«La pierna se me dormía y perdía el pulso, pero estaba dispuesto a todo»

ROSARIO PÉREZ I MADRID
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Resuena la épica de Miguel Ángel Perera en la clínica madrileña Virgen del Mar. La habitación 507 es un hervidero de toreros, amigos y aficionados que se rinden al extremeño por su hazaña en Las Ventas. Su Majestad El Viti elogia su lección de «fuera de serie». Cayetano deja por un día su reposo para visitarlo. Al otro lado del teléfono su hermano Francisco Rivera Ordóñez pregunta por su estado. Arden los móviles. Y llueven los plácemes para el Miguel Ángel que esculpió una faena estoica bañado en su propia sangre. Esa capacidad de aguante con un cornadón de alto calibre no consta en los manuales de medicina. Sólo los cantares de gesta se asemejan a su aventura de Puerta Grande. Con el ánimo intacto, habla para ABC de sus impresiones y de sus cornadas números 10 y 11.

—Matador, ¿cómo se encuentra?

—Por la noche tenía molestias, pero me han remitido con los calmantes. Me han bajado de la UCI a planta y me han curado las heridas. La de los testículos tiene drenaje y está supurando, lo que es buena señal. La de la zona crural han preferido cerrarla, porque es un punto de infección. Aunque la evolución es positiva, los médicos lo pintan serio y me recomiendan tranquilidad. Toca la femoral y la safena y, si fuerzo, corro el riesgo de que se obstruya la arteria. La contusión es fuerte y temían que se hubiese producido un trombo por la hemorragia de dentro y por el tiempo que tuve el torniquete.

—La seriedad del percance le obligó a pasar dos veces por quirófano para practicarle una trombectomía.

—Después de operarme en la plaza, me abrieron de nuevo en el hospital con la idea de realizar un «bypass». Pero de momento lo han descartado.

—Muchos se preguntan de dónde sacó fuerzas para aguantar como un titán con ese cornadón.

—Aunque fue fuerte, tuve la suerte de que entró entre la femoral y la safena. Influye la preparación y la mentalización.

—Su tarde tuvo triple mérito: se sobrepuso a las cornadas, al vendaval y a los toros.

—Fue una pena que hiciese un tiempo tan desagradable. Era difícil dominar la muleta, y eso que mis trastos tienen peso y cuerpo. Pero no me importaron ni la cornada que evisceró el testículo, ni la segunda, ni la condición de los toros, ni el viento, a pesar de que me obligó a refugiarme en tablas. Fue una tarde importantísima.

—¿Sintió el dolor?

—En el quinto ya se me había pasado el efecto de la anestesia en los testículos. Ese dolor se juntó con otro más intenso, el de la segunda cornada. Me costó tirar hacia delante, aunque, a medida que avanzaba hacia el toro, es como si me calentase hasta entrar a matar. Me dio un bajón entonces y sentí que la pierna derecha se me dormía y perdía el pulso.

—La gente estaba asustada. ¿Conoce el miedo usted?

—Era consciente de todo, con lo que no cometí ninguna imprudencia. Madrid quiere entrega, pero cuando un toro me ha herido, y es la cuarta cornada que sufro en esta plaza, han querido que me meta para dentro. Y Madrid tiene que entender que, si quiere entrega, un tío entregado está dispuesto a todo, y más en tardes como la de ayer, de enorme compromiso y responsabilidad.

—¿Era consciente de que ese toro de Valdefresno podía prenderlo por estatuarios?

—Sí, aunque pueda parecer osado o de macho decirlo. Fernando (Cepeda) me dio otra indicación. Me di cuenta de que podía echarme mano, porque venía a su aire hasta llegar al embroque. Fue un porrazo seco.

—¿Qué le dolió más?

—No matar al sexto de Fuente Ymbro y no salir a hombros. También no poder torear hoy (por ayer) los seis toros en Zafra. Pero lo dejo en las manos del de arriba; si pasó así, sería por algo.

—Los profesionales han cantado su gesta. ¿Usted está satisfecho?

—Plenamente. Uno de los momentos más emocionantes de mi vida fue cuando vi caer al quinto toro. Antes de darme la tercera oreja, al recibir la ovación en los medios, iba completamente roto de ilusión y orgullo. La satisfacción del esfuerzo no me la quita nadie.

—Se dice que las cornadas son medallas. ¿Merecen la pena estas «condecoraciones»?

—Son medallas muy dolorosas que no me gusta tener, pero forman parte de la profesión y engrandecen la Fiesta. Cuando derramamos sangre, no derramamos manchas de tomate: aquí derramamos sangre de verdad y nuestra vida está en juego. Con sensaciones como la de ayer merecen la pena las emociones fuertes.

—Hasta el maestro Santiago Martín «El Viti» se emocionó con su «lección de profesional».

—Cuando he entrado en la habitación y lo he visto, casi me pongo de pie en la camilla. Le he dicho: «Maestro, ¡qué alegría me da verle!» Y él me ha respondido: «Ya me puedo ir tranquilo». Por cosas así, merece la pena ser torero.

—Estas cornadas parecen no haberle quitado el sitio ni en la hora final: cinco estocadas de cinco.

—Algunos se preguntan cómo entré a matar, porque esa psicosis te ronda. Es fruto de la preparación y la madurez. Se trata de alcanzar la plenitud que busco.

—No se recuerda una temporada tan apabullante como la suya.

—En esta profesión no existe la perfección porque el arte es imperfecto. Pero ni en sueños salen las cosas casi tan perfectas.