Juanito, con la taleguilla rota, pasea las dos orejas que cortó al novillo que lo cogió
Juanito, con la taleguilla rota, pasea las dos orejas que cortó al novillo que lo cogió - FIT

La novillada del milagro y la espeluznante cogida que estremeció a Olivenza

Juanito sufrió un horrible percance al entrar a matar y cortó dos orejas, como Carlos Domínguez, que ilusionó en su debut

OlivenzaActualizado:

El sueño nos despertó. Sí, el sueño de una novillada en una feria de figuras. Qué maravilla. Con lo que escasean en estos tiempos.

Pero el milagro se produjo en el cuarto, del Freixo. Ya el amanecer de la temporada recordó que los toros cogen y que solo un capote divino puede hacer que la más horrible de las cogidas quede en un susto. Los festivos corazones de Olivenza se encogieron al unísono cuando Juanito se tiró a matar, con una estocada a tumba abierta, al novillo de El Juli. «¡Ha matado al chico, lo ha matado, lo ha matado!», gritó un espectador como inquietante coro a una desgarradora música de «aaayyy». «Regio», que así se llamaba el animal, se cebó con saña con el torero portugués: le lanzaba pitonazos al vientre, al pecho, al rostro, le partió literalmente taleguilla. Cuando por fin pudieron quitarle de encima al novillo, su forma de ovillo, con las manos protegiéndose la cabeza, se deshizo para incorporarse. Su rostro era el de un penitente muy vivo, el de un torero de terno ensangrentado tras permanecer en la cruz de los pitones. Cuando se incorporó, la plaza respiró. Todos respiramos. Y la sombra alargada del «¡ay!» se transformó en un oleaje de pañuelos blancos. Antes de pasear las dos orejas y pasar al hule, Juanito había salido a por todas en este segundo de su lote. Quiso recibirlo con una gaonera y continuó con pasión novilleril con el capote. Pero el animal se echó literalmente en una fea imagen. Subió la temperatura en la faena, iniciada con pases cambiados por la espalda. Tenía movilidad el novillo de El Juli, pese a cabecear por no andar sobrado de fortaleza y con tendencia a rajarse. Eso sí, no paraba de embestir (o más bien moverse), obediente a los muletazos del dispuesto portugués, pero con ese arreón que asomaba cada dos por tres... Ese que se triplicó en el estoconazo final. Tras pasear con entereza las dos orejas, sin un atisbo de dolor -que iría por dentro-, pasó a la enfermería, de donde salió para marcharse a hombros.

El otro milagro de la mañana se vivió cuando apareció el tercero, un novillo de Talavante de preciosa estampa, que arrolló al debutante de dramática manera. Carlos Domínguez, que no se guardó nada desde que pisó la arena, se plantó de rodillas en el saludo por largas cambiadas y fue cogido con violencia. Se incorporó presto, con ese gesto enrabietado de «dejadme solo». Tras brindar a Lorenzo Molina y Luis Reina, otra vez se postró de hinojos. Ahora en los medios, con una vibrante ronda. Y, ya erguido, continuó con buenos modos por ambos pitones. A izquierdas, adelantó la muleta con suavidad y procuró llevarlo largo, con algún remate detrás de la cadera y ese temple de los jóvenes privilegiados. Con aplomo, se recreó en u cambio de mano, el invertido y el de pecho al notable «Inquemable». Todo paciencia, reposado. Solo la espada empañó su labor. Aun así, contagió de ilusión los tendidos, que le pidieron con fuerza la oreja. El fallo con el acero dejó todo en una vuelta al ruedo con el mejor novillo de la concurso de ganaderías.

El primero, de Carriquiri, se quedó corto desde la salida y le zurraron en varas. Se revolvía en un palmo de terreno, especialmente a izquierdas, y desarroló muchas complicaciones. No se amilanó Juanito, que lo intentó con firmeza y denuedo. Mediada la labor, tragó en una serie diestra que despertó la música en esta matinal. El toque fuerte, la muleta puesta y dispuesta. Acabó entre los pitones, atropellando incluso la razón, como en las bernadinas finales. Pinchó y todo quedó en saludos.

El segundo, de San Pelayo, con sus crotalitos puestos, quería embestir de salida pero enseguida asomó su justeza de fuerzas. Lo acusó mucho luego, protestón en la muleta de Diego San Román, valiente en el quite. El mexicano planteó la faena por los cauces del clasicismo y el valor, aguantando las paradas y las miradas de «Culebrito». Salpicó su entregada faena con momentos de cargar la suerte, una bendición. Naturales esperanzadores que provocaron una música a destiempo. Era hora de acabar. Lástima que la espada no fuera la correcta a la primera y la frialdad del público.

San Román no tuvo suerte con el quinto, de José Luis Iniesta, muy deslucido. Por encima el azteca, pero sin poder brillar. Su disposición y sus modos quedaron patentes. Salvo con el descabello, que se atascó...

Cerró la novillada del milagro Carlos Domínguez, que tuvo el mejor lote, ahora con un buen ejemplar de Vistalegre. Otra vez mostró que hay torero. Y ahora se tiró a matar espadazo. Otra voltereta. Otro quite divino. Y dos orejas que iluminaban con una sonrisa al debutante, por la puerta grande con Juanito