Andrés Luque Gago
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Andrés Amorós recuerda a Luque Gago, gran figura de los toreros de plata

Estuvo en los ruedos desde fines de los cuarenta hasta su retirada en 1986

Madrid Actualizado: Guardar
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En su Sevilla natal, después de una larga enfermedad, ha fallecido Andrés Luque Gago, uno de los banderilleros más importantes de la posguerra, vinculado siempre al mundo taurino. Estuvo en los ruedos cuatro décadas, desde fines de los años cuarenta hasta su retirada definitiva en 1986.

Había nacido en la muy popular calle Feria; fue bautizado en la misma pila que alguno de los «Gallos», Juan Belmonte y Antonio Bienvenida. Era sobrino de Andrés Gago, el apoderado que trajo a España a Carlos Arruza; pariente político, por tanto de Manolo Vázquez (casado con Remedín Gago). Intentó ser novillero, junto a Aparicio, Litri, Antonio Ordóñez o Jaime Ostos. Después, auténtica figura de los hombres de plata, junto a los más destacados diestros: César Girón, Luis Miguel Dominguín, Manolo Vázquez, Antonio Bienvenida, Antoñete, Antonio Ordóñez, Paquirri, Rafael de Paula… Una vez retirado, representó a este último y a otros diestros, como hombre de confianza, y siguió vinculado al mundo taurino en coloquios y jurados.

Muy pocos han tenido una experiencia taurina tan amplia e interesante. La recogió en su libro «Recuerdos de un torero», publicado el año 2011. Era hombre educado, cordial, sevillanísimo, de una simpatía arrolladora y una pasión por la Fiesta evidente.

Mi primer recuerdo de él lo sitúa, junto a su hermano Antonio (más alto que Andrés, bastante recortadito), a Domingo Peinado, al picador Epifanio, «El Mozo», en la cuadrilla de Luis Miguel Dominguín, en la época dorada de su rivalidad con Antonio Ordóñez, novelada por Hemingway en «El verano sangriento». Los Luque Gago eran, entonces, garantía de profesionalidad y buen hacer. Con los años, se consagró como primera figura de los toreros de plata. Pude disfrutar muchas tardes de su arte y asistí con emoción a su retirada, en Sevilla, un caso único: se paró la lidia en el quinto toro para su corte de coleta. Luego, he tenido la suerte de charlar con él muchas veces: era un estupendo conversador, contaba divertidas anécdotas y opinaba con acierto sobre todas las cuestiones taurinas que había vivido.

Su inteligencia natural y su bondad le hicieron crear una familia ejemplar, con Loli, su inteligente mujer, y sus dos hijos: Andrés, profesor de Historia del Arte, y José, juez y, ahora mismo, uno de los presidentes de la Plaza de los Toros sevillana.

En su libro de recuerdos se incluye, junto a otras, una fotografía taurina admirable. Se le ve en Las Ventas, en 1970, semiagachado, dando un capotazo, para dejar al toro en el tercio: clavado, en el sitio justo que el diestro quería. Es una lección verdaderamente magistral, algo que muy pocas veces -si alguna- podemos admirar hoy en día en los ruedos.

En su honor, recuerdo yo el «Himno a los subalternos», de Gerardo Diego: «Quiero cantar la cuadrilla ordenada, / la lanzadera, el tapiz de la lidia».

Descanse en paz el sevillanísimo Andrés Luque Gago, gran torero, excelente persona, inolvidable amigo.