Pablo Aguado
Pablo Aguado - Heras

Vientos de rareza en el duelo del arte entre Morante y Aguado

Oreja para Pablo Aguado y bronca para Morante de la Puebla en un mano a mano en el que nada se redondeó

Rosario Pérez
ValladolidActualizado:

A 700 kilómetros del monumento catalán a Rafael Casanova también sonaba ayer el Himno Nacional. Los tendidos de Valladolid se pusieron en pie para escuchar las notas más españolas. Algunos aficionados se llevaban la mano al corazón, de una garganta parió un «¡viva!» a España.Luego, en una tarde que se esperaba que caminase por la senda del arte, por las bocas salió de todo: desde «oles» a broncas, mucha guasa y hasta chistes de ovejas luceras y hormigas que «nunca duermen». Fenómenos extraños en un raro mano a mano entre Morante y Aguado. Nada se redondeó, empezando por la taquilla. Lástima que la cita para los enamorados del toreo más clásico apenas congregara dos tercios de entrada en estos tiempos de taquilla baqueteada.

La corrida arrancó torcida desde que hubo que convertirla en una especie de «concurso» de tres ganaderías. No agradó el justo primero de Juan Pedro Domecq y unas voces a destiempo torcieron el gesto de Morante. Ambiente enrarecido, aunque lo que de verdad molestó fue el viento. Logró meter a la gente en la faena con derechazos de medio pecho ofrecido y fluyó la torería con unos trincherazos para enmarcar en el Prado. El sevillano buscó el refugio de las tablas, cada vez con el animal más tardo y escarbando continuamente. Y allí mandó parar la música. Con el acero desafinadísimo, pinchó y pinchó, por lo que el primer capítulo se zanjó con pitos para sus dos protagonistas.

Pablo Aguado cautivó a la verónica, ganando terreno paso a paso, meciendo el capote todo lo que Eolo permitía. Brindó al público y desde el muletazo inicial sonaron «oles» enronquecidos, especialmente en un profundo pase de pecho. Tan despacito, tan sentido, con un «Sabañón» de Juan Pedro de notable embestida. No fue igual la siguiente con el dichoso aire incordiando, pero sopló un cambio de mano de octava maravilla. Por la izquierda se entretuvo menos y en el regreso a la derecha ligó una preciosa tanda que puso fin a su torera y medidísima obra, tanto que se antojó breve. «Quien quiera más, que espere al siguiente», debió de pensar... El pinchazo enfrío los ánimos y el buen toro, que era de triunfo, se arrastró intacto. Otro extraño episodio después de encandilar al personal...

Un primor el saludo de Morante al tercero, de Jandilla. Genuflexo primero, con estampas de lidia antigua, y erguido después, echando los vuelos y llevándolo toreado, todo lo que el dios del viento permitía. No hubo verónicas tan hondas en las dos horas y cuarto de festejo. Sonaron las campanas de la iglesia cuando el de La Puebla del Río cogió la muleta. No andaba sobrado de fuerzas este «Judío», que protestaba a la defensiva. La tela ondeaba como una bandera y dominar los trastos era tarea imposible. Para colmo, el jandilla perdió las manos y una voz le increpó. Desenlace: se dirigió a por la espada y, ahora sí, lo mató a la primera. Treparon algunos gritos de «¡fuera, fuera!» y se guardó luego silencio. Todo muy raro.

Mustia y fría estaba la plaza cuando comenzó la segunda parte. Menos mal que Iván García, el dorado torero de plata, subió la temperatura en banderillas hasta desmonterarse. Se movió con casta este ejemplar de Borja Domecq, de mejor embroque que final. Necesitaba gobierno y con tal airazo no era fácil. Aguado planteó una clásica faena, en la que intercaló ambos pitones y se fue imponiendo al rival. Tras unos naturales con sabor, en la vuelta a la mano de escribir, con el toque fuerte y llevándolo tapado, consiguió series de mérito, muy vitoreadas, con alguna lógica laguna técnica. Belleza para cuadrarlo en la hora final y fealdad cuando la estocada viajó traserísima. No cuajó de manera abrumadora la petición, pero aun así paseó la primera (y única) oreja del duelo entre los dos toreros de Sevilla. Ni un quite, por cierto.

«Ciruelo» era el último cartucho de Morante. Empujó en varas y recibió lo suyo en cada caballo. Desastre en la lidia y enfado de los tendidos con el de Domingo Hernández manseando y como reparado de la vista. Un «¡viva España!» irrumpió cuando tomó la muleta con la espada de verdad. Morante no quiso ni verlo y aquello no duró ni un suspiro. Soberana la bronca.

El drama merodeó en el escurrido sexto, que propinó una tremenda voltereta a Aguado en el galleo. Con una dura paliza en lo alto, comenzó faena tras la buena lidia de Iván García. Qué pedazo de tarde la suya. Aguado, que había brindado a Fortes, vio cómo el toro se movía de modo geniudo. El joven artista, queriendo siempre aunque sin muchas apreturas, tiró de raza. La última serie llevaba escrita la gloria, pero mató muy mal. Con el público siempre a favor de la gran revelación del año saludó una ovación. Medio minuto después, el maestro era despedido con una bronca y una lluvia de almohadillas. Aquí no hubo sobreros de regalo. Valladolid no es Ronda. Y la tarde, con sus vientos de rareza, fue la más extraña del mundo.