Siete Puertas Grandes, siete

ANTONIO ASTORGAMADRID. Delirium tremens en el Palace y en las Ventas, principio y continuación de la epopeya tomista de ayer. El público, con el corazón en un puño, brama de miedo al ver a su ídolo

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ANTONIO ASTORGA

MADRID. Delirium tremens en el Palace y en las Ventas, principio y continuación de la epopeya tomista de ayer. El público, con el corazón en un puño, brama de miedo al ver a su ídolo caído, herido, enganchado, rehecho, corneado, vuelto a cornear, resurgido de las cenizas de la arena, y operado en la enfermería de las Ventas de tres cornadas. «El miedo no lo paga ningún salario», comenta un tomista de pro. José Tomás, bañado en sangre, dedica su primer triunfo a la afición, y visita por su propio pie la enfermería a las ocho de la tarde. Allí permanece un cuarto de hora. Es asistido de un puntazo en su mano izquierda y de una herida en la cara. El «Godot» de Galapagar regresa a la arena, y una hora después retorna a la enfermería enhiesto, con las orejas en las manos, para ser operado. Las heridas luminosas clavadas en su cuerpo como carnívoros cuchillos no cambiarán su gesto. Al gentío se le saltan las lágrimas. No puede con tanta tensión. Piero, un italiano que llegó para ver a JT desde Roma, lo define: «¡Questo gladiador es un extraterrestre!». Mientras JT es operado el pueblo rodea la plaza con silencio expectante.

A las seis y diez de la tarde salía el torero del Palace camino de las Ventas. El monovolumen azul marino le espera en la puerta principal. Un puñado de ciudadanos hindúes se confunde con marabunta de españoles que le asaetean a fotografías, le abrazan, le piden autógrafos y le besan. José Tomás pasa delante de nosotros con el rostro abstraído, pero amable. La abstracción de Santo Tomás provenía de «abs-trahere», que significa sacar, separar, extraer. José Tomás firmaba autógrafos pero ese fetichismo no estaba en su mente. Sacaba, separaba, extraía su pensamiento y miraba al infinito. Hombres y mujeres se enganchan al torero y, queriendo repetir la apoteosis del 5-J, casi le desnudan antes de llegar al coso. Se abrazan a su chaqueta corta, luego a sus alamers y bordados en oro, plata y seda, se descuelgan de las hombreras. quieren tocar, besar, aplaudir, animar, darle suerte al «¡torero!, ¡torero!, ¡torero!», grito con el que se desgañitan, pero su cohorte de protectores guarda en seda al diestro de tabaco y oro, con el calzón muy ajustado y sujeto con tirantes hasta las rodillas. Los aficionados, hambrientos de deidad, rodean las borlas con las que se ajusta la taleguilla Tomás, y sus hombreras. Casi le tiran del corbatín, una cinta muy fina que se anuda como corbata, generalmente del color del fajín que va ceñido en la taleguilla, y porque «no nos dejan que si no casi le cortamos la coleta».

Mientras camina por los pasillos del Palace en dirección al coche José Tomás piensa, abstraído, en las puertas de la gloria, de la leyenda, del cielo. Al pie de la escalera le aguarda su cuadrilla, encabezada por Miguel Cubero, hermano de Yiyo. La escolta pretoriana traslada a su general al coche, que se sienta en el centro, entre el piloto y el copiloto. Con la Castellana cortada la mejor ruta es bajar hacia Atocha, girar por Alfonso XII y subir por la calle Alcalá camino de la Séptima Copa en las Ventas. Allí llega a las 18:40. La multitud brama, quiere que el coche le deje a bastantes metros de la puerta de cuadrillas para poder tocarle y besarle, pero entra protegido por escolta policial. Saluda a las cuadrillas, a los jornaleros del toro, esos grandes hombres que protegen como ángeles de la guarda a sus maestros, no entra en la capilla, y enfila la puerta de caballos para colarse por la rendija derecha de una madera rojiza y tardía camino del paseíllo. Mientras, en la soledad de la plaza, José Tomás beberá agua en el fondo de un vaso de plata, liso, el cáliz de la sangre y del triunfo, de la heroicidad, el sacrificio, el alma en vilo, el corazón en un puño. En las paredes doradas de ese vaso el matador verá reflejado su rostro cansado, serio, herido, con la mirada perdida, abstraída, como ha permanecido toda la semana en Estepona, su sanctasanctorum. Después llegaron las heridas luminosas del ídolo. Y los aficionado, con los ojos vidriosos bañados en lágrimas, confesándole a su fotografía dedicada: «Me has hecho emocionarme. Esto es lo más bonito que me puede pasar», confesaban en voz alta los fieles mientras salían toreando calle Alcalá arriba, Alcalá abajo.