Sentido derechazo de Morante al cuarto toro
Sentido derechazo de Morante al cuarto toro - Efe

Larga vida a la torería de Morante de la Puebla

Perera sale a hombros en una vulgarota corrida de Garcigrande en La Magdalena

Castellón Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Morante es la excepción a una regla que no existe en este mundo de locos benditos. Morante es la memoria del pasado y el recuerdo del futuro. Pasarán los arrimones, las chicuelinas al por mayor, los inventos... Y quedará el clasicismo, que es la cuna del toreo morantista. Si algo hay que rememorar de la tarde de ayer, lo alumbra su huella.

Y si la torería de La Puebla del Río es pura belleza, la teoría de la fealdad vino pronto de la mano del primero de Domingo Hernández. Lo reunía todo: altote, estrecho, destartalado, lavado de cara... ¿De verdad que no había un toro más bonito para Castellón, una feria, digamos, agradable? A las cualidades de «míster», pitado de salida, se unía su mansedumbre. Se cumplía lo escrito por Eco: «La fealdad es infinita, como Dios». Y Morante tiró de Aristóteles para lograr lo que solo saben hacer los genios: representar esa fealdad de modo bello. Tras una lidia no fácil, se dobló torerísimo con el torete avacado. Aromatizó el ruedo con derechazos, un trincherazo superior y unos ayudados por alto. Aquella tauromaquia no merecía un animal tan vulgar como el tal «Rimbombante».

Santiago Abascal, acompañado por el torero catalán Serafín Marín, saluda a los aficionados
Santiago Abascal, acompañado por el torero catalán Serafín Marín, saluda a los aficionados - Efe

Corretón y huido salió el cuarto, que hizo amagos de saltar al callejón. Quería la afición ver el capote del sevillano, pero hubo que conformarse en el saludo con verónica y media. Señoriales ambas. Y otras tres meciendo el tiempo en el quite, un monumento a la madre del toreo de capa. Torería de añoranza bienvenidista en el prólogo sentado en el estribo, cosido a un trébol de ayudados rodilla en tierra. Canela fina. Broncínea la trincherilla esculpida, un cartel que disparó los oles como los gritos de «¡Santiago, presidente!» (Abascal, que no perdió detalle de la obra, se coronó triunfador del festejo con un baño de masas, acompañado por Serafín Marín). Brotó luego uno de pecho con esa hondura en la que pocos indagan. Pero la pureza máxima se hallaba en su derecha: cortitos los muletazos, con enorme sabor. Le agradó menos por el pitón zurdo y, tras adornarse con joyas –lo suyo no es bisutería–, siguió por la mano de la escribanía, con verdad en cada expresión.

Crecido en su propia naturalidad, Morante se despojó de las zapatillas y comenzó un recital de trincheras descalzas, con ese andar al toro –que no fue ninguna perita en dulce– tan fluido y desnudo. Renacía entonces ese sentimiento que no se encuentra en los vídeos ni internet: no lo busquen, no lo hallarán. Con ganas de más, dibujó otra apasionada senda diestra. Plegó las telas, a modo de cartucho... Y continuó con una majestad y una clase ausentes en casi todo el sexteto. Encajado, se lo pasó muy cerca, que no es lo mismo que el toreo de cercanías. Valiente la derecha de Morante, un torero de arte, sí, pero con valor para hacer una legión. El descabello se llevó el premio, aunque dio una vuelta al ruedo apoteósica, con el broche de una paloma lanzada al vuelo con la bandera de España.

Perera inició de rodillas con dos emocionantes pases por la espalda su faena
Perera inició de rodillas con dos emocionantes pases por la espalda su faena - Efe

El vencedor numérico fue Perera con el lote menos malo de la decepcionante y terciada corrida de Garcigrande. Otro aire y otro ritmo traía el tercero, como ya se atisbó en el recibo de Miguel Ángel, que perdió pie en las saltilleras y con raza volvió a la carga en un soberano quite. Sabedor de que había opciones de triunfo, brindó al público y rizó el rizo de sus clásicos pendulares echando valeroso las dos rodillas por tierra. El matador, de hinojos; la gente, en pie. La llama se avivó mientras el bravito toro quiso comerse las telas. El de La Puebla del Prior le bajó la mano con poderío y ligó emocionantes rondas. Más le costó coger el pulso a izquierdas, con menor limpieza. Cada vez más rebrincado, decreció lo que con tanto ímpetu amaneció. Tras la ovación a «Borrachín» en el arrastre, el extremeño paseó la primera oreja. Otra más arrebató al último, al que quitó por ceñidas chicuelinas y con el que arrancó de modo vibrante por la concesión de las distancias. Aquello se disipó enseguida, con el manejable animal cada vez más rajadito y aburrido.

El Juli inició con buenas maneras su labor al segundo, de pobre presencia y con la lengua fuera antes que pronto: no le hizo ningún bien el puyazo contrario. También resultó deslucido el quinto, con genio a distintas velocidades –como las que tomó una bandeja de viandas que unos jóvenes querían hacer llegar de Sol a Sombra al líder de Vox–. No tuvo su tarde la figura madrileña, aunque, si no es por la espada, hubiese tocado pelo.

Sobre la arena solo quedaron los destellos de Morante. Larga vida a su torería, la huella que marca el camino.