Juan Mora conquistó tres orejas y salió a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas. - BOTÁN

Otoño dorado de Juan Mora

ANDRÉS AMORÓS
MADRID Actualizado:

Al borde de los cincuenta años, Juan Mora cautiva al público madrileño con el aroma añejo de su estilo, corta tres orejas, pedidas unánimemente, y sale, feliz, por la Puerta Grande. Después de tanta grisura, ¡qué alegría disfrutar con la belleza del buen toreo!

Coinciden en el cartel tres diestros catalogados como artistas: una redundancia, porque todos los toreros lo son. Lo niegan algunos. Recuerdo de nuevo a Santo Tomás: «Arte es lo que, visto, agrada». El torero busca crear belleza, por supuesto. Pero, para eso, antes ha de dominar al toro, un animal peligrosísimo, cambiante. No basta con ponerse bonito: «O mandas tú, o manda el toro».

Desde su etapa de novillero, el hijo de Mirabeleño se ganó a la afición de Las Ventas por su estética relajada. Durante algún tiempo, se le acusó de torear «de espejo», demasiado pendiente de las posturas. Evolucionó luego a un toreo de dominio y valor. Hace más de quince años (¡quince años!, se dice pronto) abrió la Puerta Grande de Las Ventas. En este dorado otoño de la madurez, cuando muy poca gente confiaba en sus posibilidades, habiendo toreado poquísimo en los últimos tiempos, se muestra sereno, seguro, con el aroma de torería que tanto deleita a los buenos aficionados. Brinda el toro con un largo parlamento al compañero Barquerito y disfruta dibujando los muletazos, relajando la figura, desmayando la mano, acompañando con todo el cuerpo... Un detalle básico: como lleva la espada de verdad (creo que es ahora el único del escalafón que hace lo debido) aprovecha el momento para tumbarlo de una estocada y eso desencadena el entusiasmo: dos orejas clamorosas, sin discusiones. (Al comienzo, el banderillero Javier Palomeque había sido arrollado: sufre contusiones, pendientes de estudio).

El bonito cuarto, jabonero, sale muy suelto, hace sonar el estribo, flojea y se cierne un poco: los capotazos de Juan Mora no salen limpios. A la muleta embiste con suavidad, con las fuerzas justas, y Mora prodiga detalles airosos, pinceladas llenas de pinturería. El diestro está embalado y la gente, con él. Los naturales desmayados se enlazan, otra vez, gracias a llevar la espada de verdad, con otra estocada. Herido de muerte, el toro le da un pitonazo, aumentando la emoción. Recibe un puntazo en el muslo: otra oreja. ¡Qué felicidad! Decía un viejo poeta hispanojudío, don Sem Tob: «Cuando es seca la rosa... queda el agua olorosa, rosada, que más vale». El olor inolvidable de la belleza.

Viene Curro Díaz de cortar un rabo en Francia. Después del triunfo de Mora, con el público madrileño sonriente, da buenos capotazos y consigue una preciosa serie de derechazos pero el toro flaquea y la faena, bien rematada con la espada, no cuaja del todo.

Muy decidido está con el quinto, reservón, muy parado. Consigue algunos buenos muletazos cerca de tablas, exponiendo mucho. Sólo la colocación suscita ya aplausos. Remata con naturales de frente, uno a uno, con mérito: el arte no está reñido con el valor. Una gran estocada pone en sus manos la merecida oreja.

Brinda Morenito de Aranda el sobrero colorado de Martín Lorca a su peón Luis Miguel Campano. Muestra su estilo con muletazos de buena clase pero el toro tardea, se para, no le permite ligar y la faena queda a mitad de camino. Un trasteo hecho a base de gritar «je» no puede emocionar .

En el último, consigue buenas verónicas y media, con el compás muy abierto; luego, naturales de muy buen trazo, largos, barriendo la arena, «hasta allá lejos»... Aunque la espada cae baja, corta una oreja.

En este suave otoño, un diestro veterano logra la emoción de su vida. «La madurez lo es todo», definió Shakespeare. Hemos disfrutado con el arte de la Tauromaquia. No importa ya que venga el invierno: el arte —lo dijo Valle-Inclán— nos abriga y nos consuela porque la belleza es la eterna primavera.