Y Manzanares citó a las musas al anochecer
FABIÁN SIMÓN José María Manzanares, en un rotundo derechazo, cuajó una faena grande y hermosa

Y Manzanares citó a las musas al anochecer

ZABALA DE LA SERNA | ZARAGOZA
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La anochecida se filtraba por entre las telas de la cubierta de Zaragoza. Y a esa hora en que el sol se ha escondido, tibio y temeroso de otoño, José María Manzanares citó a las musas del temple, ¡bendita ilusión! Llegó a mi corazón el palpitar de la mano amiga del toreo, y vibré sintiendo su roce. Qué faena más grande y hermosa, qué despacio pasaban los segundos eternos. Manzanares se mecía con el empaque que acuna las embestidas. Reposado, torero, sin violencias ni crispaciones, natural sin imposturas que no le hacen falta, ¡bendita ilusión! Toreaba la panza de la muleta, los muslos ceñidos, la cintura, el cuerpo entero. Y la clase se aunaba con la calidad del toro de Salvador Domecq, el único, o el mejor, de un sexteto de remiendos, retales, de Valdefresno y del propio Domecq, que había sustituido a una corrida de Garcigrande. Grande Manzanares. Crecido en una trinchera de ensueño, en todos los adornos, en un cambio de mano, en aquel de pecho, en este molinete, en un ayudado a dos manos que barrió el lomo completo hasta el rabo con un codilleo de acojonante belleza. Así ni se ha visto torear en esta feria ni se verá. Y cuento con los dedos de una mano las veces que ha sucedido un suceso así en la presente temporada, una congregación de musas que trepasen como la hiedra por los tendidos. Ni en Sevilla en sus tardes que lo izaron como triunfador de abril. Si esto acontece en la Maestranza, se asoma la Giralda y se desborda el Guadalquivir. Pero había un presidente maño que se acordaría de Nicanor Villalta, y se comió la puerta grande. Con su pan se le atragante. Rápido sí que anduvo para asomar el aviso cuando la espada se hundía en media estocada, en ese preciso momento. Hace 25 años mi padre escribió del tuyo cuando cortó una oreja, Josemari: «Yo no le hubiera dado ninguna. De alguna manera había que diferenciar los pasos cotidianos de una auténtica obra de arte». Ya puestos... Que se igualase en trofeos la faena de Manzanares con la del Fandi ofende la sensibilidad, si usted, usía, la conociese, en algún caso.

El Fandi homenajeó a Luis Aguilé a su manera: «Es una lata, el trabajar...» Si cobrase en una ecuación de kilómetros recorridos multiplicados por pases pegados, cotizaría como el oro en tiempos de recesión. Al quinto, también de Domecq, lo banderilleó con tal alarde de facultades que lo acabó parando con el índice: «¡Quieto ahí!» El toro luego pasó por fases rebrincaditas, sometidas por la derecha, rajadas al final. Cuando veo a El Fandi siempre estoy por llamar a mi director de ABC y decirle lo que los diputados expulsados del PP a Esperanza Aguirre: «Renuncio a todo menos al sueldo». Se llevó una trabajada oreja y casi la segunda. Había estado ya abundante con un toro de movilidad mansa, ligero de carnes, escarbador y sin humillar. Como luego hizo, clavó en lo negro.

El Juli se estrelló con un sobrero gordo de Salvador Domecq y con otro sin cara del mismo hierro, ausentes de casta y poder. Una mierda, por resumir.

Manzanares tapó mucho al tercero de Fraile Mazas, para destaparse en el sexto y citarse con las musas al anochecer.