Un manso encastado
Rubén Pinar cortó una oreja al tercer toro - PALOMA AGUILAR

Un manso encastado

MADRID Actualizado:

Creen algunos espectadores que con un toro manso no se puede hacer nada: se equivocan. Todos preferimos un toro bravo a uno manso, por supuesto, pero lo esencial es otra cosa: la casta; es decir, lo que tantas tardes echamos de menos... Un toro manso encastado, que se crece, que va a más, puede ofrecer un juego bien interesante. La condición es que el diestro sepa darle la lidia adecuada. Eso es lo que hoy hemos visto en el tercero, que propicia la faena de mayor interés de la tarde, al que Rubén Pinar le corta una oreja.

La corrida comienza regular. Después de tantas tardes, se advierte en el público cierto cansancio y el cartel no es de relumbrón. La presentación de los toros de Javier Pérez Tabernero, encaste Atanasio, suscita recelos en los exigentes: zancudos, con pitones, parecen escurridos de carnes aunque tengan kilos. Los dos primeros, además, flaquean y son demasiado sosos.

El primero es mansote, suavón. Ferrera banderillea irregular, brilla sólo en el tercero, por dentro. En la muleta, el toro va con la cara a media altura; si le baja la mano, se cae. No cabe lucimiento. El cuarto tiene una bonita capa, es carbonero, justo de fuerzas y pegajoso: le dan muchos capotazos antes de pararlo. Ferrera sí consigue esta vez pares de banderillas espectaculares, marca de la casa: el quiebro de espaldas, en el centro del ruedo, y el doble quiebro en tablas. Muletea Antonio acelerado, movido. Va el toro a chiqueros: allí concluye el trasteo, sólo voluntarioso.

El segundo toro huye a toriles, flaquea, pero se deja. Sergio Aguilar hace la estatua, con su habitual verticalidad. Consigue naturales estimables, con su estilo clásico, seco. La gente aprueba pero no se entusiasma, después de muchos muletazos. Al final, liga bien los pases, en tablas. Remata con una gran estocada, en corto y por derecho, como debe ser. En el quinto, huido, compiten en quites Pinar, por delantales, y Aguilar, por chicuelinas. Brinda Sergio al público, se muestra muy confiado. Le baja enseguida la mano, en derechazos de buen corte; por la izquierda, el toro se para, le da un susto, se viene abajo pronto. Aguilar está digno y valiente pero no redondea faena. El toro tarda luego en igualar: esta vez mata peor.

La emoción surge cuando sale el tercero, muy manso: se frena, se cuela, con peligro. Pero tiene poder: derriba espectacularmente al caballo y sale huyendo. Rubén Pinar, sin dudarle, lo engancha por naturales largos, templados, con mando. El toro ha ido a más y mete bien la cabeza. La faena tiene mérito y el calor que antes faltaba. Rubén no es diestro exquisito pero muestra un oficio bien aprendido. Se adorna, mirando al tendido, y mata con decisión: oreja pedida unánimemente. El sobrero de Valdefresno se mueve, galopa en banderillas. Pinar lo recibe por alto, alterna series por los dos lados pero no se acopla del todo. El toro se cae un par de veces y se para. No ha podido redondear el éxito pero ha lucido disposición y temple.

Preferimos un manso encastado a un toro suavón, demasiado bonancible. Recuerdo lo que pedía Ramón Sender: «Vida, chispa, energía, fibra...» Y no hablaba de toros. A todo eso se ha llamado siempre casta.