L. Martín

San Valentín: cómo enamorar (y desenamorar) a un aficionado a los toros

No hay flecha de Cupido más certera que un toro íntegro y con casta

MadridActualizado:

Si San Valentín es una fiesta, que sea Fiesta de verdad. O sea, de Toros. En el día más empalagoso del año, curiosamente en tiempos en los que se confunde romanticismo con consumismo, la capacidad de sorpresa es cada día menor. Y esa es, también, una de las quejas de los aficionados a los toros.

¿Cómo enamorarlos? No hay flecha de Cupido más certera que un toro íntegro y con casta [«Oh, no, que me enamoro»]. Ahí, sus ojos se imantan al animal, no hay tiempo para el cortejo ni para hacerse el selfi más cursi de los selfis con el símbolo del corazón en la mano. Y no hay tiempo porque el corazón bombea con la bravura del toro y la lidia del torero. No hay fórmula matemática mejor para el enamoramiento de un aficionado. Eso sí, en cuestión de casta hay muchas variables, como tipos de embestidas, y cada uno tendrá su gusto. No, no es fácil contentar a un aficionado.

La prueba está de actualidad con el bombo inventado por Simón Casas para San Isidro. La división es tremenda, desde los que ovacionan el reto y que se mueva el cotarro isidril a los que silban. Dentro de tales pitos las teorías distan como de la noche al día: desde los que creen que se hace para favorecer a las figuras y su comodidad a los que piensan que es un escollo para que las figuras no vayan y abaratar costes de la feria. Tampoco es tan raro: esa división es síntoma de la vida misma, del amor mismo: el pasado fin de semana, un vecino contaba que había regalado un viaje a su pareja y su hermana a París «con todo mi cariño» y que se lo tomaron de tal guisa: «Lo haces para ver con tus colegas el derbi [madrileño]». El vecino, ya ven, que trabajaba el fin de semana y solo sigue al Pucela. La vida sentimental misma: la de quien se queja y la de quien envidia el detalle. La vida taurina misma: la del abonado de Sevilla que envidia la Feria de San Isidro, la del abonado capitalino que envidia la Feria de Abril... Y todo así: querer lo que no se tiene, destacar las ausencias como se destacan los defectos cuando se acaba el enamoramiento. ¡Qué complicado el amor!

El arte y el misterio

La vida, taurina o no, es un verso de Neruda: «Es tan corto el amor y tan largo el olvido...». Lo bueno es que el aficionado, aunque jure en arameo no volver, (casi) siempre regresa. El arte (casi) siempre es fascinante, pero coincidiremos en que no todos están tocados por esa varita/bolita de la que hablaba Paula ni que todos los días se disputa una «batalla» cual Gladiator. Pero el misterio de cada tarde, como esas noches de Reyes en los que uno no sabe si habrá carbón o un dulce regalo, renueva ilusiones. Eso sí, se necesita una regeneración mayor en el encorsetado «sistema» –en el que rara vez los ases del toreo se salen de su sota, caballo y rey (ganadero y en compañeros de cartel)– del, paradójicamente, arte más libre.

Eso sí, aunque para enamorar no hay reglas, para desenamorar bastaría, por ejemplo, con unas cuantas normas: lídiese una ganadería (del sello que sea) que lleve un lustro sin embestir, ponga usted unas nutridas raciones de quites de chicuelinas en cada toro (tipo cartel de Sevilla), rocíelo con unos rodillazos y remate con un sartenazo. ¡No falla! ¿Y si la corrida dura tres horas y cuarto? «¡Oh, no, que me enamoro!».

Para el «amor» en los toros no hay pócimas secretas, ni engañosos libros de autoayuda, es pura pureza, naturalidad, bravura y emoción; para el desamor, la lista es interminable. Al fin y al cabo, distintas pasiones y emociones.

Un apunte que no deben olvidar: si usted es aficionado a los toros, no olvide colgar en la nevera la foto que ilustra este enredo de San Valentín. Porque, con pitos o aplausos a los carteles equis, en la plaza, aficionados, volveremos a encontrarnos. Y, no, la corrida no durará dos horas... ¡No sueñen!