Morante de la Puebla
Morante de la Puebla - De San Bernardo

Morante de la Puebla: el alma al aire

El sevillano corta una oreja, como El Juli y Ángel Téllez sale a hombros en su alternativa en una corrida de Garcigrande muy baja de casta

Gritos de «¡Abascal, presidente!», el único que últimamente abarrota las plazas de toros

GuadalajaraActualizado:

La «España viva» de Santiago Abascal, el único que últimamente cuelga el «No hay billetes» en las plazas de toros, se rendía al veneno de Morante de la Puebla. En tiempos de frivolidades, su torería y su hondura se han convertido en una rareza. No hay un solo torero que se le parezca. La tauromaquia de Morante canta por Camarón, toca por Paco de Lucía y baila por Carmen Amaya. Suyas fueron las excelencias, las mismas que no tuvo la deslucida corrida de Garcigrande, tan baja de casta, pese a que salieron algunos toretes con opciones.

Santiago Abascal recibió el brindis de Morante en el cuarto
Santiago Abascal recibió el brindis de Morante en el cuarto - De San Bernardo

Se había estampado contra un burladero el segundo, lo que mermó sus condiciones. Y Morante lo meció en un cuajado racimo de verónicas. Si aquello era agua bendita –como la que luego caería del cielo–, las musas se hicieron carne y hueso en las dos chicuelinas más lentas que han parido las arenas este año. Contenían tanta belleza que, por momentos, olvidamos las raciones al por mayor con las que sermonean cada tarde. Carretero cuidó al toro en la lidia y el genio de La Puebla del Río abrió faena con un mar de torerísimos ayudados por bajo. Cada doblada, una ola de emoción; cada paso, un ole de la afición. Morante acompañó cada embestida y de su fragua nació un sevillano molinete, para continuar con sabor sobre la mano de escribir. La torería brotó en cada manera de andarle al animal, como en una trincherilla superior. Morante no pensaba en esa cantinela de agradar al público: Morante pensaba en cautivar a «Cañí». Y con esa fórmula, que es la del sentir, el aficionado se abrazó por completo a su toreo. Le echaba la muleta y se comunicaban: «Bebe de esta pócima, torito». Y lo toreó derecho y profundo, tan natural, con un pase de pecho que aún dura. Cuando se dirigió a por la espada, treparon los gritos de «¡Abascal, presidente!». Morante remató entonces como las auténticas bulerías, con gráciles ayudados por alto. ¿Y cómo fueron por abajo? Alma pura, otro fulgor, encendido aún más con un pectoral a la hombrera contraria. La gente buscaba los pañuelos mientras se perfilaba para matar, pero se atascó y atascó con el descabello y lo que era de premio quedó en silencio.

Natural de Morante al cuarto toro
Natural de Morante al cuarto toro - De San Bernardo

Las esperanzas se desinflaron cuando apareció el cuarto, tan frenado y áspero en la bienvenida. Contra aquella brusquedad, la caricia en cuatro lances. Arreciaba la lluvia y Morante brindó al líder de Vox, que aguantó en el tendido como un aficionado más mientras se retrataba con sus «fans». De nuevo, gritos de «¡presidente, presidente!» al político que revoluciona los cosos. Hasta que Morante se puso a torear y regaló una trinchera y un molinete que renovaron las ilusiones. Un torero tan bueno no merecía un toro tan malo: lo extraordinario frente a la vulgaridad absoluta en una corrida de renglones torcidos. El artista del Guadalquivir quiso siempre empujarlo. Descalzo y con «zapateados», hizo embestir por ambos lados a un marmolillo sin raza que merecía un 155 y no aquella apasionada entrega con la que el instinto morantista lo enredó entre las rayas. Pinchó antes de la estocada, pero no importó: suyo fue el trofeo.

El Juli, con la derecha
El Juli, con la derecha - De San Bernardo

Otro aire distinto al de sus hermanos traía el quinto, con el que El Juli se lució en el saludo y el prólogo con solemnes muletazos mirando al tendido. La figura madrileña exprimió al garcigrande, con una notable serie al natural de mano baja, aunque lo más jaleado fueron unos redondos invertidos. A pesar del verduguillo, cortó una oreja y se resarció del mal sabor en el tercero, que se dolió en banderillas y protestó mucho en la muleta. Incómodo, no pudo hacer nada con tan asqueroso rival y pasó un calvario hasta enviarlo a la vida de los descastados.

Estocada de Ángel Téllez
Estocada de Ángel Téllez - De San Bernardo

El triunfador fue Ángel Téllez, en una alternativa de lujoso cartel, pero que no congregó ni tres cuartos de entrada. Guadalajara, territorio Fandiño, no ha vuelto a registrar tan abultada taquilla como en la encerrona del héroe vasco. Por su puerta grande salió Téllez. Cortó una oreja al de la ceremonia, «Almirante» de nombre, número 29 y de 480 kilos para los amantes de los datos. El joven espada, que lo había recibido con una larga de hinojos, también se postró de rodillas tras un emotivo brindis. Transmitía el de Domingo Hernández y el toricantano se centró en el obediente pitón derecho, con muletazos con su aquel. Se tiró a matar y le pidieron con fuerza las dos orejas, pero el palco solo concedió una. Sí paseó el doble galardón en el último –el mejor del sexteto junto al quinto–, con el que anduvo variado con el capote. Tras la sorpresa de una arrucina en el inicio, dejó ilusionantes pasajes, con cierto gusto. Se marchó feliz a hombros mientras alzaba los brazos al cielo.

En tierra firme, los aficionados soñaban emociones... Hay faenas que al cerrar los ojos se vuelven canciones: «El alma al aire», de Alejandro Sanz, por Morante y su música callada.