Enrique Ponce, en una trincherilla, cortó una oreja y perdió un éxito mayor por la espada - EFE

Ponce viaja a la Alcarria

El diestro hizo realidad las palabras con las que Cela proclamaba su afición a la Tauromaquia: «El más sorprendente, misterioso e insólito espectáculo que hayan visto los siglos»

GUADALAJARA Actualizado:

A la provincia de Guadalajara viajó Camilo José Cela y escribió su magistral «Viaje a la Alcarria» en 1948, con poco más de treinta años: según Marañón, enlazaba así con el espíritu viajero del 98. En estas tierras alcarreñas encontró material para sus «apuntes carpetovetónicos», con su estética agridulce. Como escritor, le interesaba a Cela la Fiesta por su lenguaje; y, sobre todo, porque expresa de forma privilegiada la forma de ser del pueblo español.

Hay algo más, que no todos conocen: en sus notas biográficas, se presentaba como «periodista, poeta, torero, pintor». Sí, torero, también: actuó en festejos populares en Hoyos de Pinares, Las Navas y Cebreros. Y se cortó la coleta como torero, no como aficionado. Defendía siempre que todos —toreros, hombres— somos iguales, que hay que «mantener el tipo, templar y mandar. No perderle la cara al toro ni al miedo».

Templar y mandar sabe Enrique Ponce, que acude a Guadalajara desde el coliseo romano de Nimes, donde ha cortado un rabo: una de las «colas» que su hijita le pide, como contaba en ABC Ignacio Ruiz Quintano. Algunos se sorprenden de ese éxito. Lo sorprendente es que se sorprendan. Hay que saber lo que representa Enrique Ponce en la historia de la Tauromaquia.

Cuida Ponce con mimo al primero, sobrero de Santiago Domecq. Al tercer muletazo, ya está en el suelo. Lo templa con estética impecable pero la emoción es imposible con un marmolillo que se derrumba: hay que apuntillarlo. ¡Qué vergüenza de toro!

En el cuarto, otro sobrero de Santiago Domecq, se estira bien Ponce a la verónica, ganándole terreno. Lo brinda a Victoriano Valencia, que ha dejado la cama para ver a su yerno. En el mismo platillo, va dibujando muletazos sabios, suaves, estéticos, con la difícil facilidad de los privilegiados. Los naturales, arrastrando la muleta por la arena, son extraordinarios, igual que los circulares, lentísimos, los adornos... Faena completa, digna del brindis, de un maestro que disfruta y nos hace disfrutar, aunque pinche: oreja. Si mata a la primera, tenía las dos seguras, si no el rabo. No es fácil que haya toreado mejor en Nimes...

El Fandi recibe de rodillas al segundo, flojo pero de alegre embestida.Banderillea espectacular. Muletea con oficio a un toro que se queda corto. Pincha antes de atracarse de toro.

Galopa bien el colorado quinto y El Fandi entusiasma con las banderillas, en un gran tercio, pero el toro se ha dejado ahí todas sus fuerzas. Sufre el diestro un golpe y abrevia.

Recibe Fandiño muy quieto al tercero, que embiste rebrincado. Consigue someterlo en tandas vibrantes por la derecha, rápidas pero con emoción. Faena valerosa, de aguante. Entra a matar muy recto, sufre una aparatosa voltereta y se vuelca en un estoconazo, pero se eterniza con el descabello.

Muy decidido también con el último, encastado pero flojo, como todos. Logra muletazos con temple y valor por los dos lados. Esta vez mata bien: una oreja. Ha estado digno y justificado su inclusión en el cartel.

Recordando a Cervantes, proclamaba Cela su afición a la Tauromaquia: «El más sorprendente, misterioso e insólito espectáculo que hayan visto los siglos». Son palabras que vale la pena recordar en esta Alcarria por la que él viajó y que ha hecho hoy realidad, en Guadalajara, Enrique Ponce.