José Tomás, en Algeciras
José Tomás, en Algeciras - Efe

Resaca en el tren: «Con José Tomás al fin del mundo»

En el Altaria camino de Madrid, los aficionados sueñan con el próximo paseíllo del torero: «Ninguno se parece a él»

AlgecirasActualizado:

«Ya me puedo morir tranquila». La frase, al filo de las doce de la noche, camino del viejo cementerio de Algeciras, retumba al otro lado del teléfono. «No digas eso, hija. ¿Para tanto ha sido?» La pregunta se responde sin necesidad de alzar la voz: solo hay que mirar la cara de júbilo de todos los que han abarrotado el coso de Las Palomas [así contamos la tarde]. La felicidad inicial da paso a una especie de vacío -«¿y ahora qué?»-, a una nostalgia por no saber si habrá próxima vez, aunque los rumores se ilusionan incluso antes del paseíllo con una posible cita en Linares. «Es como Manolete y quiere torear allí», dijo una señora en la cola del baño ante la presta atención de todas las demás. Cientos de mujeres colapsaban el lavabo en un coso en el que dominan los aseos con la H de hombres sobre la S de señoras. «¿Y si es «H» de hembras y «S» de señores?, cuestionaba una, temerosa de que José Tomás pisara la arena antes de que saliera del lavabo.

Había prisa por verlo y todo el mundo ocupó su localidad a tiempo. Una prisa que contrastaba con la despaciosidad del fenómeno de Galapagar, que paralizó el toreo. Y no, no era una lentitud artificial de cámara superlenta, que allí tele no había, era la realidad pura: en una sociedad que va tan deprisa, impactaba su muleta dormida, las caricias de media muleta en épocas de tirones en sábanas, la pierna adelantada frente a la moda de extremidades retrasadas, todas las ventajas al toro frente al toreo ventajista. Una sola tarde, sí, y con los toros elegidos por él mismo, pero todo con categoría. Por cierto, en cuestión ganadera, Jandilla venció a Cuvillo, aunque aquello no se vendiera ni como un desafío ganadero ni siquiera como un duelo. Aunque luego Miguel Ángel Perera, agigantado, brindaría una de las grandes tardes de su vida, en un golpe sobre la mesa contra el sistema que le ha arrinconado.

Pero la plaza, como los días anteriores, se había abonado y llenado al reclamo de José Tomás, un espejismo en medio de una temporada con entradas fuertes en carteles de relumbrón y bajas cuando no se unen las figuras en una combinación.

¿Habrá una próxima vez, maestro?, preguntamos. «No lo sé»

Esta semana solo se hablaba en Algeciras del madrileño. Y en el amanecer de este sábado las conversaciones seguían. «Ojalá venga todos los años. Bendito sea todo el trabajo que nos ha dado», comenta el taxista camino de la estación de tren. Ligeros de equipaje algunos, con la memoria repleta todos. El Altaria 9367 es un desfile de aficionados, una legión de tomistas, unos de siempre, otros convertidos ayer. «Es la primera vez que lo veía, y a partir de ahora no me lo pierdo. No se parece a ninguno», señala Jorge, que no tenía hotel y se quedó en el recinto ferial toda la noche.

«Con José Tomás al fin del mundo», es el lema de Pepe, que viajó desde Valladolid y lo sigue a todas partes. «En la pirámide de la Fiesta, todos los demás están por debajo», sentencia este aficionado. Lo mismo opina Celia, con el ABC y la prensa local bajo el brazo. «He comprado los periódicos en una gasolinera. Quiero guardar lo que dicen» de una jornada calificada de «histórica» por profesionales y público. Celia es fiel seguidora del Monstruo de Galapagar: «Hasta me compré las entradas y los billetes de avión para verle en México, pero el día anterior me puse mala y no pude ir...» En el recuerdo de esta profesora de Música, como en el de Pepe, la sinfonía tomista con los seis toros de Nimes (plaza en la que también se ha disparado el rumor de un posible paseíllo). «Ese día lloré de emoción», dice él, que también sueña con la vuelta a Valladolid de José Tomás, mientras desayuna en la cafetería de un tren convertido en una tertulia taurina tras la resaca tomista. El periodista Alfonso Santiago, autor de una «Memoria de los ochenta» camino de la segunda edición y testigo de la tarde del 29J desde el callejón, habla del despliegue que prepara en su revista 6toros6.

Lluvia de gracias

El sueño se posa en cada una de las ferias (pocas ya) que aún no han visto la luz. Pero si va a volver a torear sólo el lo sabe. O quizá ni el maestro lo sepa. Anoche, aquel al que llaman «dios», se acercaba a la gente, al pueblo, a los amigos y admiradores que se orientaron dónde estaba su hotel. Habló con ellos, cercano, humilde como los más grandes, paciente ante el aluvión de fotos. Andrés Calamaro le obsevaba desde su mesa con admiración ante tanta «honestidad brutal»; Diego Urdiales conversaba con él;Paco March, acompañado de varios aficionados de Cataluña, le daba las gracias. Porque, además de las felicitaciones, le llovían sobremanera las gracias. «Gracias por alimentarnos». Y José Tomás, generoso con su tiempo como con los toros, agradecía cada gesto. ¿Habrá una próxima vez, maestro?, preguntamos. «No lo sé».

Delante del toro se le vio preparado para afrontar cualquier cita, con esa verdad templada que conduce a la libertad. «¿¡Cómo se puede torear tan despacio!?», se escuchaba a medio camino entre la pregunta y la exclamación. Y José Tomás –en la planta cero del hotel desde donde se divisa un pequeño «peñón» con la leyenda «Dios regaló la tierra a todos los hombres, blancos, negros o amarillos, y estos solo consigieron estropear el regalo poniendo límites y fronteras»– sonreía, aunque este mito universal no se mostraba del todo satisfecho consigo mismo. Desde fuera pareciera como si la llamada interior del toro que lleva dentro quisiera más. Tampoco hay límites ni fronteras para José Tomás...

Ya lo afirmó tiempo atrás: «Vivir sin torear no es vivir». Y «vivir sin ver a José Tomás es vivir menos», se oyó en el vagón 3 del tren que conducía a Madrid ante la mirada de una joven pareja en plena conquista. Aunque la verdadera conquista había sido la de José Tomás, en paz con el mundo y en guerra consigo mismo, en la búsqueda de una verdad que solo él conoce.

Al fondo, dos niños juegan con unas maquinitas un partido: «Goleada 7-0», grita uno. «Me aburro. ¿Jugamos a lo de ese torero (José Tomás)?», dice el otro. «José Tomás no viene en la Wii».La vida real está al otro lado de la pantalla, al otro lado de la ventanilla por la que avanza el paisaje, paisajes que fantasean con el cartel de José Tomás.