Román, en un pase de pecho al sobrero de Torrealta
Román, en un pase de pecho al sobrero de Torrealta - Paloma Aguilar

Otra tarde plomiza y larga en Las Ventas

Devueltos dos toros de Joselito en su debut ganadero en la Feria, sólo Román da una vuelta al ruedo

Madrid Actualizado: Guardar
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Continúa el gris plomizo: en el cielo nublado, en las faenas y en los vestidos (esta tarde, de los dos primeros espadas). Se anuncian toros de El Tajo/La Reina, propiedad de José Miguel Arroyo, Joselito, tan querido en esta Plaza. (En realidad, suyos son los de El Tajo, herrados con números impares; los de la Reina, herrados con números pares, son propiedad de Martín Arranz, que fue su apoderado, ahora volcado en el proyecto «Tauromaquias Integradas»). Ya abandonó el encaste Núñez, tienen procedencia de Juan Pedro Domecq, fama de movilidad y de casta. En Las Ventas, los tres últimos años, estos toros han propiciado éxitos: nada menos que abrir la Puerta Grande consiguió, con ellos, Román. Esta tarde, no responden a las expectativas de la afición: de bonita lámina, son bondadosos pero flojos, se devuelven al corral segundo y tercero; los dos sobreros, de Torrealta y Montealto, coinciden en ser algo bruscos. Como no torean primeras figuras, el público se muestra mucho más benévolo que otras tardes. Sólo Román da una vuelta al ruedo, tras petición, en el tercer toro.

Joselito Adame es, ahora, el diestro mexicano con más experiencia, en América y Europa, que ha llegado a competir, en su país, con las máximas figuras españolas. Su profesionalidad brilla con un toro encastado, no con el blando. Recibe al primero, muy en el tipo Juan Pedro, manejando el capote con soltura. Pronto, el toro flaquea y queda corto. Se luce Fernando Sánchez, con su habitual majeza, dejándose ver y clavando los palos en lo alto... En la muleta, el toro se para por completo. No hay nada que hacer, salvo matarlo bien, y lo mata muy mal. Nada entre dos platos. En el cuarto, quita por gaoneras «al tragantón», estilo José Tomás: colocándose de antemano con el capote a la espalda y haciendo la estatua, encogiendo el estómago, en cada lance. También la hace en los iniciales estatuarios, dejando pasar al toro, sin conducir su embestida. (Corrochano hablaba del «pase del guardabarreas»). El toro queda cortito y flaquea. Los paisanos animan, flameando banderas y gritando vivas a México. Con oficio, Adame logra algunos muletazos limpios, entre otros, enganchados. El bondadoso toro permite que la faena se prolonga hasta impacientar al personal. Vuelve a matar tarde y mal.

El valenciano Román posee una personalidad muy clara: siempre sonriente, extrovertido, conecta fácil con el público; sus alardes de valor pueden rozar, a veces, la temeridad. (Siempre recuerdo lo que le dijo Juan Belmonte a un novillero que atropellaba la razón, señalándole a una res muy bien dotada: «A eso, los toros siempre ganan al torero»). Román ha quedado fuera de la Feria de Abril, este año, necesita imperiosamente llamar la atención, en San Isidro. Devuelto el flojísimo segundo (un «Rociero» Inválido. ¡qué despropósito!), el sobrero de Torrealta va de lejos al caballo y derriba, espectacular; se hace el amo, en los primeros tercios. Unas inoportunas chicuelinas de Lorenzo no ayudan a su juego. En la muleta, el toro va bien de lejos, por la derecha, pero se cuela por la izquierda. En la faena, vistosa, no falta valor pero sí mando. En las manoletinas finales, está al borde del percance. Suena el aviso antes de entrar a matar: ¡otra vez falta sentido de la medida! La estocada queda baja, le piden la oreja y da la vuelta al ruedo. Aunque le piten, ha hecho bien el Presidente aguantando el tirón. El quinto sale con pies, se duerme en el peto, como sus hermanos. Dándole distancia, sí que va pero flaquea, al bajarle la mano. Además, prolonga, con un arrimón final innecesario, como dice mi vecino Moisés: tiene razón. Mata mal y suena un aviso.

Con temple

El toledano Álvaro Lorenzo ha vuelto con los Lozano, con los que se inició. Es un buen torero de la línea castellana, serio, clásico, con temple. Va ascendiendo. El tercero renquea, de salida, de los cuartos traseros. El Presidente intenta mantenerlo pero un brusco recorte, en las chicuelinas de Joselito (¡otra vez chicuelinas!) le hace derrumbarse. El sobrero de Montealto embiste con codicia al caballero pero le bajan los humos. Es algo brusco, aunque también renquea de atrás. El trasteo es desigual, desarme incluido. Mata de pinchazo hondo, sin estrecharse. Todo ha quedado en tablas. En el último, el gris plomo se abre un poco para que atisbemos el oro, cuando no poca gente, aburrida de hablar de sus cosas, se ha ido ya de la Plaza. Este toro es el mejor de la tarde. Álvaro Lorenzo se luce en verónicas (¡por fin, verónicas!). El comienzo de faena es prometedor: traza muletazos templados, con gusto y mando. El toro es bueno pero no tonto, surge algún enganchón y la faena baja. No lo remedian las inevitables bernadinas finales. Mata de pinchazo y buena estocada y saluda una ovación.

El festejo ha durado más de dos horas y media. ¿Cuándo se darán cuenta los toreros de que esta duración excesiva es perjudicial para el ritmo del espectáculo, enfría y aburre al público, provoca que se diluya el posible entusiasmo? No sé si alguna vez llegaré a verlo. Corrijo la conocida frase de Gracián: El plomo, si largo, dos veces plomo.