DÍAZ JAPÓN  Cristian Escribano, en una trincherilla, dio la única vuelta al ruedo con la notable novillada de Espartaco
DÍAZ JAPÓN Cristian Escribano, en una trincherilla, dio la única vuelta al ruedo con la notable novillada de Espartaco

Espartaco sale en triunfo

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FERNANDO CARRASCO

SEVILLA. No estuvo en el ruedo pero fue el triunfador de la tarde. Juan Antonio Ruiz «Espartaco», otrora figura del toreo, se alzó ayer con el éxito de la novillada que abrió el ciclo continuado de festejos de la Feria. Y lo hizo como ganadero, que no es moco de pavo. Trajo un encierro que debió irse sin menos peso al desolladero, esto es, sin orejas. Al menos tres de los astados. Entre ellos «Zoletillo», un negro bragao de 470 kilos y bravura, prontitud y fijeza en sus embestidas. O «Engañado», castaño de 476 kilos, con raza y acometividad. O «Valentón», también castaño, el más pequeño de todos -424 kilos-, pero noble, muy noble. Tres de seis y si apuramos incluimos a «Amapola», lidiado en último lugar, un burraquito con embestidas pastueñas.

Es decir, novillos para haber salido del coso en triunfo -los novilleros, claro está-. El caso es que a los tres, Luis Miguel Casares, Cristian Escribano y Esaú Fernández, hay que apuntarles solvencia y buenas maneras. Pero falto ese algo para el triunfo.

Quien dejó los mejores momentos fue Escribano. Su primer fue violentito en el capote. Pero tras los dos pases cambiados por la espalda del chaval y un gran pase de pecho, el de Espartaco dijo que iba a ir de largo. Le dio sitio y ligó con la diestra el madrileño, que aguantaba la enrazada embestida de su oponente. Había que dejarle espacios, perderle ese pasito para ganar en la ligazón y rotundidad. Lo consiguió a veces. Porque el novillo pedía más firmeza. Se mostró puesto -bajó con la zurda- y con sitio. Pero le faltó alma. El bajonazo fue infame. El quinto fue reservón y con peligro por arriba. No se lo puso fácil a Escribano, quien puso en práctica su oficio.

Luis Miguel Casares sólo dejó oficio y compostura en la faena al noble pero soso primero. Se encontró con «Zoletillo», que desde que le enseñó la muleta se puso a embestir con poder, bravura, intensidad. Rapidillo al principio el aragonés, se gustó mucho más al natural, donde hubo dos series largas y templadas. Hacía el «avión», con una fijeza extraordinaria. Mantuvo el interés Casares, pero el astado era de esos que te tienen que encumbrar.

El camero Esaú Fernández, largo y espigado tela, intentó templar la nobleza del tercero. Puesto, caldeó el ambiente en el toreo de cercanías. Se da un aire, en lo físico, al Jesulín de primeros de los noventa, y además se mete en el sitio que pisaba el de Ubrique. Faena con altibajos.

Pastueña fue la embestida del sexto, al que le dejó pasajes buenos con otros más embarullados.