«Dolía el alma oírle clamar por sus hijos»

Tras la terrible cornada, en la enfermería de la plaza se vivieron momentos de intensa emoción, de miedo también. Nadie pensaba que había futuro

ZARAGOZA Actualizado:

Cuando Juan José Padilla se levantó del suelo con la cara destrozada, cuando unos instantes deambuló solo por el ruedo con las manos intentando frenar lo que parecía irremediable, una sacudida escalofriante invadió el coso de la Misericordia. En unos segundos el torero ya estaba en brazos de miembros de su cuadrilla, que lo llevaron a toda prisa hasta la enfermería. Allí ya le esperaba el equipo médico. Tras el tétrico cortejo, el hombre de confianza de Padilla, Diego Robles, intentaba tranquilizarlo. «Es como es, muy nervioso, y todo eran manotazos, todo era querer llevarse las manos a la cabeza», explica Robles, un hombre que ha vivido trances dramáticos junto a otros toreros a los que ha acompañado. «Nunca como este vi blancos a los doctores, allí no había tiempo para nada, y menos mal el acierto en tapar la herida, sedarlo y la ambulancia urgente al hospital».

«Yo le decía: tranquilo, ya está, y él se ahogaba, le faltaba el aire», recordaba el experimentado apoderado. En un rincón de la estancia, el empresario de la plaza, Ignacio Zorita, que había llegado a toda prisa acompañando al diestro, no se atrevía a mirar siquiera de reojo al torero. «Dolía el alma oírle clamar por sus hijos», dice con la voz entrecortada. «Dios ya me ha dado bastante», le oyó musitar, y lo repetía, «como en una despedida. Solo pensarlo me produce escalofríos».

El ambiente estaba tremendamente cargado, con el tabú para todos de un desenlace fatal sobrevolando en la enfermería, y sin que nadie hiciera ni referencia a la terrible herida que le había sacado el globo ocular de su órbita.

No había tiempo para las dudas, en las instalaciones médicas del coso zaragozano no se podían afrontar unos destrozos tan espeluznantes, y de ahí la decisión urgente de trasladarlo al hospital de referencia de la Comunidad. «Fueron unos instantes difíciles de olvidar», señalaba el apoderado mientras esperaba noticias del quirófano junto al resto de la cuadrilla, ya en el Hospital Miguel Servet. Unas horas interminables. A eso de la una de la madrugada llegó una esperanza: «Todo va bien, pero hay para mucho». Tres horas más faltaban para que Padilla abandonara la mesa de operaciones. Casi al tiempo de que su esposa, Lidia, sus padres y su hermano Jaime llegaran después de atravesar España.