El presidente Gonzalo Villa, con los dos pañuelos blancos de la polémica
El presidente Gonzalo Villa, con los dos pañuelos blancos de la polémica - Paloma Aguilar

El «VAR» del tendido: la polémica de las dos orejas en San Isidro

«¡Fuera del palco, fuera del palco!», gritaban al presidente tras conceder el premio de la Puerta Grande a Perera

MadridActualizado:

Una ovación trepó por los tendidos cuando Don Juan Carlos apareció por la bocana del «2». Conversaba con Michavila, con el nieto de Pepe Luis y tantos aficionados que le agradecían su apoyo a la Fiesta. Algunos buscaban un selfie antes de que el Rey de los toros se situara en la meseta de toriles, acompañado por la Infanta Elena y Victoria Federica, heredera de la afición. A su derecha, su fiel amigo Manolo Piñera, que le había dado la bienvenida junto a los empresarios Simón Casas y Rafael García Garrido.

Don Juan Carlos, con la Infanta Elena y Victoria Federica, recibe el brindis de Perera
Don Juan Carlos, con la Infanta Elena y Victoria Federica, recibe el brindis de Perera - Paloma Aguilar

Para Don Juan Carlos fue el brindis de la tarde. Hubo que esperar al tercer toro, por cierto, pues Finito de Córdoba no lo estimaría apropiado y Diego Urdiales lo hizo en el quinto. Un despiste: «No le había visto», dijo al Rey. De la sencillez de las cosas a qué cosas... Por cuestiones así algunos se llevaron otrora una monumental reprimenda. De cualquier modo, mereció la espera protocalaria: Miguel Ángel Perera, un «hombre de Estado» en la Fiesta, brindó una faena de Puerta Grande: «Majestad, va por usted, por la Casa Real y por España». Y Madrid se puso en pie, en medio de una sonora tanda de «¡vivas!» Mucho de España se habló, entre gentes del toro y políticos, como Adolfo Suárez, José Luis Martínez-Almeida o Rocío Monasterio, cuyo partido regaló abanicos con la rojigualda. Falta hicieron en tarde de mucho calor y no poco color, con mantones y claveles.

Como los que arrojaron a Perera. Fue la obra más emocionante, con un toro de Fuente Ymbro que se movió con su casta brava y al que la figura extremeña concedió generosas distancias, esas distancias a lo Rincón que tanto gustan en la capital. El eterno César del toreo asentía desde su puesto de comentarista. Otra época, muchos recuerdos... Con un ojo despierto y otro soñando, Perera citaba desde la lejanía, con lo que impresiona dejarse llegar un tren de mercancías de 549 kilos en este ruedo. «Pijotero» se llamaba el fuenteymbro de Ricardo Gallardo, que explicó que traía una corrida seria y abierta de sementales. Hubo de todo, y ese tercero fue el mejor dentro de un desigual conjunto con bastante fleco manso y que poco tuvo que ver con glorias recientes. «¡Qué pedazo toro! Lo único malo es que escarba, pero tienes un torazo delante de ti», gritó un espectador en el bajo del «2» mientras el pacense lo consentía y lucía hasta imponer su gobierno con la muleta barriendo la arena por el pitón derecho. Por el izquierdo molestaba más el viento y no era lo mismo. «Tampoco es para tanto el toro», se escuchó. Acortó entonces con aplomo con la mano de la cuchara. Y surgió la división de los tendidos: «¡No queremos norias!», se desgañitaba uno; «pues a mí me transmite, es un figurón», replicaba otro.

No faltó el «VAR», que hizo una «inspección» en la hora final: tras largo rato para cuadrarlo, se tiró a matar. La estocada no fue perfecta: «Está muy trasera y desprendida», comentaban dos abonados mientras Las Ventas se vestía de anuncio de detergente. Blanco absoluto en la petición de la primera oreja y fuerte la segunda, que es decisión presidencial. Y el palco dijo «sí», donde otras tardes dirá «no». La polémica estaba servida: ¡Fuera del palco, fuera del palco!», entonaban a coro en el «7» y en algunos tendidos más. Las miradas apuntaban a Gonzalo Villa: «¡Un poco de seriedad! Que es la primera plaza del mundo». Y no les faltaba razón, pues dentro de lo aplastante de Perera el galardón que abría la Puerta Grande se antojaba desorbitado. «Hay gente que se lo toma tan a pecho que parece que le están arrancando la suya», balbuceó un señor que sí la había solicitado. Lo cierto es que la segunda fue muy generosa. Eso sí, nadie le quita su salida a hombros. Otra más: media docena. «No te pido que lo supere tu torero, iguálamelo», le soltó un partidario pererista a uno que quería lanzar un almohadillazo al usía.

Por cierto, Carmena ni estaba ni se la esperaba. Al Ayuntamiento de Madrid siguen sin importarle los miles de ciudadanos que votan «sí» a los toros: ayer, 23.624 exactamente.