Escuchando a don Francisco de Goya en Zaragoza
Iván Fandiño, en un pase de pecho al grandón toro de de Gavira - fabián simón

Escuchando a don Francisco de Goya en Zaragoza

Iván Fandiño corta la única oreja en la Goyesca

zaragoza Actualizado:

Si en algún sitio tienen sentido las corridas goyescas es en Zaragoza: en estos tendidos estuvo sentado el genial pintor baturro. Hasta hace poco, por iniciativa de Benjamín Bentura, una estatua lo mostraba así, como un espectador más, tomando apuntes de lo que estaba contemplando. Mi sabio amigo Ángel González Abad me informa de que la primera goyesca de la historia se dio aquí, en 1927, con El Gallo y el maño Nicanor Villalta, coordinada artísticamente nada menos que por Ignacio Zuloaga («el pintor», en los carteles taurinos): fue portada de ABC.

Los toros de Gavira, seriamente presentados, tienen poca fuerza y casta. Sólo el último ha permitido que Iván Fandiño, muy firme, corte un trofeo. He imaginado lo que diría don Francisco de Goya, al acabar cada toro...

El primero mansea, flojea, huye en banderillas. Curro Díaz no le duda pero la res tiene poca chispa. Dibuja algún natural con clase hasta que el toro se para. Me parece escuchar a Goya: «En mis tiempos, no había que gritar tanto a los toros para que embistieran».

También es manso el cuarto; además, embiste muy corto y desarrolla sentido. Tan corto se queda que encuna a Curro Díaz y lo pisa, se le queda debajo, con evidente riesgo. El genial pintor saca su fuerte carácter: «¿Sabe cómo llamamos a estos toros en mi pueblo?» Me lo imagino pero prefiero no escribirlo...

Lancea con gusto Morenito de Aranda al segundo, también flojo; después de las gaoneras ceñidas de Fandiño, va al suelo. El toro vuelve rápido, busca por los dos lados, no deja confiarse a Morenito. Reflexiona Goya: «Parecía noble pero ha sacado peligro. He conocido a gente así...» Cualquiera de nosotros le daría la razón.

El quinto, de nombre «Vinagrero», no embiste avinagrado pero sí flojo y parado. Porfiando mucho, Morenito se justifica, saca muletazos lucidos, aunque se le queda debajo varias veces. Don Francisco se lamenta: «Al ver mis cuadros, algunos pedantes hablan de la veta brava del arte español. ¿Y en los ruedos? ¿A dónde ha ido a parar esa bravura?»... Lo peor es que no sé qué contestarle.

El tercer toro es noble pero flojito. Iván Fandiño se muestra seguro, le da distancia, muletea con clasicismo pero el animal se derrumba y, con él, la esperada faena. Es poco toro para un diestro poderoso, como Iván. Lo mata a la segunda, entrando con guapeza. Goya se irrita: «¡Qué poco aguantan estos toros! El público, en cambio, lo aguanta todo: antes, hubieran armado una gorda...»

Recibe Fandiño al último con una larga de rodillas. Lo cuidan mucho en varas, porque tiene las fuerzas justas, pero es el único que llega a la muleta con posibilidades. Iván, muy firme, se lo pasa cerca, con temple, por los dos lados. Este diestro acaba la temporada en plena forma, seguro de sus posibilidades. Y mata como un cañón, dando el pecho: una oreja, que hubieran sido dos, si el toro cae antes. Apostilla el pintor: «Éste sí que me parece un torero antiguo». No cabe mejor elogio, en boca del que firmaba «don Francisco, el de los toros».