Los toros también se desilusionan

ZABALA DE LA SERNASEVILLA. A vista de pájaro, la Maestranza era a las nueve de la noche el bostezo deformado de una boca somnolienta y amarilla. Halitosis de mansedumbre y bravura podrida

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ZABALA DE LA SERNA

SEVILLA. A vista de pájaro, la Maestranza era a las nueve de la noche el bostezo deformado de una boca somnolienta y amarilla. Halitosis de mansedumbre y bravura podrida. «¿Valdefresno dijo usted o cartel de balde y saldo?» El personal amagaba con huir en el sexto, pero la guardia privada de la plaza lo sentaba de un gesto castrense para cumplir el Reglamento. «¡Que no se mueva nadie!». Pero los caballos de picar ahora le buscan a los mansos la querencia al revés, en el sentido de las agujas del reloj, y los alguaciles enmudecen. Y los toreros se quedan a la derecha de los jacos, y cada día la lidia se sumerge en la teoría del caos. A la cuadrilla de Matías Tejela, si hubiera una ley contra la falta de profesionalidad, habría que quitarle el carné. «Traigan acá sus permisos». Por maniobras menos violentas, la Guardia Civil de Tráfico pone multas y resta puntos. «La Codorniz» inventó una cárcel de papel; hágase aquí otro calabozo imaginario. «¡Luis Miguel Villalpando y Domingo Valencia!, al trullo de ABC». El sobrero cinqueño del Conde de la Maza veía venir a esos hombres derrotados y se hacía el rey. A los cinco años, y con sentido, cada pasada en falso y cada capotazo es una perversión. El presidente se apiadó y cambió el tercio. El toro era un toro, el padre de los cuatro primeros de «Valdefresco» -¿cómo se pueden aprobar semejantes birrias?-, y no fue fácil, pero tampoco malo. Había que ponerse en serio y de verdad, pues reponía con aspereza. Pero por el izquierdo la tomaba con largura. Tejela está para los perros. No pisa ni una vez terrenos de compromiso y todo su afán es pasarse los toros lejos. El manso quinto, también con presencia, se rajó y huía del capote de Villalpando: ¡como para no huir! Con matador y toro a la defensiva, empate a cero. ¿Y las faenas de aliño? A mejor vida pasaron.

El Capea tiró de oficio para andarle a un tercero sin cuello ni seriedad. No lo molestó y le mantuvo la ilusión, porque los toros también se desilusionan. Pedro Gutiérrez carece de estética, pero no del sentido del temple, y en tres series sobre la derecha corrió la mano, templando toro y temperatura ambiente. No duró el toro más y Capea, facilísimo con la espada, cubrió el expediente con una ovación. Otra estocada despachó al mansísimo sexto, pero esta vez el expediente fue X: de extraterrestre esa media verónica de rodillas.

Antonio Barrera sacudió tralla con el capote al flojo e impresentable primero, que pegó dos volatines en sus manos de fractura vertebral. Lo protestaron a conciencia y con razón: un petardo de toro.

Para no irse de vacío, Barrera apostó por una larga cambiada de rodillas muy cerrado en el tercio, de suicida: el toro se le frenó y se le fue al cuerpo. Él mismo se hizo el quite, mientras Tejela aparecía por allí sin capote en las manos. Las dobladas de principio de faena fueron lo mejor de un planteamiento enfibrado pero demasiado a la pala del pitón, demasiada muleta por fuera, demasiado todo. Ganas y voluntad para saludar, pero los toros, como los aficionados, también se desilusionan cuando se les trata mal. Lo cual no quita para que sea injusto que el matadero de Pepe Luis siga cerrado en esta aciaga semana para la bravura.