Enrique Ponce deleitó con sus poncinas al toro de Juan Pedro Domecq al que indultó, Fantasía de nombre
Enrique Ponce deleitó con sus poncinas al toro de Juan Pedro Domecq al que indultó, Fantasía de nombre - Antonio Vázquez

La fantasía de Enrique Ponce indulta un toro en su reaparición en El Puerto

El torero de Chiva reaparece a lo grande con un recital de toreo y sale a hombros con Manzanares

El PuertoActualizado:

De blanco y azabache apareció Enrique Ponce. El mismo terno de la gravísima lesión que lo ha mantenido cinco meses en el dique seco. Fuera fantasmas, fuera miedos. De blanca pureza, como una hora antes había llegado una novia a la iglesia Mayor Prioral, con algún que otro invitado a la fuga para no perderse la primera de la temporada portuense: «¿A quién se le ocurre casarse un día de corrida?». Ya lo dijo Joselito el Gallo: «Quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros».

«Quien no ha visto a Ponce no sabe lo que es torear», debería de rezar desde ahora en otra placa. ¡Qué barbaridad! Y con una ausencia de casi medio año. Torear no se olvida. De principio a fin cuajó al cuarto, «Fantasía» de nombre. Todo ese bautismo puso el maestro de Chiva desde el saludo con lances a pies juntos, parando el reloj de la anochecida. Hay artistas que arrebatan el tiempo y otros que lo devuelven mientras regalan el suyo propio. Fue el caso de Enrique Ponce, que dio el trato exacto y preciso a este juampedro, algo cariavacado y con una nobleza suprema, pero que no parecía sobrado de fuerzas en los inicios. Ahí estaba el especialista con más de cinco mil toros lidiados para ofrecer el tacto y las distancias, la medida y ese temple de añeja botica. Al son del «Concierto de Aranjuez» lo imantó a sus telas, toreando hasta en esa manera de andarle. Arrebatado, sentía cada paso, cada muletazo. Cada ronda era una pieza. Y la gente, enloquecida, se ponía en pie en cada broche de elegancia. «¡Grandioso!», le gritaban mientras presentaba la muleta a modo de cartucho de pescado y ejecutaba ese pase tan personal de la chivana al ralentí: «Aquí tienes mi muleta, vente bonito». Pura fantasía todo hasta en ese pulso que echó a su ya sanada «rodilla catastrófica» con las clásicas poncinas y un cambio de mano descomunal. Se rompían las palmas por bulerías y se desgañitaban las gargantas con el «¡torero, torero!» en medio de un runrún de indulto a la clase del animal. La naturalidad de la torería profundizó en los doblones de esa hora final que nunca llegó. Cuando se perfiló para matar, vozarrones ensordecedores clamaban: «¡Indulto, indulto!». Aquello parecía el Coliseo romano. A ver quién era el guapo que aguantaba firme tan abrumadora petición, aunque el buen toro no pareció merecedor de tan mayúsculos honores. Embistió y embistió con un caudal de nobleza y calidad, pero fue la fantasía poncista la que sembró tales pasiones y le perdonó la vida. Ponce paseó los trofeos simbólicos en una vuelta al ruedo apoteósica, con su hija Bianca como máxima fan. Con permiso de Victoriano Valencia, cuyo teléfono echaba chispas en el burladero.

La gran noche de Ponce

Era la noche de Ponce, tan cargada de emociones como un duermevela en Reyes. Fino como un junco a sus 47 años, había recogido una lujosa ovación de los tendidos después de que sonase el Himno Nacional tras el paseíllo. Solemne fue también la bienvenida del veterano matador con «Osadio», nombre de su primero. Brindó al público y la montera cayó boca arriba. No quiso desafiar a la superstición y la volteó. El toro no fue ni mucho menos el ideal para una reaparición: se movía, sí, pero sin clase, y por el izquierdo guardaba un peligro sordo en esa manera de vencerse. Ponce tenía una «Misión» consigo mismo. A más la obra, al compás de la música de Morricone. Corales litúrgicas eran sus cambios de mano. Los tambores de guerra del pitón izquierdo, tan geniudo e incómodo, no le amedrentaron e insistió en el epílogo después de la templanza en redondo. Cautivó luego el toreo genuflexo, con los espectadores simulando ya el gesto de la victoria. Tenía el premio asegurado, pero a la hora de entrar a matar se desvió la trayectoria y la espada cayó de fea manera. El éxtasis tocaba al filo de las diez.

Ponce salió a hombros en compañía de José María Manzanares, que cortó una oreja a cada toro de un lote de emotivas notas, con casta y exigencias el tercero y de estupendo fondo el sexto. Con ganas y enrazado, aunque no siempre rítmico, mató a la primera a ambos, a su primero de un soberbio estoconazo.

Como todo no podía ser gloria, a Morante de la Puebla le tocó un lote que no regaló nada: tras saludar en un segundo mironcente y nada claro con una faena en la que se desmelenó toreramente, se llevó una señora bronca en el manso quinto. Hasta eso tuvo sabor en la gran noche de Enrique Ponce: el tiempo no pasa para el «viejo rockero» del clasicismo.