Trabajada y premiada faena de Bautista

Trabajada y premiada faena de Bautista

ZABALA DE LA SERNA | BAYONA
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El momento más emocionante de toda la jornada se concentró, y se resumió, en la mañana, en la entrega del reconvertido premio Biarritz de San Isidro, desde hoy bautizado con el nombre del inolvidable Paul Barrière. El alcalde de Bayona, Jean Grenet, se lo entregó a un somnoliento Sebastián Castella, que recordó a Barrière con la generosidad que merecía el hombre que impulsó durante 49 años las relaciones entre Francia y España a través de los lazos de la pasión por el toreo. Castella marchó tan contento con su makila sin sospecharse la mansada de Valdefresno que le esperaba por la tarde para amargarle el día con el peor lote, para colmo. De todas formas esa sensación somnolienta matinal no se le pasó al francés con las horas, y estuvo muchísimo tiempo delante del último y rajado manso, que encima tiraba su guasa. Por minutos y pases donde y como fuesen no quedó. No arregló lo sucedido con un tercero que buscó la querencia de tablas enseguida, tras la única serie completa y compacta con la derecha. Desde entonces fue todo un continuo empeño del diestro en sacárselo a los medios, y del toro por refugiarse en la madera. Hasta que se metió allí con él a últimas. Lo pinchó en una falsa suerte contraria, con la querencia en la culata.

El otro francés del cartel, Juan Bautista, tuvo la suerte más de frente y también estuvo más despierto. El segundo de la seria valdefresnada, reservón de entrada, fue al menos agradecido. Bautista se trabajó una faena, como dicen en lenguaje futbolero de un partido, trabajada. Se la dejó en la cara y le provocó siempre hacia delante, hasta hacerlo romper a más sobre las dos manos. Lo empapó mucho de muleta. Serio el afán y firme la planta para fijar su desparramada vista de principio. Una fácil estocada le entregó la oreja que premiaba en justicia el conjunto. El quinto ya no respondió igual. Juan Bautista, de rodillas, lanceó a la verónica. Con gusto en pie siguió el saludo, en una miscelánea que intercaló también chicuelinas de mano baja. Imposible se tornó el lucimiento en el tercio de muerte. Ni la fea apertura de chaleco de Bautista para demostrar las ganas, y que su faja es de las modernas elásticas que no se ven por delante, sirvió para nada.

El otro toro que puntuó, aun rajado finalmente, cayó en manos de Enrique Ponce: el voluminoso cuarto se dejó con franqueza por el derecho. Ponce, aplomado y sereno, lo manejó a su altura. Incluso entre las rayas lo cosió en redondos interminables sin solución de continuidad, cuando el toro ya pedía árnica. Se mascaba la oreja. Pero al maestro de Chiva la puntería se le fue a los sótanos en un horrible metisaca. Perdón por la osadía: una figura del toreo no puede dar nunca una vuelta al ruedo con esa puñalada en los costillares. Fue el equivalente al Juli anteayer saludando en el tercio con ocho pinchazos. Durante el glorioso paseo, asomó una pancarta: «No a Las Vegas». Allí desde luego problemas con la espada no habrá...

Ponce lo había intentado en vano con el descarado toro que arrollaba en fuga y que estrenó plaza dos horas y media antes de acabar el «espectáculo». Petardo de Valdefresno.