David Galván
David Galván - Paloma Aguilar

Una grisura casi total en San Isidro

La voluntad de tres diestros de la línea artística se estrella contra el viento de tormenta y la falta de casta de los deslucidos toros de Valdefresno

MadridActualizado:

Baja el cartel, baja la entrada y baja la pasión. Tres diestros con el sello de artistas se estrellan contra una muy deslucida corrida de Valdefresno.

Un año más, el 16 de mayo, al final del paseíllo, las cuadrillas, montera en mano, guardan un minuto de silencio, en el aniversario de la muerte de «Gallito», el rey de los toreros. Es el único caso que conozco. El próximo año se cumplirá el centenario. Hace seis décadas, comentaba lo mismo Antonio Díaz-Cañabate, en ABC: «Dulce emoción nos gana». Pero no es sólo algo sentimental, sino la nostalgia por una manera de vivir su profesión: en siete años de alternativa, Joselito toreó veintidós corridas como único espada (en casi todas, además, estoqueó el sobrero). A lo largo de su carrera, mató más de mil quinientos toros. Sólo en Madrid, actuó en ochenta y una corridas. Su ejemplo sigue absolutamente vigente.

El triunfo de Miguel Ángel Pererapolémica incluída– ha calentado este comienzo de Feria. Se habla y se discute de toros: como debe ser. Curiosamente, el cartel de esta tarde no busca el contraste sino cierta armonía de estilos. Los tres diestros tienen buenas maneras, destacan más por la estética que por el dominio. Los toros de Valdefresno, con kilos y pitones, no han dado ningún juego. No sólo sucede esto en las corridas de las figuras: la ausencia de casta y fuerza es el mal actual de tantas tardes, de tantas ganaderías. Los buenos deseos de estos diestros, que tanto necesitaban un triunfo en San Isidro, se estrellan contra unas reses tan deslucidas. Así, la presunta oportunidad es muy relativa. Los toros de La Quinta trajeron emoción; Fuente Ymbro, casta, una buena faena y polémica; con los de Valdefresno, la grisura ha sido casi total.

Es lugar común alabar el buen gusto torero de David Galván y su riesgo, quedarse en una «eterna promesa». Ha sufrido varios percances. Todavía no ha «roto» en Las Ventas como parecía apuntar. El primero sale barbeando tablas, intenta saltar, flojea, mansea en el caballo, le pegan poco. Galván le anda con torería pero el problema no es fácil: si lo torea a media altura, va rebrincado y tropieza la tela; si baja la mano, rueda por la arena. Lo mejor, algunos naturales de fino trazo, en medio del viento y algunas gotas de lluvia. Casi le coge en las innecesarias manoletinas finales. Mata tendido, a la segunda, y suena un aviso, por haber alargado la faena. (Por mucho que lo repitamos, no hay manera de que los diestros actuales tengan sentido de la medida). Saluda. El cuarto sale abanto a chiqueros peor sí se mueve. Resbala el diestro, en la cara del toro, queda a merced y le hace un quite oportuno Sergio Aguilar. Parece que va a servir un poco más, lo brinda al público, pero, en la muleta, es incierto, no se entrega, le pone en apuros. La voluntad del torero se estrella contra las dificultades del toro y los arreones del viento, que le dejan al descubierto. El toro hubiera necesitado una lidia de mayor dominio. Y tarda en matar.

Una corrida en Las Ventas bastó para llamar la atención sobre Juan Ortega, un diestro, hasta esa tarde, conocido por pocos. Apunta esa finura del estilo sevillano natural, sin amaneramientos, que tanto ha gustado siempre en Madrid. Luego, dejó para el recuerdo unas verónicas memorables. No es suficiente, para lo difícil que resulta abrirse camino, con un escalafón de matadores tan numeroso como el actual y un público que sólo acude al reclamo de los famosos. El segundo se mueve pero desordenado, no le permite estirarse, con el capote. Se luce con los palos Trujillo. Logra algunos suaves muletazos con naturalidad y buen estilo, acompañando con la cintura, pero el toro flaquea y muy pronto se para: nada que hacer. ¡Otra birria de toro! Logra una buena estocada pero falla con el descabello. El quinto sale también abanto, a chiqueros. Los intentos de torear con el capote de Ortega se frustran cuando el viento le descubre, varias veces. El diestro maneja con soltura los engaños pero el toro es otro manso deslucido que no dice absolutamente nada, se para a mitad de los muletazos, embiste a oleadas, ni siquiera transmite la emoción del peligro. Ortega no lo ve claro y falla, a la hora de matar.

El peruano Joaquín Galdós interpreta las suertes con personalidad, de modo irregular; a veces, con sentido plástico. El tercer toro, el menos malo, sale con pies, tiene cierta casta pero poca fuerza. Galdós intenta las primeras chicuelinas de la tarde (no nos libramos). Aguanta bien Chacón, en banderillas. Liga algunos muletazos con cierta emoción, enturbiada por las caídas del toro, pasando algún momento de apuro. Se va detrás de la espada con decisión y logra una estocada de rápido efecto: saluda. Al sexto, incierto, le pican trasero. Lo brinda al público pero el toro pega arreones bruscos y no se entrega en ningún momento. Después de doblarse por bajo, el toro se para. Hace bien en no alargar y vuelve a matar con facilidad. El final de la corrida es tan deslucido como todo lo anterior.

¿Qué hubiera hecho Gallito, con estos toros? Me imagino que darles la lidia adecuada y matarlos. Ahora, la búsqueda de la estética suele predominar sobre la lidia eficaz. Así nos va… De gris plomo y azabache ha vestido Juan Ortega, una premonición de lo que ha sido la tarde: «Ni chicha ni limoná», sentencia un castizo. Sin toros con casta brava, la Fiesta se hunde.

Postdata. Acierta el Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad al descubrir, en las Ventas, por la mañana, un azulejo en honor a Ángel Teruel. El primero que lo mencionó fue Paco Umbral, en «Travesía de Madrid», como un chiquillo que quería ser torero. Y lo fue, al comienzo, de la mano de los Dominguín. Le dio la alternativa El Viti, en 1967. Desde muy joven, tenía gran facilidad natural para ver las condiciones del toro y para interpretar todas las suertes con limpieza, suavidad y armonía: toreaba bien de capa, tanto en las suertes fundamentales como en la pinturería. Era banderillero fácil, muletero estético, buen matador. Tenía amplio repertorio. En su segunda etapa, cuando reapareció, profundizó mucho en su toreo, se mostró como un auténtico maestro, lidiando admirablemente, en Madrid, varios toros mansos y peligrosos. Una serie de graves cornadas adelantaron su despedida. Poseía la difícil facilidad de los elegidos. Merece mucho más reconocimiento del que ha tenido. Los que disfrutamos con su personalidad taurina no lo olvidamos.