía competir en grupo. Así que se ponía el primero y tiraba hasta reventar. Descubrió otro mundo, el del ciclismo, el del Tour y la grandes carreras europeas. Otras montañas al fondo.

Lo que no varió fue su vida itinerante. Durante ese inicio ciclista vivió con otro aspirante a corredor en una autocaravana. De carrera en carrera. Aprendió solo. A lo bestia. «Nunca he tenido un plan, sólo trataba de pedalear lo más rápido posible». Su fuerza le hizo visible. Un oso ‘grizzly’ sobre pedales. Un salvaje. Llamó la atención del equipo Mercury, uno de los mejores de Estados Unidos. Le llamaron. Estaba invitado a un campo de entrenamiento en California, a 1.600 kilómetros de donde entonces vivía. Bien. Agarró la bici y para allá se fue. Sabía hacerlo. Con su remolque a rastras. Más fogatas de noche. En California le conoció Jonathan Vaugthers, que estaba ya en el final de su carrera como ciclista y que hoy es el mánager del equipo Garmin. “Svein se presentó con barba larga. Olía mal. Estaba claro que era diferente, que no iba a ser como esos ciclistas europeos que enseguida se compran un deportivo”, señala el técnico estadounidense.

La fuerza de Tuft le hizo hueco en el ciclismo. Aunque no le gustó lo que vio. Su afinado olfato detectó la contaminación del dopaje. Nada más antinatural. «Así que me tomé un tiempo y regresé a casa, a hacer otras cosas que me estaba perdiendo», narra Tuft. Pero ya se le había metido dentro la pasión por el ciclismo. No iba a dejar esta montaña a medio escalar. Volvió a un deporte «lleno de cosas maravillosas» y se convirtió en lanzador y protector de velocistas. En 2008 fue el sorprendente medallista de plata en el Mundial de contrarreloj. De inmediato fichó por el Garmin, el equipo de Vaugthers, y amplió su horizonte a las grandes cimas del ciclismo. Como el Tour. Utrecht vio rodar ayer a un canadiense de origen nórdico y brazos de leñador que ya ha cumplido 38 años en libertad.