Curro Díaz - AFP

Indulto y libertad en Barcelona

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El indulto de un toro, que consigue salvar la vida por su bravura, es uno de los espectáculos más hermosos que pueden contemplarse en una Plaza. Hoy lo hemos disfrutado en el tercero, «Rayito», nº 93, de la ganadería de Valdefresno, lidiado por el joven albaceteño Miguel Tendero: un «Rayito» que «no cesaba» de embestir... Y, en ese instante excepcional, se ha vuelto a escuchar la palabra mágica: «¡Libertad!» ¡Vaya momento!

Habíamos acudido a la Plaza de Barcelona para asistir a la primera corrida después de la prohibición. Parecía que no íbamos a una Fiesta sino a un funeral. Poco nos han consolado alguna pancarta, la lectura de un manifiesto en catalán y castellano, los gritos... hasta que salió el tercer toro. Un toro bravo: la verdad y la hermosura de la Fiesta.

Miguel Tendero brindó el sexto toro de la tarde al diestro catalán Serafín Marín, presente en los tendidos de la Monumental

Como Barcelona ha sido tan buena Plaza, aquí han tomado la alternativa muchos toreros, en la historia; por ejemplo, Ignacio Sánchez Mejías. Hoy la toma simbólicamente, a mi lado, otro Ignacio sevillano, de apellido Camacho, que capta en seguida las implicaciones sociales y políticas que esta corrida tiene. También, por supuesto, lo que significa este indulto.

La corrida de Valdefresno ha sido noble, suave, floja. Padilla banderillea fácil a su primero, mansurrón. Con la muleta, tiene que provocarle la embestida con la voz. No matan bien.

El cuarto es el más flojo, justamente protestado, que se derrumba después del primer par. Ha de cuidarlo, sin castigarlo. Tampoco mata bien.

Curro Díaz ha toreado muy bien y ha matado mal. En su primero, un poco rebrincado, da pinceladas estéticas, muy compuesto. Pierde el trofeo por el descabello.

Cuida al quinto y torea con la muleta con mucho gusto, con sabor, con armonía, con naturalidad, acompañando con la cintura: sus armas habituales. El toro se apaga pronto y la espada vuelve a fallar.

Y vamos ya con «Rayito». Lo recibe Tendero con delantales y chicuelinas. No da buen juego en varas. En la muleta, en cambio, se crece: va muy largo, con extraordinaria nobleza. El joven diestro lo liga bien por ambas manos, con ritmo y calidad. Comienzan a escucharse voces reclamando que no lo mate. Tendero mira al Presidente y sigue toreando bien. El toro no se cansa de embestir: es casi una segunda faena. La petición de indulto crece. Al final, accede el Presidente.

¿Ha reunido todas las coindiciones exigibles en puridad para que un toro sea indultado? Es muy discutible: sí lo merece por la nobleza, la calidad y el ritmo de las embestidas; no, por la suerte de varas y la deseable pujanza. Pero las circunstancias también cuentan y la emoción se vive en ese momento, en la Plaza. Alguien que se está ahogando, ¿le hará remilgos al color del salvavidas?

Otro momento emotivo se vive en el sexto, cuando lo brinda a Serafín Marín, en el tendido, y vuelven los gritos. Es otro toro bueno y Tendero consigue muy buenos naturales, tirando del toro, a cámara lenta. Disfruta toreando todavía mejor que en el anterior pero tarda en matar.

Cuando Martínez de la Rosa estrena «La conjuración de Venecia», la obra inicial del drama romántico español, cuenta Larra en su crítica que una frase fue coreada con entusiasmo: «¡Venecia y libertad!».Hoy hemos escuchado dos gritos emocionantes: «¡Indulto!» y «¡Libertad!» Con el indulto a un toro bravo, parece que la libertad catalana, tan necesitada de ello, hubiera ganado una batalla. Y la Barcelona taurina ha dejado de parecer un funeral para volver a ser una Fiesta.