Sin pólvora ni estrategas no se hace la guerra

La batalla del Dos de Mayo se perdió en Madrid en la Corrida Goyesca del Bicentenario glorioso. Los toros de Valdefresno vinieron a reventarlo sin pólvora, con la bravura mojada, con una mansedumbre

ZABALA DE LA SERNA. MADRID.
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La batalla del Dos de Mayo se perdió en Madrid en la Corrida Goyesca del Bicentenario glorioso. Los toros de Valdefresno vinieron a reventarlo sin pólvora, con la bravura mojada, con una mansedumbre embrutecida, sin ritmo ni clase, y un comportamiento desaborido coronado por unas temibles cabezas que en tres meses de temporada no han aparecido por ninguna parte. Sólo el que abrió la corrida se prestó para el toreo, sólo uno de siete -incluido el sobrero de Alcurrucén- pudo ser de triunfo, y al final no fue.

Los toreros se estrellaron en diferentes grados. A Uceda Leal, El Cid y Castella les iguala únicamente el balance último y las pésimas estrategias lidiadoras; en corridas así no cabe exigir la faena por derecho ni el toreo soñado. Pero sí variedad de recursos y conocimiento de terrenos; andarle a los toros simplemente de otra manera a la arquetípica.

Uceda lo tuvo en su mano. Lustroso, serio y descarado el toro, metió bien la cara en los capotes y se quedó su tiempo bajo el peto. El Cid se lo enseñó, por si no lo había visto, en un quite a la verónica entero por el pitón derecho. A media altura, sin molestarlo, fue la apertura a los medios, de donde el toro quería irse cada dos muletazos, cuando Leal le vaciaba el viaje hacia toriles. Pero lo cosió en la siguiente tanda de derechazos, con la figura muy relajada y la muleta puesta y presta siempre en la cara; en la siguiente tanda el toro planeaba en interminables redondos. Todo había ido basculando hacia tablas. El pase de las flores se ligó a uno de pecho. Buen nivel, y cuando le ofreció la izquierda, Uceda se despatarró y se rompió -¿por qué no se rompió así con la derecha?- en dos sensacionales naturales, y esbozó algunos detalles de torería. Un matador de su depurado estilo y su seguridad no podía fallar. Pero falló. Ejecutó el volapié dándole la salida con los toriles en la grupa y pinchó; cuando lo vació, en el siguiente encuentro, hacia chiqueros, el toro se llevó media estocada puesta y la muerte a cuestas. Se enfrió la gente, que estuvo templada en el ole más que caliente de veras.

De ahí en adelante, la mansada de Valdefresno taponó la bocana de los cañones. El cuarto, un galán monumental, se bregó de puñetera pena. Un montón de capotazos y no pocos enganchones: tenía el toro un buen principio de acometida y un descompuesto final, en plan brinco. Uceda estuvo como con la mente puesta en la anterior faena.

El Cid apechó con el peor lote. El segundo de la tarde saltó al callejón, por los tendidos de sol, con una limpieza digna de concurso hípico. Cuando volvió a la arena, sembró el desconcierto con su suelto trote, sin fijeza ni capote que lo fijara. La eficaz cuadrilla de Cid no anduvo fina. Claro, que el toro no fue fácil; del trote pasó a un incierto gazapeo, y en mitad del gazapeo tiraba un duro tornillazo. El personal no se enteró mucho del peligro sordo del toro. De nuevo El Cid planteó la típica faena de izquierda, derecha, izquierda, o viceversa con el feo quinto, que se defendía en buey, lastrado, para más inri, de los cuartos traseros.

El recurso o la estrategia de Sebastián Castella es el arrimón a puro huevo, que fue lo que hizo con el bruto sexto, un tío pavoroso. Castella lidió mal -los caballos hay que moverlos de terrenos cuando el toro no quiere peto- y se la jugó a cuerpo limpio, que era el cuerpo lo poco que salía limpio de aquel ataque a la desesperada. Conectó, se justificó sobradamente y se tiró a matar o morir. Duro trance. El mansón sobrero de Alcurrucén careció de tranco, continuidad y capacidad para humillar, y aquello fue de tono insustancial.

La más cerrada ovación de la tarde la arrancó Curro Molina con los palos. Clavó con poder y pureza en lo alto de ese AVE que era el último toro; el segundo par puso la plaza en pie, que sintió, como él, los puñales en el pecho.