Víctor García de la Concha, Santiago Castelo y Guillermo Fernández Vara - ABC
DISCURSO DE VÍCTOR GARCÍA DE LA CONCHA (PRESIDENTE DEL JURADO)

Tres premios a la excelencia

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Permitidme, ante todo, una confidencia. Quien debiera estar aquí hablando como presidente del Jurado es Antonio Mingote, que era el llamado a serlo, y que, previsor, no quiso fungir como tal para evitar que la emoción del recuerdo de Guillermo Luca de Tena le impidiera hablar. En verdad, a cuantos somos asiduos del Cavia va a resultarnos difícil no oír su vozarrón invitando al brindis final «Por el Rey».

Al margen de eso, el Jurado no lo ha tenido fácil ya que en los tres premios había muchas y buenas candidaturas. Pero, en cambio, lo hemos tenido claro, porque en los tres casos se confirmaba evidente la excelencia.

En medio de tanta vocinglería mediática, de tertulianos ubicuos que parecen reinstaurar aquella «glosogracia» que en los años veinte del pasado siglo denunciaba Ortega y ante la que Unamuno preguntaba «¿cuándo leen, cuándo piensan?», la voz de Ignacio Camacho —«educada», dijo Manuel Alcántara— denuncia desde su columna, con pasión pero sin aspavientos, el actual revisionismo histórico de «aquel tiempo fértil de grandeza creativa y concordia civil que fue la Transición». «Donde se grita no hay ciencia posible», sentenció Leonardo en los albores de la modernidad histórica. A Ignacio Camacho, premio Mariano de Cavia, le basta un puñado de palabras verdaderas —lealtad, generosidad moral, memoria— para desenmascarar en su artículo, «La enfermedad del olvido», los conatos de una historia-ficción de aquella época, y proclamar una sincera y actualizada profesión de fe en el pacto constitucional de ciudadanía que permanece intacto en sus principios esenciales de convivencia plural. No se trata solo de un análisis certero. Es una llamada apremiante, que «nos interpela desde el corazón de la memoria» y que, brotando con fuerza del alma, resulta convincente porque está escrito con filología, esto es, con respeto y amor a lo que las palabras significan y pueden lograr engarzadas en una prosa bella.

Manuel, Manu Leguineche, premio Luca de Tena, pudo ser director de ABC, y de La Vanguardia y de los servicios informativos de RTVE y de cien cosas más. Pero a él le bastó un corto aprendizaje periodístico con Miguel Delibes en El Norte de Castilla —«Él me lo enseñó todo», suele decir— y una corta carrera oficial —treinta asignaturas en tres años— para echarse a andar por el mundo a «buscar noticias en guerras, revoluciones y golpes de Estado». Alérgico a sentarse en una Redacción —«cuando voy a una me siento como un mendigo»— ha vivido a salto de mata y como ha podido. Pero ha escrito centenares de artículos, más de cuarenta libros y ha hecho reportajes inolvidables, como aquel del asesinato de los jesuitas de El Salvador. Miguel Delibes hizo su mejor retrato: «No has hecho libros de ficción, ni de guerras, sino crónicas creativas y humanas de hombres que no se entendían entre sí porque nadie les había enseñado otra cosa». Hoy vive en la paz de La Alcarria, en Brihuega, en la casa que fue de unos gramáticos del siglo XVIII y del amor platónico —y trágico— de Juan Ramón Jiménez. Desde esa «capital del silencio» contempla Manu Leguineche, sereno, el rodar alocado del mundo. Tal vez sueña que, cualquier día, coge de nuevo el macuto y nos hace su crónica.

El Premio Mingote se lo hemos concedido a un fotoperiodista joven en el oficio, que, según ha declarado, en los últimos cinco años ha observado con su objetivo numerosas llegadas de pateras de inmigrantes subsaharianos, es decir, de sueños de libertad y de vida frustrados. El 2 de julio del pasado año, la Guardia Civil interceptó una patera más. «Se había ido ya —cuenta Marcos Moreno— el autobús con la mayor parte de los inmigrantes, camino del centro de acogida, y solo quedaba una ambulancia, donde estaba una madre con su hijo. El niño lloraba porque los habían separado del padre, que iba con el resto». El fotógrafo vio «cómo un guardia civil estaba haciendo el payaso para arrancarle una sonrisa. Y lo logró porque el niño empezó a reír sin parar y a extender sus brazos hacia él». La fotografía capta el instante de ese milagro, con otro miembro de la Benemérita como testigo y espejo del compañero payaso: Marcos ha declarado con sinceridad y sencillez: «El mérito es del Guardia Civil. El mérito de la fotografía es de él»; y esa confesión me ha parecido tan valiosa y conmovedora como la foto misma.

Enhorabuena a los premiados, y muchas gracias a todos.