Puerta grande sin faena redonda

Sí, hubo puerta grande, pero no contuvo faena redonda, y no porque la noble corrida de Juan Pedro no colaborase a modo o porque se pinchase alguna lección de toreo inolvidable. El Cid y Castella

ZABALA DE LA SERNA. ALICANTE.
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Sí, hubo puerta grande, pero no contuvo faena redonda, y no porque la noble corrida de Juan Pedro no colaborase a modo o porque se pinchase alguna lección de toreo inolvidable. El Cid y Castella cortaron una oreja en cada uno de sus toros para salir a hombros. Bien, vale, suma y sigue.

Jesulín se mosqueó con el toro de apertura, que se cruzó en su capote y en los de su cuadrilla. El mosqueo se tradujo en un tremendo puyazo que sangró a conciencia al regordío juampedro de 585 kilos, castaño y cornicorto. La nobleza del pitón derecho se desfondó incluso con el trato templado y a media altura. El esmero del torero de Ubrique por cuidarlo ya lo podía haber tenido en el caballo.

Por contraste, y sin contraste, los casi cien kilos de diferencia con el toro anterior dejaban al negro segundo como una lindeza de peluche y algodón. Un toro, más que de Juan Pedro, de Juan Ramón Jiménez. El Cid dibujó suave la verónica y fue generoso y listo con el mínimo castigo en el peto. Quitó por chicuelinas y muleteó desde un principio sedoso, pausado, asentado y al hilo. Fácil, muy fácil. Apostó breve en una sola serie con su izquierda, y amplió su repertorio con un circular invertido y abundantes manoletinas que no son nada habituales en su estilo. Cobró una estocada atravesada y una oreja como medido premio.

El sucio jabonero siguiente fue otra monada que Sebastián Castella no quiso ni manchar en varas. Tuvo más chispa que ninguno de los anteriores, y quizá echase en falta un puyacito que atemperase ese punto que punteaba la muleta tras los pases cambiados de rigor. Castella se apercibió de ello y bajó la mano por debajo de la pala en unos derechazos impresos de fibra y ajuste. No se halló al natural en ninguna de las dos tandas intercaladas, y fue en redondo como cuajó de nuevo los momentos más intensos, aliviado sólo por una cascabelera tríada de molinetes encadenados. Castella, que no atraviesa una racha de seguridad con la espada, aseguró la estocada y el trofeo en el rincón de los blandos, lo que provocó sanguinolento vómito.

No pudo despedirse de la afición alicantina Jesulín como quería con el pacífico cuarto. Pinchó una faena en la que buscó el triunfo por la vía clásica de su inmensa muleta y por la más arrebatadora de molinetes, circulares y desplantes de rodillas. Lo más emocionante fue cuando recogió en los medios una cariñosa ovación de adiós y un puñado de arena levantina.

A partir de este toro, la corrida mejoró en imagen. Más presencia mostró también el colorado quinto. El Cid volvió a sentirse a gusto con el capote, a la verónica y por delantales. Construyó una faena en distintas fases y calidades, como las promociones inmobiliarias. Presentó pronto la izquierda, pero no era la zurda atemperada y cabal de El Cid, sino una muñeca rápida y ligera como las pistola de Billy el Niño, que escupía las embestidas en línea y fuera de jurisdicción como un Colt las balas. Un afarolado y un pase del desprecio mirando al tendido no acondicionaron las cosas a la extraordinaria condición del juampedro; sin embargo, la obra cambió y mejoró de rumbo cuando el matador de Salteras se embrocó más y, sobre todo, se meció y sosegó por la diestra. Otro Cid, otra historia. Terminó intentando hacer extraños remates, como una especie de pases de las flores inacabados. Raro, raro. Tras un pinchazo, sólo obtuvo una oreja.

No se sabe si las ideas se le agotaron a Castella a la par o antes que el fuelle al sexto, que derribó con estrépito. Pero tras unos derechazos normales y corrientes acortó distancias y se puso a lo suyo, lo que le valió una oreja de dudoso fuste y salir por la puerta grande con El Cid, sin dejar ninguno estelas en el mar.

Feria de San Juan

Plaza de toros de Alicante. Martes, 19 de junio de 2007. Quinta corrida. Tres cuartos. Toros de Juan Pedro Domecq, desiguales, terciados, demasiado 2º y 3º; de buen juego con matices; el 5º superior.

Jesulín de Ubrique, de naranja y plata. Estocada caída (silencio). En el cuarto, pinchazo, otro hondo y tres descabellos. Aviso (saludos).

El Cid, de grana y oro. Estocada pasada y atravesada (oreja). En el quinto, pinchazo y estocada trasera y desprendida (oreja).

Sebastián Castella, de tabaco y oro. Es- tocada desprendida (oreja y petición). En el sexto, pinchazo y estocada. Aviso (oreja).

El Cid y Castella salieron a hombros.