Enésima lección de poder de Ponce

ZABALA DE LA SERNA | VALLADOLID
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A los públicos, y a la calle, no les tiembla la voz ante la ley del aborto o el suicidio asistido, pero ante la cornada a un caballo se alborotan tremendamente, más que con un torero herido. Sin el peto de Primo de Rivera, la fiesta hubiera muerto en el 27. El sobrero de Los Bayones, burraco, suelto de carnes y astifino, se cruzó en el capote de Ponce y se soltó de los capotes de la cuadrilla para fijar de lejos el objetivo en el jaco, y el picador, que guarda puerta. O sea que en la querencia derribó el manso, que se enceló con codicia de bravo. El comportamiento del toro es un misterio insondable. Todas las posibles vetas de sangre, como una enfermera que no te encuentra la vena, buscó. Hasta que en la zona del cuello taladró un agujero con la Black&Decker de los cuernos. Alarido general y algún grito contra la pasividad de los quites. La sangre fue la brecha que abrió la sensibilidad: los toros hieren.

Enrique Ponce tanteó por bajo, por donde se quedaba el toro sin romper. Y lo fue sobando y despegando del suelo. Bragueta, temple y poder. Enésima lección. Lima para las puntas de genio. Derecha ganadora la de Ponce, como dicen en el tenis. Enrique Ponce es el Federer del toreo. Incluso tragó el toro pasajes por el izquierdo. Mas las dos últimas tandas fueron de fibra encastada en el látigo diestro del maestro de Chiva. En la suerte contraria, con la mirada del de Los Bayones distraída, pinchó la puerta grande. Y la oreja. Y la madre de todos los triunfos. La vuelta al ruedo supo a justicia y gloria mayor, aunque yo no entienda cómo después de tanta hombría se puede interpretar un paseo tan cursi y estudiado. La faena sin premio de Ponce fue la faena de la tarde pese a que hubo otras con kinder sorpresa. La mano se le había ido a los sótanos en un metisaca de «yo no he sido» con el grandón y noblón primero, y se quedó en silencio la plaza.

El toro de la corrida de Valdefresno, muy aparente y honda, a menos siempre, de buenos principios y rajados finales, fue el segundo, herrado con el fuego de Fraile Mazas. Engatillado, bonitas hechuras, hocico en posición de olfatear los engaños de El Cid, que le cortó una oreja. Frente al temple inmenso del toro, temple de El Cid. Sobre la derecha y sobre la izquierda. Faena paritaria: tres series con cada mano. Y, en calidad, basculada hacia la zocata. Torea ahora El Cid pelín encorvado o echado hacia delante. Ganaba en cada trazo último. La estocada de efectos retardados, por atravesada, y la oreja a la que se ha abonado. Duró muy poco el quinto, enseguida rajado. Y en ese tramo inicial El Cid estuvo superior.

Tampoco el acochinado sexto se estiró mucho más. Fue de escalofrío el pase cambiado de Sebastián Castella, que luego cayó dos veces derribado por los cuartos traseros del animal. Acabó subiéndose encima y con una estocada en esa mancomunidad de propietarios que es el rincón de Ordóñez. Al menos el anterior se sostuvo lo suficiente para que la faena tomase inercia sobre la base de dos series de redondos del mejor Castella, cuya actitud no se amilanó ante su enredada izquierda y una embestida desinflada paulatinamente. Otra vez halló diana en los blandos para dar pie a un trofeo discutido. De trofeo de verdad fueron los segundos pares de Curro Molina y El Alcalareño.