Emilio de Justo, en un pase de pecho al tercer toro de la tarde
Emilio de Justo, en un pase de pecho al tercer toro de la tarde - Paloma Aguilar
San Isidro

Aunque sea jueves, no se repite el milagro en Las Ventas

Con deslucidos toros de Jandilla, confirma la alternativa Ángel Téllez, pero no se da ni una vuelta al ruedo

MadridActualizado:

Después de la gloria, volvemos a la grisura: ni una vuelta al ruedo. La gran faena de Roca Rey, el miércoles, ha impresionado a muchísima gente, más allá del mundo taurino: una gran noticia, en medio de las muchas, lamentables, que nos ofrece la actualidad política. Por los protocolos de los sabios de Sión (que me parecen una patraña), juro que ha sido una faena memorable. Volví a verla por la noche, en televisión, y volvió a emocionarme, igual que en la Plaza. Supongo que muchos aficionados harían lo mismo. De buena mañana, me llaman varios, para comentarme su impresión y felicitarse por haberlo visto. Mi amiga Isabel era la primera vez que acudía a una Plaza, nunca le había interesado, tenía prejuicios en contra, pero esa faena le causó una profunda impresión: «Me recuerda a Luis Miguel Dominguín», me dice. Y yo se lo corroboro: más allá del aspecto físico, les une a los dos la ambición, las ganas de comerse el mundo. Para ser gran figura, es indispensable.

La comunión colectiva que se produce en una plaza de toros es algo único: hombres y mujeres, de distintas edades, profesiones, nivel cultural y económico vibran, todos juntos, ante un fenómeno artístico que les conmociona. ¿Por qué es tan emocionante? Porque nace y muere en ese momento, para nosotros; porque es algo imprevisible, depende de las condiciones de un animal peligrosísimo, con lo que se une la admiración por haber superado el riesgo con el placer de la belleza… Sí, aunque algunos no se quieran enterar -ellos se lo pierden- la emoción de una gran corrida es algo único.

Volvemos a Las Ventas con la ilusión de que vuelva a suceder esto pero sabemos de sobra que los milagros no se repiten. Los toros de Jandilla tampoco repiten el éxito de Sevilla: se mueven pero con poca clase.

El veterano Sebastián Castella es muy respetado en Madrid, donde ha logrado varias de sus mejores faenas. El segundo sale manseando. Sentencia un vecino: «No es extraño en un gobernante». Resuelve bien en banderillas Chacón. El toro va de lejos, transmite emoción: es lo que conviene al estilo estoico de Castella. La res protesta y muge, pero repite (recuerden su nombre): la gente lo agradece. Cuando el toro comienza a pararse, la faena decae. El arrimón final suscita división. (Oigo al vecino: «En esta España…»). Prolonga, se pone pesado (no tanto como algunos parlamentarios). Suena el aviso a la vez que logra la estocada corta: saludos. El cuarto hace pobre pelea, en varas. Castella recurre a las inevitables chicuelinas. Lidia bien Chacón. Como el toro galopa, los cambiados, en el centro, resultan brillantes aunque acaban con desarme. El toro se come la muleta, transmite emoción, pero la faena se va diluyendo, con muchos pases sin relieve. Una vez más, ha tenido suerte, en el sorteo, pero la gente ha acabado poniéndose de parte del toro. Dilata el entrar a matar, como si pidiera informes a la Asesoría Jurídica, y acaba haciéndolo mal.

Emilio de Justo fue la revelación de la anterior temporada. Ha estado muy bien en Vista Alegre y en Sevilla. Hay que agradecerle el gesto de no querer entrar en el sorteo de ganaderías, para San Isidro, pero no por eludir la dificultad sino al revés, por exigir dos ganaderías tan encastadas como Victorino y Baltasar Ibán: ¡así se llega a lo alto! («Per aspera ad Astra», decían los clásicos: «Por lo más duro, hasta las estrellas»). Recibe con firmes verónicas al tercero, rebrincado. Se luce Morenito de Arles (de apellido, Rachid, como Harún). Muletea Emilio con clasicismo pero el toro se apaga pronto. Tragando, le saca naturales de mérito, aunque el toro derrota, al final de cada muletazo, y engancha la tela. Iba a más el trasteo cuando sufre un desarme: una faena seria pero mata a la tercera. En el quinto, se luce el picador Félix Majada. El toro topa en la muleta, engancha, desluce todo. Pocas series salen limpias, el trasteo no cuaja. Lo mejor, la buena estocada.

Confirma la alternativa el madrileño Ángel Téllez. De familia taurina, maneja los engaños con soltura y gusto. ¿Será eso suficiente para abrirse camino? El primer toro sale suelto, pega arreones, protesta en el caballo, le dan mala lidia. Como en la canción de propaganda , «se hace el amo de la pista». Téllez aguanta con valor con un toro incierto, que se para. La voluntad del joven diestro se estrella pero se libra de un percance. A la segunda, logra la estocada. En el último, con la tarde ya vencida, recurre a arriesgar, con el capote a la espalda. Un «pensionista» aguanta la mala lidia que le dan. Comienza de rodillas y por poco se libra del percance. Intenta templar las embestidas pero el toro es pegajoso, vuelve rápido. Suena un aviso y mata con decisión. Se agradece la voluntad.

Aunque sea jueves, no se ha repetido el milagro, como pasaba en la película de Berlanga. Es lógico. Quizá el próximo jueves… Al acabar, me aborda un señor. «¡Menos mal que a los presos catalanes no les gusta la Fiesta!» Ante mi cara de asombro, aclara: «Si les gustara, nadie les iba a impedir que vinieran a Las Ventas». Y yo sólo puedo esbozar una triste sonrisa y callarme...