Roca Rey, de monosabio en Chota
Roca Rey, de monosabio en Chota - Aplausos

Roca Rey, la gran figura del toreo del momento, sorprende de monosabio en la corrida de Chota

El peruano sorprendió a los espectadores cuando apareció en un burladero con su camisa roja y la gorrillla calada

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Con la camisa roja enfundada, la gorrilla calada, un pantalón blanco y vara en mano, apareció Andrés Roca Rey por un burladero de la plaza peruana de Chota. «Es Roca Rey, es Roca Rey», decía la gente sorprendida al ver a la figura del momento como monosabio. Fue la anécdota de una tarde en la que El Fandi fue el triunfador tras cortar dos orejas, Rafaelillo logró un trofeo y Joaquín Galdós fue ovacionado en una corrida con toros del Olivar y la Viña de Paiján.

Mientras David Fandila salía a hombros, los espectadores seguían hablando de Roca Rey y sus labores de monosabio, llamados también «pajaritos cardenales».

El origen de los monosabios es muy curioso. Una función de monos en el café Cervantes de Madrid inspiró el bautizo de los mozos que auxilian a los caballos de picar: «Vestían trajes de igual color y también eran feos en su mayoría».

Así lo contaba Cañabate en una crónica de ABC en 1962: «Los monos aparecen desde los primeros tiempos de la Fiesta, desde que esta se organiza como espectáculo popular. Entonces se les llamaba chulos. Su indumentaria era desarreglada y no uniforme. Fue en 1840 cuando un empresario de Madrid, don Justo Hernández, les dotó de una vestimenta muy semejante a la actual. Al principio y por su blusa roja, se les llamó "pajaritos cardenales". El apelativo no hizo fortuna. En cambio, al poco, en 1847, cuajó definitivamente el nombre de monosabios. ¿Y por qué? En un teatrillo que por aquella época existía en la calle Alcalá, denominado de Cervantes, sito en el lugar donde luego se alzaría el teatro de Apolo, se exhibía un tropel de monos que ejecutaban sus trajes encarnados. Aquellos monos eran muy inteligentes y graciosos. La gente dio en llamarles los monosabios. Los chulos que salían con los picadores eran en su mayoría muy feos. Solo dos, el Salerito y el Gobernador, eran, además, puntos de baile de lo mejorcito que entonces bullía en los bailes madrileños. Algún día contaré su historia, que es pintoresca. Bueno, pues una tarde, en una tediosa corrida, a un chusco se le ocurrió chillar, dirigiéndose a los chulos: "Que bailen los monosabios!" Y la gente, ¡para qué quiso más!, empezó a corear: "¡Que bailen los monos, que bailen los monos!" Y se quedaron con el mote para los restos».