Los Domecq, de luto y oro
Juan Pedro Domecq Solís y su hijo, del mismo nombre - ABC

Los Domecq, de luto y oro

Siete miembros de la familia han perdido la vida en la carretera, pero aceptan «con entereza» este trágico destino. Una prueba más para su fe cristiana, que les «ayuda a entender y aceptar la muerte»

PALOMA CERVILLA
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La historia de la familia Domecq (Jerez de la Frontera, 1730) tiene la misma cadencia que una faena taurina, en la que el espacio que separa la vida de la muerte es tan fino, tan imperceptible, que apenas se puede adivinar, pero que en unos segundos te puede elevar al cielo o teñir de sangre el albero de la plaza. Como sucede en las grandes sagas familiares que han protagonizado la leyenda de una tierra tan pasional como Andalucía, los Domecq no son ajenos a esta épica, de vida y de muerte.

El fallecimiento el pasado lunes en un accidente de tráfico de Juan Pedro Domecq Solís (Sevilla, 1942), el ganadero que susurraba a sus toros, no ha hecho más que agrandar la leyenda. El domingo se enfrentaba en el ruedo a la gloria del triunfo, al lidiarse sus toros en la plaza de Zaragoza y, un día después, en Huelva, se encontraba en la carretera con el caballo de la muerte. Un jinete, el de la carretera, que ha segado ya la vida de siete miembros de la saga Domecq, dando argumentos para escribir un capítulo trágico de la historia familiar. Pero como en todas las grandes tragedias, siempre hay un lugar para la esperanza, como el que los Domecq han encontrado en su profunda fe cristiana. «Como tienen tanta fe, no consideran que es una maldición gitana y desde esta fe aceptan y comprenden la muerte», comenta un miembro de la familia.

En esa leyenda está escrito que un 22 de marzo de 1991 fallecieron en un accidente de tráfico cuatro nietas del mítico rejoneador Álvaro Domecq Díez, tío del ahora fallecido Juan Pedro Domecq Solís. María José, de 21 años; Valvanera, de 15; Esperanza, de 13, y Patricia, de 11, perdieron la vida, junto con su profesora Manuela Puerto, cuando se dirigían a la finca familiar de Los Alburejos. Años antes, el padre de las niñas fallecidas, Luis Domecq Ybarra, había perdido una pierna en otro accidente de tráfico. La imagen de Fabiola Domecq Romero, madre de las niñas fallecidas, junto con el padre, rezando ante el féretro de sus hijas fue toda una lección de entereza y de cómo se puede aceptar la muerte, a la luz de la fe.

Esa capacidad de asumir la muerte como una prueba de fe más que como un destino trágico ya la había experimentado Álvaro Domecq Díez, cuando perdió a una de sus hijas en un accidente montando a caballo y también su sobrino Francisco.

Antes de encontrar la muerte en la carretera, a Juan Pedro Domecq Solís le había golpeado la vida a través de su hijo Fernando, que falleció después de permanecer dos años en estado vegetativo. También, un sobrino, hijo de su hermano Miguel, se dejó la vida sobre el asfalto.

Pero junto al luto de la leyenda de la familia Domecq, que ellos consideran que no es ni más ni menos que el de cualquier otra saga tan numerosa como la suya, hay otros capítulos de esta leyenda que reflejan un espíritu emprendedor e innovador. Juan Pedro Domecq Solís fue, en este sentido, un adelantado a su tiempo. En su biografía queda la revolución que llevó al mundo del toro, al introducir procesos informáticos para la selección genética del ganado de lidia. Fue también de los primeros empresarios agrícolas que comercializó el jamón ibérico por internet y que abrió una págima web sobre el mundo del toro.