Premio a la constancia y el buen hacer de El Cid

ZABALA DE LA SERNA| SAN SEBASTIÁN
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La hoja de ruta que me marcaron para viajar desde El Puerto de Santa María a San Sebastián y aterrizar antes de la hora de la corrida escondía más transbordos que el Metro de Madrid: 6.20 horas de la madrugada, cercanías a Sevilla; 8.40 horas, AVE Santa Justa-Atocha; 11.15 horas, taxi a la T-4; 12.30, embarque del vuelo a Fuenterrabía; 14.00 horas, taxi aeropuerto-Hotel Anoeta; 15.00 horas, hombre muerto...

Admiro a los toreros y cuadrillas cruzándose España con nocturnidad para luego tener que cruzarse al pitón contrario; admiro las travesías de Manuel Jesús «El Cid» ahora que camina hacia la cumbre de las cien corridas, que debe de ser como coronar un ochomil. El Cid siempre ha sido hombre de constancia y fe, virtudes que unidas a su primigenia izquierda lo sacaron del ostracismo de las corridas de pedernal. La constancia y fe le guiaron por el camino recto de la espada, cuando la espada se torcía; la constancia y la fe le condujeron a la progresión con el capote y la mano derecha. Precisamente ella le puso ayer en la vereda del triunfo con un notable toro de Valdefresno. Tres series asentadas y ligadas elevaron la faena a su cota más alta. Después el toro quizá acusó el desgaste: había quitado Cid con dos verónicas y media bonitas y le replicó Julio Aparicio con unos esbozos que no cuajaron, pero que espolearon al torero de Salteras a hacer un quite extraordinario con el lance madre del toreo de capa. Y no sólo eso, sino que además a «Pitillero» lo liaron entre El Alcalareño, que pareaba, y El Boni, que bregaba, en una pasada en falso, en un «pónmelo allí que no lo veo», «espérate que me hace hilo», y en ese plan. Si llega a tener más final por el pitón izquierdo... A la oreja por su buen hacer le siguió otra del descarado y probón sexto, también cinqueño. El Cid se afianzó poco a poco y tiró de oficio y constancia con su zurda, logrando algún natural que otro de oro sobre el mérito de una labor concienzuda y sin música.

Lo de Julio Aparicio fue presentación y (abroncada) despedida de San Sebastián. En su descargo, sin que valga de excusa, vaya que su cuadrilla, salvo Yestera, es de talanqueras. El sainete con los palos con el primero de su lote, un amplio ejemplar con aire de toro viejo, largo y armado, fue de órdago. De salida se frenaba. Pero tenía la cualidad de humillar muchísimo y parecía desplazarse. Intuición de toro más que constatación real en la frágil y encogida muleta de Aparicio, que le abría las puertas a las querencias. A Julio Aparicio le gustó el quinto, muy ofensivo por delante y más liviano de caja. Más la fatalidad quiso que la brega le tocase a aquel hombre de verde manzana y plata de cuyo nombre no quiero acordarme... Esbozó J.A. un quite a pies juntos que resumió en un lance y una media de clase todo lo que pudo haber sido. Otra vez hubo pique con El Cid, y Julio se arrebató de rabia por chicuelinas de aquella manera. Fue su último arrebato antes de que el toro se quedase corto y andarín.

Hermoso de Mendoza cortó una oreja del cuarto con cosas de maestro, que no remataron con el otro de Bohórquez que abrió plaza, más parado.