«Soñaba con ser uno de los grandes, pero no pensé que llegaría así»

ROSARIO PÉREZ | MADRID
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Se preguntaba Gerardo Diego en «Enigma y Profecía» si en el año 2000 pasaría el toro como un bólido o tan lento como un caracol. Y aventuraba más en sus versos: «¿Habrá 58 Bienvenidas,/ 36 Dominguines, más de ciento/ Pepe Luis, Luis Miguel y Miguel Ángel...?» El poeta de la Generación del 27 hubiese versificado las glorias de Perera (Puebla del Prior, 1983), el Miguel Ángel del siglo XXI.

El torero de la Extremadura noble y bizarra ha conquistado el I premio ABC-Vicente Zabala. «Es un honor que me galardonen con este trofeo. Siento muchísima satisfacción por tener el reconocimiento de personalidades de tanta categoría», asegura a este diario al recibir la buena nueva. Feliz y emocionado, se muestra orgulloso de enaltecer los valores de la Fiesta: «Siempre quedará en la memoria que fui el primero en ganar este premio. Y eso no me lo va a quitar nadie». Su vida era un sueño calderoniano, maciza realidad ya con los éxitos cosechados en Francia y España: «Soñaba con ser uno de los grandes, pero no pensé que llegaría así. Un torero aspira a cosas materiales, porque no está aquí de balde, pero siempre he mantenido que lo más bonito es sentir el reconocimiento. Eso no se paga con nada», confiesa desde la habitación 507 de la clínica madrileña Virgen del Mar, donde se recupera de la cuarta operación por la grave cornada sufrida el pasado 3 octubre en su encerrona en Las Ventas.

«Se lo dedico a los heridos»

Ha escrito una obra de 90 episodios, 90 paseíllos triunfales, algunos regados con sangre. El maestro Vicente Zabala, a cuya memoria rinde tributo este galardón, obtuvo el Luca de Tena pidiendo respeto para la sangre de los toreros. Perera lo admira: «Los toreros derramamos sangre de verdad. El toreo es autenticidad, único e irrepetible. Hay que pisar los terrenos donde existe el peligro y está en riesgo la vida». Y se quita el sombrero ante sus compañeros: «Me gustaría dedicar el premio ABC-Vicente Zabala a la hombría y gallardía de aquéllos que han caído heridos y han engrandecido la Fiesta. También, a los aficionados y seguidores que me brindan su apoyo y, por supuesto, a Fernando Cepeda, pilar básico en mi carrera».

Además del valor heroico, Miguel Ángel Perera ensalza el arte del bien torear. «La tauromaquia inspira a artistas y creadores con sensibilidad. Todas las bellas artes se aúnan en ella». El toreo es una forma de vida, un ejercicio físico y espiritual, «con el que damos rienda suelta a nuestras emociones».

La emoción ha trepado un sinfín de tardes por los tendidos con el espada de la Puebla de Prior, que, como escribió en una excelente crónica Zabala de la Serna, ha secado los adjetivos: «La regularidad ha sido la seña de identidad de este año». ¿Qué faena guarda en el corazón? «Afortunadamente, hay muchas: la de Madrid del 6 de junio por lo que marcó, la del ventorrillo de Logroño y la del toro de Valdefresno al ser un reflejo del conjunto; artísticamente, la de Valladolid se encuentra entre las más redondas».

Pletórico por este reconocimiento y confiado en recibir mañana el alta, recuerda a aquel niño que jugaba a los toros en su localidad natal. En 1999 cambió libros por capotes para ingresar en la Escuela de Badajoz y en 2004 tomó la alternativa. Atrás quedó su idea de estudiar Dirección y Administración de Empresas. Las faenas que amasaba en Tierra de Barros con un paño de cocina se han elevado con una muleta escarlata y pura. Miguel Ángel Perera ha parado, templado y mandado en una temporada coronada con el «Cavia de los toros». «He estado al pie del cañón en las plazas de primera, de segunda y de tercera, y la lucha ha merecido la pena. Ni me quejo ni me cambio por nada ni nadie».