Luis Francisco Esplá y su hijo Alejandro - ERNESTO AGUDO
LUÍS fRANCISCO ESPLÁ

«Lo más seguro es que mi hijo no llegue a figura»

Reaparece hoy por un día para dar la alternativa a su hijo Alejandro. En su tierra, Alicante, el maestro se «divorciará para siempre» de los ruedos

ROSARIO PÉREZ
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—Vuelve por una tarde en el nombre del hijo. ¿Qué siente en capilla?

—Si me dijesen que tengo que torear veinte corridas seguramente caería fulminado como un rayo. Pero una corrida de toros, con el ingrediente de mi hijo, es casi apetecible.

—¿Vence entonces la ilusión al miedo?

—Ir libre de preocupaciones y de cargas me da más capacidad de expresión. He seguido mi ritmo de ejercicio, pero los tentaderos los he pospuesto. Mi hijo me decía: «Papá, ¿te vienes a torear?» Y yo respondía: «No, al próximo». Terminé la temporada en Zaragoza y hasta hace tres días no me puse delante del toro.

—Los clarines anuncian la boda de su hijo con los toros y el divorcio del maestro con los ruedos.

—Por supuesto, y además será un divorcio sin reconciliación. Mi experiencia vital en torno al toro es maravillosa.

—¿Ninguna queja?

—No me puedo quejar de nada. Me voy sin secuelas. He sido bien tratado por el toro, por el público y por la prensa. Sin que eso suponga que me haya mimado ninguno de los tres...

—Su despedida en Las Ventas fue de película. ¿Habrá reencuentro para darle la confirmación a su vástago?

—Yo no vuelvo a Madrid ni aunque pongan mi nombre a la Cibeles. Guardo un recuerdo inolvidable. El año pasado estuve arropado por los triunfos y la regularidad, con lo que me fui sin traumas y sin echar nada de menos. Las cosas tienen un principio y un final: es una evidencia del destino.

—¿Algún consejo para el nuevo matador?

—A mí el torero me importa un pepino. Lo que me interesa es la felicidad de mi hijo como ser humano. Éste es un negocio que destroza criaturas. Mientras consolidan una personalidad e intentan llevar a cabo un sueño, éste se trunca en el 99,9 por ciento de los casos: por ellos, por el toro o por el sistema. Yo lo que quiero es que mi hijo no juegue con su felicidad, porque es irreparable. Es como la inocencia: cuando la dañas ya no tiene vuelta atrás. Eso es lo que me preocupa de Alejandro, que sepa gestionar los problemas que se le presenten. Este duro negocio compensa si estás en la élite, pero si no estás en ese glorioso pelotón, no tiene sentido.

—No parece Luis Francisco Esplá el típico padre palmero...

—Lo último que yo quería en esta vida es tener un hijo torero. En casa nunca hubo abono para que germinase esta historia. He sido el antihéroe, precisamente para que viesen a un padre como todos los demás, con sus defectos y sus virtudes. Pero algo debí hacer mal... Mi hijo me dijo que quería ser torero y no pude oponerme.

Pero no le ha llevado entre algodones y ha huido de lo mediático...

—Tiene aversión a esa historia. Estuvo dos años en la tapia, toreando las vacas de los demás y matando novilladas grandes y duras en los pueblos. Eso lo ennoblece.

—¿Se ve reflejado en Alejandro?

—Son distintas las motivaciones. Él viene a esto después de hacer muchas pruebas y encontrar al final esa pulsión interna. Alejandro prefiere el toreo de clase y yo buscaba el conocimiento del toro. Quería indagar en sus claves, compartir ese cosmos y animalidad y, con ello, poder concretar una cuestión estética. Él está mucho más cerca del arte intrínseco.

—¿Cree que su hijo llegará a figura?

—Lo más seguro es que no llegue, porque eso pertenece al capítulo del milagro.

—Suena duro el verbo de un genio y figura...

—Él me tiene que contradecir.

—¿Cómo se templa el peso del apellido Esplá?

—Es una especie de trampa. Te abre las puertas para luego convertirse en una celada. El apellido es un cebo encantador, pero querrán ver la edición corregida y aumentada de Esplá. Y él tiene un concepto distinto. Si consigue vencer el pulso al toro, nadie le podrá decir que ha tomado atajos. Ha seguido los pasos de cualquier chaval, lo cual le dignifica. Y el toro es justiciero.